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Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:

Cuando Thorne McCafferty regresó apresuradamente al rancho familiar, lo único en lo que pensaba era en si su hermana Randi sobreviviría al accidente por el que estaba en el hospital. En ningún momento se esperaba que la doctora de urgencias que la había atendido fuera un viejo amor.
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
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– Vale, vale, me hago una idea -su boca se torció y sus ojos grises centellearon.

– Bien -le guiñó un ojo.

– Vaya, así que te has reído de mí, ¿eh? -dijo él a la vez que masticaba un pedazo de sándwich.

– Es agradable estar con un hombre que tiene tantísimas habilidades -dijo ella bromeando.

– Tú deberías saberlo bien.

La risa desapareció de los ojos de Thorne y a Nicole casi se le cayó la cuchara al comenzar a pensar en él haciéndole el amor. Un calor le subió hasta el cuello y tragó saliva al recordar el momento que habían vivido hacía poco junto al riachuelo.

– Si no recuerdo…

– Suficiente, ¿Vale? Ya lo pillo -susurró ella, al no querer que nadie oyera su conversación-. Tregua.

– Entonces me ayudarás a encontrar una niñera.

– Supongo que no tengo elección.

– Bien, acepto tu bandera blanca.

– No me he rendido, ¡sólo he pedido una tregua!

– Lo que digas -dijo él con un travieso brillo en los ojos.

Aún sonrojada, cambió de tema. ¿Por qué permitía que la provocara así? ¿Que flirteara de ese modo tan descarado? ¿Qué era eso que ella veía en él tan irritante e increíblemente sexual a la vez? ¡No! ¡Estaba convirtiéndose en una de esas tontas mujeres obsesionadas con los hombres y a las que tanto aborrecía! Miró su reloj y vio que tenía que irse.

– El deber me llama… -dijo y se puso de pie.

Él retiró su silla. Después de que Nicole tirara a la basura los restos de la bandeja, los dos caminaron juntos y ella se fijó en lo mucho que destacaba, tan alto, con su abrigo largo negro, entre los médicos y enfermeras con batas blancas o ropa verde, y entre los visitantes vestidos con camisetas de algodón, tela vaquera, cuero o franela. También se veían algunos hombres con aspecto de empresario, pero ninguno era tan alto y tan arrogante como Thorne McCafferty, con su impoluta camisa blanca, su corbata de seda y su caro traje de chaqueta. Su presencia llamaba la atención y eso era lo que conseguía.

En la mesa donde se sentaban las enfermeras, más de un par de ojos interesados lo miraron mientras Thorne abría una de las puertas que daban al pasillo a la vez que con la otra mano tocaba la espalda de Nicole, como si quisiera guiarla. No era más que un gesto, tal vez incluso uno educado, un movimiento automático por su parte, pero ella se apartó cuando salieron al pasilio y agradeció que él dejara caer la mano. Cuanto menor contacto personal tuvieran, mejor.

Pero aun así…

– ¿Alguien ha localizado ya al padre de J.R.? -preguntó-. Puede que tenga algo que decir en lo que respecta al cuidado del bebé.

– Aún no -los ojos de Thorne se volvieron tan fríos como el invierno-, pero lo encontraré -y Nicole no lo dudó ni por un momento.

Thorne McCafferty era un hombre que, si decidía darle caza a alguien, no dejaría piedra sin mover en su búsqueda.

Cuando ella presionó el botón del ascensor, él le tocó el hombro.

Nicole entró, pero Thorne la agarró por el brazo y la atrajo hacia sí. Para su sorpresa, la besó. Con intensidad. Tanta, que las piernas le fallaron.

– ¿A qué ha venido esto? -preguntó cuando por fin la soltó.

– Sólo quería que tuvieras algo con lo que recordarme.

«Como si ya no tuviera suficiente».

Thorne se metió las manos en los bolsillos del abrigo, se dio la vuelta y salió del edificio. Nicole, despojada de aliento y de su dignidad, entró en el ascensor. Las puertas se cerraron y se quedó sola. «¿Con que no tenía que olvidarlo?».

Bueno, no tenía de qué preocuparse. Suspirando, se apoyó contra la pared. Thorne McCafferty era un hombre imposible de olvidar.

Diez

Kurt Striker era como la versión televisiva de un ex policía que se había convertido en detective privado: rasgos duros y ojos hundidos, cuando no estaba atravesándote con su fría y verde mirada. Se movía sin cesar y posaba su mirada en todas partes.

Estrechó la mano de Thorne fuertemente. Con una cazadora vaquera, Levi's a juego, botas arañadas y camisa sin cuello, estaba en el porche trasero viendo las nubes avanzar hacia las colinas del oeste. Slade estaba fumando y a Kurt no parecía importarle. Con un fuerte gruñido, Harold rodeó el porche y moviendo el rabo subió lentamente los escalones para acomodarse a los pies de Slade.

– Me alegro de que por fin nos hayamos visto -dijo Thorne.

Kurt asintió y Thorne se fijó en que tenía algunas canas en su pelo castaño.

– Pensé que os gustaría saber lo que he descubierto.

Así que sí que había información. Bien. Thorne señaló con la cabeza hacia la cocina.

– Vamos y hablemos dentro.

Slade le dio una última calada a su cigarrillo, y lo apagó en una vieja lata de metal que había en un banco. Juntos entraron en la casa, donde el aroma a pino de algún limpiador se mezclaba con el aroma a cerdo asado.

– ¡Botas fuera! Botas embarradas en el porche -gritó Juanita desde algún lugar de la despensa.

– Tiene ojos en la nuca -gruñó Slade mirándose a las botas-. No hagáis caso.

– Las mías están limpias-dijo Kurt.

Juanita había cambiado de tema cuando salió de la despensa con dos bolsas de plástico de cebollas pequeñas y tomates rojos. Después de cerrar la puerta con una patada, dejó caer las bolsas sobre el bloque de madera maciza y sacudió la cabeza. Con un dedo acusador, señaló a Thorne y le dijo:

– Esa mujer, esa tal Annette, ha vuelto a llamar. Insiste en que la llame hoy -y volteando los ojos farfulló algo en español.

Thorne no pudo ocultar su enfado.

– La próxima vez deja que salte el contestador.

– Lo he hecho, pero lo he oído mientras se grababa. Estaba limpiando el polvo -tenía la barbilla alta y la espalda estirada como una tabla de planchar, como si estuviera preparándose por si Thorne la reprendía por haber escuchado a escondidas-. Y eso no es lo peor. También ha llamado otro periodista. Quiere hablar con usted. ¡Dios! -exclamó en español con las manos alzadas y sacudiendo la cabeza como si no entendiera nada.

– Hablaré con ellos luego -dijo Thorne y después se volvió hacia Kurt-. Vamos al salón.

Juanita abrió la bolsa de cebollas y comenzó a pelarlas.

– ¿Les gustaría comer algo? ¿Algo para beber?

– Unos aperitivos estarían bien. Y cerveza -dijo desde el pasillo Thorne que, mientras Slade y Kurt se dirigían al salón, se quitó la chaqueta y se subió las mangas de la camisa-. Bueno, ¿qué tienes? -preguntó cuando ya estaban los tres en el salón.

Striker estaba junto a las ventanas con gesto serio.

– No creo que en el accidente que tuvo vuestra hermana ella fuera la única involucrada. Sospecho que también hubo otro vehículo.

– Espera un minuto, ¿no contradice esto todo lo que nos ha dicho la policía? -Thorne estaba atónito. Miró a Slade para que lo apoyara.

– Yo lo he oído -Slade estaba arrodillado junto al fuego, prendiendo el papel y las astillas con una cerilla.

– Ahora mismo no es más que una teoría -señaló Striker-, pero parece que hay una discrepancia. Unos cuantos arañazos en la pintura de su guardabarros trasero. No hay marcas de derrape, ni ninguna otra prueba, pero creo que es una posibilidad que otro vehículo estuviera involucrado.

El fuego crepitó al recobrar la vida y Slade arrojó un grueso pedazo de roble a las hambrientas llamas. Juanita llevó en una bandeja tres botellas de cerveza y una cesta de patatas fritas. En cuanto desapareció, Striker cruzó la habitación y se sentó en una esquina del gastado sofá de piel, frente a la chimenea. Slade y él tomaron sus botellas. Thorne no. Lo único que le interesaba en ese momento era la historia del detective.

– ¿Y qué dice el sheriff? -preguntó, ignorando que le dolía la cabeza y que tenía el estómago encogido. La hipótesis de Striker no eran buenas noticias. En absoluto. Si alguien había sacado a Randi de la carretera o incluso la había golpeado de forma accidental, significaba que un conductor se había dado a la fuga… o peor. Podría haber sido intencionado.

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