El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Kate abrió la boca para protestar por aquellos arreglos que iban a dejar a Edwina a solas en compañía del vizconde, aunque fuera sólo durante el breve tiempo que llevaba caminar hasta el campo, pero al final se quedó callada. No había ninguna excusa razonable para impedir aquello, y lo sabía.
Anthony captó sus resoplidos y torció la comisura de su boca del modo más odioso para decir:
– Me complace ver que está de acuerdo conmigo, señorita Sheffield.
Ella se limitó a gruñir. Si hubiera articulado algunas palabras, no abrían sido amables.
– Excelente -repitió Colin-. Entonces nos vemos dentro de un rato.
Luego entrelazó su brazo con el de Kate y así se alejaron, dejando a Anthony sonriendo tras ellos.
Colin y Kate caminaron durante unos ochocientos metros desde la casa hasta una especie de claro desigual delimitado a un lado por un lago.
– El hogar de la roja pelota pródiga, supongo -comentó Kate mientras indicaba el agua.
Colin se rió y asintió.
– Es una lástima porque contábamos con equipo suficiente para ocho jugadores; nuestra madre insistió en que compráramos un juego que pudiera servirnos a los ocho hermanos.
Kate no estaba segura de si sonreír o fruncir el ceño.
– Su familia está muy unida, ¿verdad?
– Más que ninguna -respondió Colin con convencimiento mientras se acercaba a un cobertizo próximo.
Kate siguió sus pasos dándose golpecitos en el muslo de forma distraída.
– ¿Sabe qué hora es? -preguntó en voz alta.
Él se detuvo, sacó el reloj de bolsillo y lo abrió con un golpecito.
– Tres y diez.
– Gracias -contestó Kate, tomando nota mentalmente.
Habían dejado a las tres menos cinco a Anthony, quien había prometido traer a Edwina al campo de palamallo en cuestión de media hora de modo que llegarían a eso de las tres y veinticinco.
Como muy tarde a las tres y media. Kate estaba dispuesta a ser generosa y permitir ciertos retrasos inevitables. Si el vizconde traía a Edwina a las tres y media, no pondría pegas.
Colin continuó su recorrido hasta el cobertizo y Kate observó con interés cómo abría la puerta con cierto esfuerzo.
– Parece oxidada -comentó ella.
– Hace ya un tiempo que no venimos a jugar -explicó.
– ¿De veras? Si yo tuviera una casa como Aubrey Hall, nunca iría a Londres.
Colin se volvió hacia ella con la mano aún en la puerta medio abierta del cobertizo.
– Se parece mucho a Anthony, ¿lo sabe? Kate soltó un resuello.
– Sin duda bromea.
Él sacudió la cabeza con una extraña sonrisa en los labios.
– Tal vez sea porque son los hermanos mayores. Dios sabe que cada día doy gracias por no haber estado en el lugar de Anthony…
– ¿Qué quiere decir?
Colin se encogió de hombros.
– Pues que no me gustaría cargar con sus responsabilidades, es todo. El título, la familia, la fortuna, es demasiada carga para los hombros de una sola persona.
Kate no es que deseara especialmente oír lo bien que el vizconde había asumido las responsabilidades del título; no quería oír nada que pudiera cambiar su opinión de él, aunque tenía que confesar que la había impresionado la aparente sinceridad de su disculpa aquella misma tarde.
– ¿Y qué tiene que ver eso con Aubrey Hall? -preguntó.
Colin la miró sin comprender por un momento, como si hubiera olvidado que la conversación había comenzado con su inocente comentario sobre lo preciosa que era la casa solariega.
– Nada, supongo -dijo finalmente-. Y también todo. A Anthony le encanta esto.
– Pero pasa todo el tiempo en Londres -dijo Kate-. ¿No es cierto?
– Lo sé. -Colin se encogió de hombros-. Qué extraño, ¿no?
Kate no tenía ninguna respuesta, de modo que se quedó mirando mientras él tiraba de la puerta del cobertizo hasta que consiguió abrirla.
– Ya está. -Del interior sacó una carretilla con ruedas que había construido especialmente para llevar ocho mazos y otras tantas bolas de madera-. Un poco descuidado, pero tampoco está tan mal.
– Excepto por la bola roja perdida -dijo Kate con una sonrisa.
– Toda la culpa es de Daphne -contestó Colin-. Culpo de todo a Daphne y así mi vida es mucho más fácil.
– ¡Te he oído!
Kate se volvió y vio a una atractiva y joven pareja que se acercaba a ellos. El hombre era terriblemente guapo, con pelo oscuro, y ojos oscuros y alegres. La mujer sólo podía ser una Bridgerton, con el mismo pelo castaño que Anthony y Colin. Por no mencionar la misma estructura ósea y aquella misma sonrisa. Kate había oído decir que todos los Bridgerton se parecían bastante, pero nunca hasta entonces se lo había acabado de creer.
– ¡Daff! – exclamó Colin-. Llegas justo a tiempo para ayudarnos a sacar los mazos.
La joven le dedicó una amplia sonrisa.
– ¿No pensarás que iba a dejarte trazar otra vez el recorrido, eh? – Se volvió a su marido-. Prefiero no perderle de vista.
– No le preste atención -le dijo Colin a Kate-. Es muy fuerte, y apuesto a que es muy capaz de tirarme al lago sin problemas.
Daphne entornó los ojos y se volvió a Kate.
– Puesto que estoy segura de que el miserable de mi hermano no va a hacer los honores, me presentaré. Soy Daphne, duquesa de Hastings, y éste es mi esposo Simon.
Kate hizo una rápida reverencia.
– Excelencia -murmuró, luego se volvió al duque y dijo otra vez -, Excelencia.
Colin hizo un ademán en dirección a Kate mientras se inclinaba a sacar los mazos de la carretilla de palamallo.
– Os presento a la señorita Sheffield.
Daphne pareció confundida.
– Acabo de cruzarme con Anthony en casa. Creo que me ha dicho que iba a buscar a la señorita Sheffield.
– Mi hermana -explicó Kate-. Edwina. Yo soy Katharine. Kate para los amigos.
– Bien, si es lo bastante valiente como para jugar al palamallo con los Bridgerton, sin duda me gustaría incluirla entre mis amigas -dijo Daphne con una amplia sonrisa-. Por lo tanto, tiene que llamarme Daphne. Y a mi esposo, Simon. ¿Simon?
– Oh, por supuesto -respondió él, y Kate tuvo la clara impresión de que diría lo mismo si Daphne declarara que el cielo se había vuelto naranja. No porque él no le prestara atención, sino porque era evidente que estaba loco por ella.
Esto, pensó Kate, era lo que quería para Edwina.
– Déjame coger la mitad -dijo Daphne estirando el brazo para coger los aros que su hermano ya tenía en la mano-. La señorita Sheffield y yo… es decir, Kate y yo – dedicó a Kate una amplia sonrisa llena de afecto- colocaremos tres de éstos, y tú y Simon podéis colocar el resto.
Antes de que Kate se atreviera a opinar, Daphne ya la había cogido por el brazo y se la llevaba hacia el lago.
– Tenemos que asegurarnos del todo de que la bola de Anthony acaba en el agua – masculló Daphne -. Nunca le he perdonado lo de la última vez. Creí que Benedict y Colin iban a morirse de la risa. Y Anthony fue el peor. Estaba allí sonriéndose. ¡Sonriéndose! – Se volvió a Kate con la más atribulada de las expresiones-. Nadie se sonríe como mi hermano mayor.
– Lo sé -dijo Kate en voz baja.
Por suerte, la duquesa no la había oído.
– Si hubiera podido matarlo en ese momento, juro que lo habría hecho.
– ¿Y qué sucede una vez que todas las bolas acaban en el agua? – Kate no pudo resistirse a preguntar-. Aún no he jugado con la familia al completo, pero todos parecen bastante competitivos, y me da la impresión…
– … que será inevitable -concluyó Daphne por ella. Puso una mueca-. Probablemente tenga razón. No tenemos espíritu deportivo yo en lo que al palamallo se refiere. Cuando un Bridgerton coge el mazo, nos convertimos en los peores tramposos y mentirosos. De veras, el juego no tiene tanto que ver con ganar sino con asegurarse de que el otro jugador pierde.