Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » La sombra de la sirena
La sombra de la sirena - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
1 ... 29 30 31 32 33 34 35 36 37 ... 100
Перейти на страницу:

– Aún no he tenido tiempo de ponerme con ello. Pero hablaremos con la familia y los amigos de Magnus, y entonces creo que abordaré el asunto con Christian.

– Esta mañana le preguntaron por las cartas en el programa Nyhetsmorgon -dijo Erica con un escalofrío al recordar su participación y en lo que debió de pasar Christian en la emisión en directo.

– ¿Y qué dijo?

– Le restó importancia, pero se notó que se sentía presionado.

– No es de extrañar. -Patrik le dio a Maja un beso en la cabeza-. ¿Qué te parece si preparamos algo de cenar para mamá y los bebés? -Se levantó y cogió en brazos a la pequeña, que asintió encantada-. ¿Qué hacemos? ¿Salchicha de caca con cebolla?

Maja rompió a reír con tal ímpetu que sufrió un ataque de hipo. Era una niña muy madura para su edad y acababa de descubrir el gran placer del humor del caca-pedo-culo-pis.

– No, mejor no -dijo Patrik-. Mejor unos palitos de pescado con puré, ¿no? Guardamos las salchichas de caca para otro día.

Maja pareció reflexionar un instante. Finalmente, asintió magnánima. Cenarían palitos de pescado.

Sanna iba y venía de un lado para otro. Los niños estaban en la sala de estar viendo el programa infantil Bolibompa, pero ella era incapaz de mantenerse quieta. Daba vueltas y más vueltas por la casa, con el móvil en el puño cerrado. De vez en cuando, marcaba el número.

Sin respuesta. Christian llevaba todo el día sin responder al teléfono, y ella se fue imaginando una serie de escenas dramáticas. Sobre todo desde que la noticia sobre Magnus tenía conmocionada a toda Fjällbacka. Había mirado su correo más de diez veces a lo largo del día. Era como si algo estuviese creciéndole en el interior, algo que se volvía cada vez más fuerte y que empezaba a exigir que lo rebatiese o que lo confirmase. En el fondo de su alma deseaba sorprenderlo en algo. Entonces la certeza le proporcionaría una vía de escape para toda la angustia y todo el miedo que la corroían por dentro.

En realidad, sabía que no estaba actuando bien. Con aquella necesidad de control y con tantas preguntas sobre a quién veía y qué pensaba, lo único que conseguía era que Christian se alejara cada vez más. Desde un punto de vista racional, era consciente de ello, pero era una sensación tan intensa… la que le decía que no podía confiar en él, que le ocultaba algo, que ella no era suficiente. Que no la quería.

Aquella idea le resultaba tan dolorosa que se sentó en el suelo de la cocina y se abrazó las rodillas. El frigorífico le zumbaba en la espalda, pero ella apenas lo notaba, solo advertía el agujero que tenía dentro.

¿Dónde estaba? ¿Por qué no la llamaba? ¿Por qué no lograba localizarlo? Volvió a marcar el número resuelta. Oyó sonar una señal tras otra, pero él seguía sin responder. Se levantó y se acercó a la mesa de la cocina, donde estaba la carta. Hoy había llegado otra. Sanna la abrió enseguida. El texto era tan críptico como siempre. Sabes que no puedes huir. Yo existo en tu corazón, por eso no puedes esconderte, aunque vayas al fin del mundo. Conocía bien aquella letra plasmada con tinta negra. Cogió la carta con mano temblorosa y se la llevó a la nariz. Olía a papel y a tinta. Ni rastro de perfume ni nada parecido que desvelase algún detalle sobre el remitente.

Christian insistía con la tozudez de un loco en que no sabía quién le escribía, pero ella no lo creía. Así de sencillo. Se le despertó la ira, arrojó la carta sobre la mesa y salió corriendo escaleras arriba. Alguno de los niños la llamaba a gritos desde el sofá, pero ella no le prestó atención. Tenía que saber, tenía que buscar respuestas. Era como si otra persona se hubiese apoderado de su cuerpo, como si ya no pudiera gobernarlo.

Empezó por el dormitorio, fue abriendo los cajones de la cómoda de Christian y sacando el contenido. Revisó meticulosamente todo lo que había y tanteó con la mano el interior de lo que, a simple vista, parecían cajones vacíos. Nada, nada en absoluto, salvo camisetas, calcetines y calzoncillos.

Sanna miró a su alrededor en la habitación como buscando algo. El armario. Se acercó a los armarios que ocupaban toda la pared del fondo y empezó a examinarlos a conciencia uno a uno. Fue arrojando al suelo todo lo que Christian tenía allí. Camisas, pantalones, cinturones y zapatos. No halló nada personal, nada que le procurase más información sobre su marido o que le ayudase a atravesar el muro que él había construido a su alrededor.

Cada vez más rápido, fue sacándolo todo. Al final solo quedaron su ropa y sus cosas. Se desplomó en la cama y pasó la mano por la colcha, la que le había cosido su abuela. Todas aquellas cosas que ella tenía y que decían quién era y de dónde procedía. La colcha de la abuela materna, el tocador de su abuela paterna, los collares que le dejó su madre. Todas aquellas cartas de amigos y familiares que ella guardaba en los cajones del armario. Los anuarios escolares, primorosamente apilados en una estantería, la gorra de la graduación, a buen recaudo en una sombrerera, junto al ramo de novia ya seco. Un montón de pequeños objetos que narraban su historia, su vida.

De pronto tomó conciencia de que su marido no tenía nada de aquello. Ciertamente, él era menos sentimental que ella y no tan proclive a guardar cosas, pero algo debía tener. Nadie pasaba por la vida sin aferrarse a aquello de que se componían los recuerdos.

Aporreó la cama con los puños. La incertidumbre le martilleaba el corazón. ¿Quién era Christian, en realidad? Se le ocurrió una idea, se quedó quieta. Había un lugar en el que no había mirado. El desván.

Erik daba vueltas a la copa entre los dedos. Observaba el rojo intenso del vino, más claro cerca del borde. Señal de que se trataba de un vino joven, según había aprendido en uno de los múltiples cursos de cata a los que había asistido.

Toda su existencia estaba a punto de derrumbarse, y no podía comprender cómo había sucedido. Era como si se lo hubiese llevado una corriente tan fuerte que no pudiera vencerla.

Magnus estaba muerto. Se le habían juntado las dos noticias, así que solo ahora empezaba a asimilar la información que le había proporcionado Louise. En primer lugar, ella le contó que habían encontrado a Magnus muerto y, casi al mismo tiempo, el anuncio del embarazo de Cecilia. Dos sucesos que lo conmocionaron en lo más hondo y de los que tuvo conocimiento en el transcurso de unos minutos.

– Al menos podrías contestar, ¿no? -le dijo Louise con voz afilada.

– ¿Qué? -preguntó Erik, y cayó en la cuenta de que Louise le había dicho algo, pero que él no se había enterado-. ¿Qué has dicho?

– Te preguntaba dónde estabas hoy, cuando te mandé el mensaje con lo de Magnus. Primero llamé a la oficina, pero allí no estabas. Luego te llamé al móvil varias veces, pero saltaba el contestador. -Articulaba mal, seguramente llevaría toda la mañana bebiendo.

Sintió tal asco que se le agolpó en la boca la saliva que, al mezclarse con el vino, adquirió un sabor amargo a acero. Le repugnaba que Louise hubiese abandonado su existencia. ¿Por qué no podía calmarse y dejar de mirarlo con aquella mirada de mártir y el cuerpo lleno de vino de cartón?

– Había salido por un asunto.

– ¿Un asunto? -Louise tomó un trago de su copa-. Pues sí, ya me imagino yo de qué asunto se trata.

– Déjalo, anda -dijo Erik en tono cansino-. Hoy no. Hoy no, no es el día adecuado.

– Vaya, ¿y por qué hoy no? -Le hablaba en tono beligerante y Erik sabía que tenía ganas de discutir. Las niñas llevaban ya un rato dormidas y ahora estaban solos. Él y Louise.

– Han encontrado muerto a uno de nuestros mejores amigos. ¿Por qué no tenemos la fiesta en paz?

1 ... 29 30 31 32 33 34 35 36 37 ... 100
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)