Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
Sin embargo, lo peor de todo era una segunda fotografía, más pequeña. En ella se veía al capitán Craddock McDermott con uniforme de combate, un sombrero de pesca manchado de sudor y una ametralladora MI6 colgada del hombro. Posaba junto a otros soldados, sobre un suelo de barro amarillo y duro. Detrás de ellos había palmeras y agua estancada. Podría haberse tomado por una imagen de los Everglades, si no fuera por todos aquellos soldados y su prisionero vietnamita.
El cautivo estaba un poco más atrás de Craddock, y era un hombre de cuerpo sólido, vestido con una chaquetilla negra, la cabeza afeitada, rasgos amplios y apuestos, y los ojos calmos de un monje. En cuanto lo vio, Jude lo reconoció como el prisionero vietnamita que aparecía en su sueño. Los dedos ausentes de la mano derecha de Trung eran una revelación involuntaria. En la foto, poco definida y mal coloreada, los muñones de esos dedos parecían cosidos recientemente con hilo basto. No parecía haber recibido una cura.profesional.
La leyenda escrita debajo de la foto identificaba al hombre como Nguyen Trung, y describía el lugar como un hospital de campaña en Dong Tam, donde el prisionero había sido atendido por heridas sufridas en combate. Eso era más o menos correcto. Trung se amputó sus propios dedos para no confesar, para defenderse del interrogatorio, de modo que la herida fue considerada consecuencia de una especie de acción de combate. En cuanto a lo que había ocurrido con él, Jude creía saberlo. Pensaba que era probable que cuando Trung ya no tuvo más que decir a Craddock McDermott sobre los fantasmas y el trabajo que hacía con ellos, el capitán le había llevado a dar un paseo nocturno.
El artículo no decía si McDermott llegó a encontrar a Roy Hayes, el profesor retirado y piloto de aviones ultraligeros, pero Jude creía que así había sido, por mucho que no hubiera argumentos razonables para pensar tal cosa. Por si acaso, hizo otra búsqueda. Halló respuesta. Los restos de Roy Hayes habían sido enterrados cinco semanas después. Lo cierto era que Craddock no lo encontró personalmente. El agua era demasiado profunda. Un equipo de buzos de la policía del estado se sumergieron en el lugar donde Craddock dijo que se zambulleran, y lo sacaron.
Georgia abrió la puerta del baño y Jude dejó de prestar atención al ordenador.
– ¿Qué estás haciendo? -preguntó.
– Intento averiguar cómo puedo ver mi correo electrónico -mintió-. ¿Quieres usarlo?
Ella miró su ordenador por un momento, luego sacudió la cabeza y arrugó la nariz.
– No. No tengo el más mínimo interés en conectarme ahora. ¿No es gracioso? Generalmente no puedes desengancharme de la pantalla.
– ¡Eso está bien! ¿Ves? La tensión necesaria para huir y salvar la vida no es del todo mala. Fíjate cómo logra fortalecer el carácter.
Jude sacó de nuevo el cajón del tocador y vació en él otra lata de comida para perros.
– Anoche, el olor de esa mierda me dio tanto asco que estuve a punto de vomitar -dijo Georgia-. Aunque parezca raro, esta mañana me está abriendo el apetito.
– Vamos. Hay un Denny's aquí cerca. Iremos dando un paseo.
Abrió la puerta y luego le tendió la mano. Estaba sentada en el borde de la cama, con sus vaqueros oscuros, unas pesadas botas negras y una camisa gris, sin mangas, que colgaba holgadamente sobre su delgado cuerpo. Bajo el dorado rayo de luz de sol que entraba por la puerta, su piel era tan pálida y delicada que casi parecía traslúcida. Daba la impresión de que se rompería con sólo tocarla levemente.
Jude vio que la joven buscaba con la mirada a los perros. Angus y Bon se inclinaban sobre el cajón, con las cabezas juntas mientras se sumergían en la comida. Vio también que Georgia fruncía el ceño y supo lo que estaba pensando: que ambos se encontrarían a salvo mientras los animales estuvieran cerca. Entonces ella le miró entornando los ojos. El hombre estaba erguido, en medio de la luz. Cogió su mano y dejó que la ayudara a ponerse de pie. El día era brillante. Más allá de la puerta, la mañana los esperaba.
Jude no tenía miedo. Todavía se sentía amparado por la nueva canción. Creía, o más bien percibía, que al escribirla había trazado un círculo mágico alrededor de ambos, que había creado una barrera que el muerto no podía traspasar. Creía haber expulsado al fantasma, al menos por un rato.
Pero cuando atravesaron la explanada del aparcamiento -relajadamente agarrados de la mano, algo que nunca hacían- miró distraídamente hacia su habitación del hotel. Angus y Bon los contemplaban a través del ventanal, erguidos sobre las patas traseras, con las delanteras apoyadas en el vidrio. Sus caras tenían idénticas expresiones de aprensión.
Capítulo 25
E1 Denny's estaba lleno de gente y de ruido, el aire era denso por el olor de la grasa del tocino, del café quemado y del humo de los cigarrillos. El bar, situado inmediatamente a la derecha de las puertas, era la zona de fumadores. Eso significaba que, después de cinco minutos de espera para encontrar sitio, uno podía estar seguro de apestar como un cenicero cuando fuera conducido a la mesa.
Jude no fumaba y nunca había fumado. Era el único hábito autodestructivo que había logrado evitar. Su padre sí fumaba. Cuando hacía recados en el pueblo, Jude siempre estaba dispuesto a comprarle aquellas cajetillas baratas y largas de cigarrillos sin marca. A veces las compraba incluso sin que se lo pidiera. Ambos sabían por qué. El muchacho observaba con intensidad a Martin al otro lado de la mesa de la cocina, mientras su padre encendía un cigarrillo y daba la primera calada, haciendo que la punta se pusiera al rojo vivo.
– Si las miradas pudieran matar, yo ya tendría cáncer -le dijo Martin una noche, sin ningún preámbulo. Agitó una mano, dibujó un círculo en el aire con el cigarrillo, mirando a Jude con los ojos entornados por el humo-. Tengo una constitución fuerte. Tú quieres matarme con éstos, pero vas a tener que esperar bastante. Si realmente quieres verme muerto, hay maneras más fáciles de conseguirlo.
La madre de Jude no dijo nada, concentrada como estaba en el trabajo de pelar guisantes, con una expresión ensimismada. Podría haber pasado por sordomuda.
Jude -entonces era Justin- tampoco habló, se limitó a seguir mirándolo con furia. No porque estuviera demasiado enfadado como para hablar. Lo que ocurría era que estaba demasiado sorprendido, pues parecía que su padre le hubiera leído la mente. Había mantenido fija la mirada en los pliegues holgados, como de piel de gallina, del cuello de Martin Cowzynski, con una especie de ira contenida, como si deseara que un cáncer se apoderara de él en ese mismo instante, como si quisiera ver un montón de células negras en aumento que devoraran la voz de su padre, que ahogaran la respiración de su padre. Deseaba eso con todo su corazón: un cáncer que obligara a los médicos a arrancarle la garganta, a callarlo para siempre.
El hombre sentado en la mesa vecina había perdido su garganta y usaba una laringe electrónica para hablar. Era un ruidoso y agudo sistema que manejaba desde la parte de abajo de la barbilla para hablar con la camarera, y de paso con todos los presentes en el lugar.
– ¿Tienen aire acondicionado? Bien, enciéndalo. Si ustedes no se molestan en cocinar la comida, ¿por qué quieren freír a los clientes que pagan? Dios Santo, tengo ochenta y siete años. -Este dato parecía ser para él de suma importancia, ya que, cuando la camarera se alejaba, se lo repitió a su esposa, una mujer increíblemente obesa que no levantó la vista del periódico mientras él hablaba-. Tengo ochenta y siete años, santo cielo. ¡Freímos como si fuéramos huevos! -Se parecía al viejo de aquella famosa pintura titulada Gótico estadounidense hasta en los cabellos grises peinados sobre la cabeza parcialmente calva.