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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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El motor seguía en marcha, pero el zumbido que le resonaba en la cabeza ahogaba el ruido. Vio por el retrovisor que el coche que venía detrás también se había detenido y Christian comprendió que debería ponerse en marcha otra vez, alejarse de los faros que se reflejaban en el retrovisor.

Se abrió una puerta y alguien salió del otro coche. ¿Quién era, quién caminaba hacia donde él se encontraba? Fuera estaba tan oscuro que solo vio que se le acercaba una figura asexuada. Unos pasos más y quienquiera que fuese estaría junto a la puerta del coche.

Empezaron a temblarle las manos en el volante. Apartó la vista del retrovisor y la clavó en el campo y el lindero del bosque que se distinguía vagamente a unos metros de allí. Miró y esperó. Hasta que se abrió la puerta del acompañante.

– ¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien? No parece que lo hayas atropellado.

Christian miró hacia el lugar de donde provenía la voz. Un hombre de pelo cano y unos sesenta años de edad lo miraba desde la puerta.

– Estoy bien -murmuró Christian-. Es solo que me he llevado un susto.

– Sí, es horrible que algún animal se te cruce así, sin más. Entonces ¿seguro que estás bien?

– Segurísimo. Ya me voy a casa. Voy camino de Fjällbacka.

– Ajá, pues yo voy a Hamburgsund. Conduce con cuidado.

El hombre cerró la puerta y Christian notó que el pulso recobraba el ritmo normal. No habían sido más que fantasmas, recuerdos del pasado. Nada que pudiera hacerle daño.

En su cabeza intentaba hacerse oír una vocecita que le hablaba de las cartas, que no eran fruto de la imaginación. Pero él hizo oídos sordos, no podía prestarle atención. Si empezaba a recordar, ella se haría de nuevo con el poder. Y no podía permitirlo. Había trabajado muy duro para olvidar. No volvería a ponerse a su alcance.

Salió a la carretera en dirección a Fjällbacka. El móvil seguía sonando en el bolsillo.

Alice continuaba gritando, ya fuese de día o de noche. Él oía cómo su padre y su madre hablaban del tema. Que tenía algo que se llamaba cólico, decían. Fuera lo que fuera, resultaba insufrible tener que oír aquel escándalo a todas horas. El sonido del llanto invadía toda su vida, lo usurpaba todo.

¿Por qué no la odiaba su madre por tanto como lloraba? ¿Por qué la llevaba en brazos, le cantaba, la arrullaba y la miraba con dulzura, como si le diera pena?

Alice no daba ninguna pena. Hacía aquello a propósito. Estaba convencido. A veces, cuando se asomaba a la cuna para verla allí tendida como un escarabajo horrendo, ella le devolvía la mirada. Lo miraba diciéndole que no quería que su madre lo quisiera. Por eso lloraba y le exigía a su madre todo su tiempo. Pretendía que no le quedase ninguno para él.

De vez en cuando, notaba que a su padre le ocurría lo mismo. Que él también sabía que Alice hacía todo aquello adrede, para que tampoco a su padre le quedase ni siquiera una mínima parte de su madre. Aun así, no hacía nada. ¿Por qué no hacía algo? Él era grande, adulto. Él podía conseguir que Alice dejase de llorar.

Tampoco su padre podía tocar apenas al bebé. Lo intentaba de vez en cuando, lo cogía torpemente y le daba palmaditas en el trasero y en la espalda para que se calmase. Pero su madre siempre le decía que lo hacía mal, que ella cogería a Alice, y entonces él se retiraba otra vez.

De todos modos, un día tuvo que encargarse de Alice. Llevaba tres noches seguidas llorando más que nunca. Su padre estaba en el dormitorio, con un almohadón en la cabeza para aislarse del ruido. Y allí, bajo el almohadón, creció el odio, que se difundió por todo el cuerpo y se extendió pesadamente hasta el punto de que apenas podía respirar, y tuvo que levantar el almohadón para que le llegara el aire. Su madre estaba cansada. Ella también llevaba tres noches sin dormir, de modo que hizo una excepción, le dejó el bebé a su padre y se acostó. Y su padre decidió bañarla y le preguntó si quería verlo.

Comprobó minuciosamente la temperatura del agua mientras llenaba la bañera y miraba a Alice, ahora callada, para variar, igual que hacía su madre. Su padre no había sido nunca importante. Era una figura invisible que se perdía en el brillo resplandeciente de su madre, alguien que también había quedado excluido del dúo que formaban Alice y su madre. Ahora, en cambio, su persona cobró importancia, al sonreírle a Alice y al devolverle esta la sonrisa.

Su padre colocó cuidadosamente en el agua aquel cuerpo pequeño y desnudo. La puso en un soporte forrado de felpa, como una hamaquita, para que pudiera estar medio sentada. La fue lavando con suavidad, los brazos, las piernas, la barriga hinchada. El bebé agitaba las manos y los pies. Ahora ya no gritaba, por fin había dejado de gritar. Pero no importaba. Porque había vencido. Incluso su padre había abandonado su refugio tras el periódico para sonreírle.

Él estaba inmóvil en el umbral. Incapaz de apartar la vista de su padre, de las manos que se movían por aquel cuerpecito infantil. Su padre, que había sido lo más parecido a un aliado suyo desde que su madre dejó de verlo siquiera. Llamaron a la puerta y se sobresaltó. Su padre miraba alternativamente la puerta y a Alice, sin saber muy bien qué hacer. Finalmente, le dijo:

– ¿Puedes cuidar de tu hermanita un momento? Solo voy a ver quién es, vuelvo enseguida.

Él dudó un instante. Luego notó que su cabeza hacía un gesto de asentimiento. Su padre, que estaba de rodillas junto a la bañera, se levantó y le pidió que se acercara. Se le movieron los pies mecánicamente para dar los pocos pasos que lo separaban de la bañera. Alice levantó la vista y lo miró. Él vio con el rabillo del ojo cómo su padre salía del baño.

Ya se habían quedado solos, él y Alice.

Erica miraba a Patrik atónita.

– ¿En el hielo?

– Sí, el pobre hombre que lo encontró debió de llevarse un buen susto. -Patrik acababa de referirle los sucesos del día.

– ¡Ya lo creo que sí! -Erica se desplomó de golpe en el sofá y Maja acudió corriendo a encaramarse a sus rodillas, lo cual no resultó ser tarea fácil.

– Hola… hola… -gritaba Maja en voz alta con la boca pegada a la barriga. Desde que le explicaron que los bebés podían oírla, aprovechaba la menor ocasión para comunicarse con ellos. Puesto que su vocabulario era aún limitado, por decirlo con suavidad, la charla era esencialmente monotemática.

– Seguro que están durmiendo, no los despiertes -le dijo Erica mandándola callar con el dedo en los labios.

Maja imitó su gesto y pegó la oreja a la barriga para oír si los bebés dormían de verdad.

– Debe de haber sido un día terrible -dijo Erica en voz baja.

– Sí -aseguró Patrik tratando de reprimir el recuerdo de la cara de Cia y los niños. Sobre todo la expresión de los ojos de Ludvig, tan parecidos a los de Magnus, la conservaría mucho tiempo en la retina-. Al menos ahora lo saben. A veces creo que la incertidumbre es peor -dijo sentándose junto a Erica, de modo que Maja quedó entre los dos. La pequeña se pasó de un salto a las rodillas de Patrik, donde dispondría de más espacio, y apretó la cabeza en el pecho de su padre. Patrik le acarició la melena rubia.

– Sí, supongo que tienes razón. Por otro lado, es muy duro perder la esperanza. -Vaciló un instante-. ¿Tenéis idea de lo que pasó?

Patrik negó con un gesto.

– No, todavía no sabemos nada. Absolutamente nada.

– ¿Y de las cartas de Christian? -preguntó Erica, que debatía consigo misma. ¿Debía referirle su excursión de hoy a la biblioteca y sus reflexiones sobre el pasado de Christian? Finalmente, decidió abstenerse. Esperaría hasta haber averiguado algo más.

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