La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
– Le hará la autopsia a finales de esta semana -dijo-. Así que para el fin de semana, con un poco de suerte, o a principios de la semana que viene. -Patrik dejó escapar un suspiro. Había ocasiones en que aquella profesión no casaba bien con su carácter impaciente. Quería las respuestas ya, no dentro de una semana.
– ¿Y qué sabemos de la desaparición? -Mellberg sostenía la taza de café vacía delante de Annika, que fingió no darse cuenta. El jefe hizo otro intento con Martin Molin, y esta vez sí funcionó. Martin no había adquirido aún el carisma necesario para resistir. Mellberg se retrepó en la silla satisfecho, mientras el más joven de sus colegas se encaminaba a la cocina.
– Sabemos que salió de casa poco después de las ocho de la mañana. Cia trabaja en Grebbestad y se fue hacia las siete y media. Trabaja media jornada en una inmobiliaria. Los niños tienen que marcharse a eso de las siete para poder coger el autobús. -Patrik hizo una pausa para tomar un sorbo del café que Martin les iba sirviendo a todos, y Paula aprovechó el inciso para hacer una pregunta.
– ¿Y cómo sabes que se fue de su casa poco después de las ocho?
– Porque un vecino lo vio salir a esa hora.
– ¿En coche?
– No, Cia había cogido el único coche que tienen y, según cuenta, Magnus iba siempre a pie.
– Ya, pero a Tanum no, ¿verdad? -intervino Martin.
– No, iba en el coche de un colega, Ulf Rosander, que vive cerca del campo de minigolf. Y hasta allí sí iba caminando. Pero la mañana en cuestión, llamó a Rosander para decirle que llevaba un poco de retraso y que se fuera sin él, así que no se presentó en su casa.
– ¿Y estamos seguros de eso? -intervino Mellberg-. ¿Hemos investigado a fondo a ese Rosander? En realidad, solo tenemos su palabra.
– Gösta estuvo hablando con Rosander y nada, ni lo que dijo ni su conducta, indica que esté mintiendo -aseguró Patrik.
– O quizá no lo hayáis presionado lo suficiente -insistió Mellberg anotando algo en el bloc. Alzó la vista y la clavó en Patrik-. Tráelo y apriétale las tuercas un poco más.
– ¿No te parece una medida un tanto drástica? La gente podría empezar a mostrarse reacia a hablar con nosotros si nos dedicamos a traer a los testigos a comisaría -objetó Paula-. ¿No podríais ir Patrik y tú a verlo a Fjällbacka? Aunque sé que ahora tienes mucho que hacer, de modo que, si quieres, puedo ir yo en tu lugar -dijo guiñándole un ojo a Patrik discretamente.
– Ummm… pues tienes razón. Tengo la mesa atestada. Muy bien pensado, Paula. Patrik y tú iréis a visitar de nuevo al tal… Rosell.
– Rosander -lo corrigió Patrik.
– Pues eso he dicho -replicó Mellberg mirando a Patrik con encono-. De todos modos, Paula y tú hablaréis con él. Creo que podemos sacar algo más. -Hizo un gesto de impaciencia con la mano-. Bueno, ¿y además? ¿Qué más habéis hecho?
– Hemos hablado con todos los vecinos de la calle que Magnus debería haber recorrido si hubiera ido a casa de Rosander como de costumbre. Pero nadie lo vio. Claro que de ahí no podemos sacar conclusiones, la gente tiene más que de sobra con el trajín propio de las mañanas -observó Patrik.
– Es como si se hubiera esfumado en el preciso instante en que salió por la puerta de su casa… hasta que lo encontramos en el hielo. -Martin miraba con resignación a Patrik, que se esforzó por sonar más optimista de lo que realmente se sentía.
– Nadie se esfuma sin más. Habrá huellas en algún lugar. Y lo único que debemos hacer es encontrarlas. -Patrik comprendió que empezaba a soltar futilidades, pero, por el momento, no tenía nada más que ofrecer.
– ¿Y su vida privada? ¿Hemos indagado lo suficiente? ¿Hemos sacado del armario todos los cadáveres? -Mellberg se echó a reír con su propia broma, pero nadie lo secundó.
– Los mejores amigos de Magnus y Cia eran Erik Lind, Kenneth Bengtsson y Christian Thydell. Y sus mujeres. Hemos hablado con ellos y con la familia de Magnus, y lo único que hemos sacado en claro es que Magnus Kjellner era un padre abnegado y un buen amigo. Nada de chismorreos, nada de secretos, nada de rumores.
– ¡Tonterías! -resopló Mellberg-. Todo el mundo tiene algo que ocultar, se trata de desenterrarlo. Es obvio que no os habéis esforzado lo suficiente.
– Hemos… -comenzó Patrik. Pero guardó silencio al comprender que probablemente Mellberg tuviera razón, para variar, tal vez no hubiesen indagado lo bastante a fondo, quizá no hubiesen formulado las preguntas adecuadas-. Por supuesto, ahora emprenderemos otra ronda con la familia y los amigos -prosiguió. Enseguida le vino a la cabeza la imagen de Christian Thydell y la carta que tenía en el primer cajón del escritorio. Pero no quiso mencionarlo por el momento, hasta no tener algo más concreto que lo que le decía su sexto sentido.
– Bueno, pues entonces repetimos y, esta vez, lo hacemos bien. -Mellberg se levantó tan rápido que Ernst, cuya cabeza seguía apoyada en la rodilla de su dueño, estuvo a punto de caer al suelo. El jefe de la comisaría casi había llegado a la puerta cuando se volvió y, mirando con severidad a los subalternos allí reunidos, añadió-: Y a ver si aceleramos un poco el ritmo, ¿vale?
Ya estaba oscuro al otro lado de la ventanilla del tren. Se había levantado tan temprano que tenía la sensación de que fuera de noche, pese a que el reloj indicaba que era la primera hora de la tarde. El móvil le sonaba en el bolsillo una y otra vez, pero él no se había inmutado. Llamara quien llamase, seguro que quería pedirle algo, perseguirlo y exigirle lo que fuera.
Christian miraba el paisaje. Acababan de dejar atrás Herrljunga. Había dejado el coche en Uddevalla. Y le quedaban unos cuarenta y cinco minutos en coche hasta Fjällbacka. Apoyó la frente en la ventanilla y cerró los ojos. Notaba la frialdad del cristal en la piel. La negrura del exterior lo presionaba, se le pegaba. Tomó aire ansiosamente y retiró la cara del cristal, donde había dejado una impresión inequívoca de la frente y la nariz. Levantó la mano y la borró con la palma. No quería dejarla allí, no quería dejar rastro de su persona.
Llegó a Uddevalla tan cansado que apenas veía con claridad. Había tratado de dormir la última hora de viaje, pero las imágenes le desfilaban por la cabeza como destellos veloces, impidiéndole el descanso. Se detuvo en el McDonald’s de Torp y pidió un café grande, que apuró de un trago para que la cafeína surtiese efecto enseguida.
Volvió a sonar el móvil, pero no era capaz ni de sacarlo del bolsillo, mucho menos de hablar con quien tan insistentemente lo llamaba. Sanna, seguramente. La encontraría enojada cuando llegase a casa, pero qué le iba a hacer.
Empezaba a sentir un hormigueo por todo el cuerpo y se retorció en el asiento. Los faros del coche que circulaba detrás de él se reflejaban en el retrovisor y quedó cegado momentáneamente. Pero había algo en los faros, en la distancia siempre idéntica y en el resplandor que lo movió a mirar de nuevo por el retrovisor. El mismo coche lo seguía desde que salió de Torp. ¿O no lo era? Se frotó los ojos con la mano. Ya no estaba seguro de nada.
La luz lo siguió cuando giró para salir de la autovía a la altura del indicador de Fjällbacka. Christian entornó los ojos en un intento por distinguir qué coche era. Pero estaba demasiado oscuro y las luces lo cegaban. Empezaron a sudarle las manos al volante. Lo apretaba tanto que le dolían las manos, así que estiró los dedos un poco.
Recreó su imagen. La vio con el vestido azul y el niño en el regazo. El olor a fresas, el sabor de sus labios. La sensación de la tela del vestido en la piel. Su cabello largo y castaño.
Algo cruzó delante del coche. Christian frenó de golpe y, durante unos segundos, perdió el contacto con la calzada. El coche se deslizó hacia la cuneta y él se abandonó y no hizo nada por evitarlo. Sin embargo, el automóvil se detuvo a unos centímetros del borde. Al resplandor de los faros distinguió el trasero blanco de un corzo y Christian lo vio huir asustado, trotando por el campo.