Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
– Vaya, vaya. Eso sí que es vivir en suciedad. Si la mucama descubre que «hemo' da'o de comer a lo' perro'» en un cajón del tocador, no nos va a volver a invitar al motel Fredericksburg Days Inn -dijo pronunciando deliberadamente con acento campesino, para hacer sonreír a su compañero. Se pasó toda la tarde eliminando las eses y alargando las vocales, a veces por diversión y otras, según le parecía a Jude, sin darse cuenta. Era como si al aproximarse a las tierras meridionales fuera también alejándose de la persona que había sido lejos de allí. Recuperaba inconscientemente la voz y las actitudes de antes, de la escuálida muchachita de Georgia que pensaba que era divertido ir a bañarse desnuda con los chicos.
– He conocido a personas que dejan las habitaciones de los hoteles en «piores» condiciones -dijo «piores» en vez de «peores». También parecía que el viejo acento de Jude, que se había ido desvaneciendo con el paso de los años, empezaba a resurgir. Si no tenía cuidado, antes de llegar a Carolina del Sur estaría hablando como un figurante de algún programa folk de televisión. Era difícil regresar al lugar donde uno había crecido sin recuperar las características de la persona que se había sido allí-. Una vez, mi bajista, Dizzy, cagó en un cajón de tocador porque yo tardaba demasiado en salir del baño.
Georgia se rió, pero Jude notó que su alegría no era plena y lo miraba con cierta preocupación, preguntándose, tal vez, qué estaba pensando. Dizzy había muerto. Sida. Jerome, que tocaba la guitarra rítmica y los teclados, y bastante bien todos los demás instrumentos, también estaba muerto. Su coche se salió de la carretera, a ciento cuarenta kilómetros por hora. El Porsche en que viajaba dio seis vueltas de campana antes de estallar en llamas. Sólo un puñado de personas sabía que no había sido un accidente por conducir borracho, sino un suicidio. Se mató estando perfectamente sobrio.
No mucho después de la desaparición de Jerome, Kenny dijo que había llegado el momento de dar todo por terminado, quería pasar algún tiempo con sus hijos. Kenny estaba cansado de las perforaciones en las tetillas y los pantalones negros de cuero, de la pirotecnia y las habitaciones de hoteles. De todas maneras, ya hacía bastante tiempo que se limitaba a representar su papel. Aquello fue el final de la banda. Jude siguió actuando como solista a partir de entonces.
Y tal vez ya ni siquiera era un cantante solista. Allí estaban las grabaciones de prueba hechas en el estudio de su casa, casi treinta canciones nuevas. Pero era una colección privada. No se había molestado en tocarlas ante nadie. Esa música era simplemente más de lo mismo. ¿Qué había dicho Kurt Cobain? Estrofa, coro, estrofa. Una y otra vez. A Jude ya no le importaba. El sida se había llevado a Dizzy, la carretera y la depresión habían devorado a Jerome. A Jude ya no le importaba que no hubiera más música en su vida.
Tal y como habían ocurrido las cosas, nada tenía demasiado sentido para él. Jude siempre había sido la estrella del grupo. La banda se llamaba El Martillo de Jude. Era él quien se suponía que debía morir trágicamente joven. Jerome y Dizzy deberían haber seguido vivos para poder contar, años después, historias no aptas para menores sobre él en algún documental de televisión por cable, ambos parcialmente calvos, gordos, con las uñas cuidadas, en paz con su fortuna y su pasado escandaloso y rebelde. Pero lo cierto es que Jude nunca fue demasiado respetuoso con los guiones.
Se comieron los bocadillos que habían comprado en la misma estación de servicio de Delaware en la que habían adquirido la comida para los perros. Tenían el sabor del plástico en el que estaban envueltos.
El grupo My Chemical Romance estaba tocando en el programa de Conan. Tenían aretes en los labios y las cejas, y el pelo levantado en penachos supuestamente rebeldes, pero debajo del blanco maquillaje y la negra pintura de labios no eran más que un grupo de niños regordetes que probablemente habrían estado en la banda del instituto muy pocos años antes. Saltaban de un lado a otro tropezando entre sí, como si el escenario fuera una placa electrificada. Jugaban de manera desenfrenada. A Jude le gustaban. Se preguntaba cuál de ellos moriría primero.
Después, Georgia apagó la luz que había junto a la cama y permanecieron acostados uno al lado del otro en la oscuridad, con los perros hechos unos ovillos en el suelo.
– Me parece que no me libré de él al quemar su traje -dijo ella, ahora sin el menor acento campesino.
– Era una buena idea, sin embargo.
– No, no lo era. Él me manipuló para que lo hiciera, ¿no?
Jude no respondió.
– ¿Qué haremos si no podemos descubrir la manera de obligarle a marcharse? -preguntó.
– Acostúmbrate al olor de la comida para perros.
Ella se rió con tantas ganas que sintió cosquillas en la garganta. Tuvo un acceso de tos.
– ¿Qué vamos a hacer cuando lleguemos a nuestro destino? ¿Has pensado algo?
– Vamos a hablar con la mujer que me mandó el traje. Averiguaremos si ella sabe cómo librarse de su padrastro.
Los automóviles zumbaban por la Interestatal 95. Los grillos cantaban.
– ¿Vas a hacerle daño?
– No lo sé. Tal vez. ¿Cómo está tu mano?
– Mejor -dijo-. ¿Cómo está la tuya?
– Mejor.
Mentía, y estaba seguro de que ella tampoco decía la verdad. Había ido al baño a cambiarse el vendaje de la mano nada más entrar en la habitación. Jude entró después, para cambiar el suyo, y había encontrado las vendas usadas en la basura. Sacó las tiras de gasa de la papelera para inspeccionarlas. Apestaban por la infección y la pomada antiséptica, y estaban manchadas de sangre seca. Estaban cubiertas por una costra amarilla que sin duda debía ser pus.
En cuanto a su propia mano, el agujero que se había hecho seguramente necesitaba algunos puntos. Antes de abandonar la casa aquella mañana, había sacado un maletín de primeros auxilios de un armario alto, en la cocina, y había usado unas tiritas para cerrar la herida. Luego la había envuelto con vendas blancas. Pero el agujero seguía sangrando. Cuando se quitó las vendas, la sangre comenzaba a empaparlas por completo. El hueco sangrante de la mano izquierda resaltaba entre las tiritas, como un ojo colorado y líquido. Impresionaba verlo.
– La muchacha que se mató -comenzó Georgia-. La chica que tiene que ver con todo esto…
– Anna McDermott -esta vez dijo su verdadero nombre.
– Anna -repitió Georgia-. ¿Sabes por qué se suicidó? ¿Lo hizo porque le dijiste que se largara?
– Su hermana, obviamente, cree que sí. Y su padrastro también, supongo, ya que nos está persiguiendo.
– El fantasma… puede lograr que las personas hagan ciertas cosas. Como inducirme a que quemara el traje. Como hacer que Danny se ahorcara.
Jude le había hablado de Danny en el automóvil. Georgia había vuelto la cara hacia la ventanilla, y la había oído llorar en silencio durante un rato, haciendo breves ruidos entrecortados que después se convirtieron durante horas en la respiración lenta y regular del sueño. Aquélla había sido la primera vez que alguno de los dos mencionaba a Danny desde que había tenido lugar la tragedia.
Jude le explicó:
– El muerto, el padrastro de Anna, aprendió hipnotismo torturando a prisioneros cuando estaba en el ejército, y siguió practicándolo después. Le gustaba que le consideraran un mentalista. Siempre usaba esa cadena, con la navaja de plata en un extremo, para inducir al trance; pero ahora está muerto, y aunque la lleva ya no la necesita. Hay algo en la manera en que dice las cosas que te obliga a hacer lo que él manda. De repente, estás sentado viendo cómo te maneja, cómo te lleva de aquí para allá. Uno ni siquiera siente nada. El cuerpo es materia ajena, y es él, y no uno mismo, quien manipula tu voluntad a su antojo. -«El traje del muerto», pensó Jude, y se le erizaron los pelos de los brazos-. No sé mucho de él. A Anna no le gustaba hablar de su padrastro. Pero sé que ella trabajó durante un tiempo como adivina, leyendo la palma de la mano, y me dijo que había sido el viejo quien la había enseñado a hacerlo. El tipo se interesaba por los aspectos menos conocidos de la mente humana. Por ejemplo, los fines de semana trabajaba como zahori.