El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Kate buscó las palabras.
– Suena un poco…
– ¿Horrible? -preguntó Daphne sonriente-. No lo es. Nunca se habrá divertido tanto, se lo garantizo. Pero al paso que vamos, todas las bolas van a acabar en el lago dentro de poco. Supongo que pediremos a Francia otro juego. -Metió un aro en la tierra-. Parecerá un derroche lo sé, pero merece la pena con tal de humillar a mis hermanos.
Kate intentó no reírse, pero no lo consiguió.
– ¿Tiene algún hermano, señorita Sheffield? -inquirió Daphne.
Puesto que la duquesa había olvidado llamarla por su nombre de pila, Kate consideró mejor volver a las maneras formales.
– No, Excelencia -contestó-. Edwina es mi única hermana.
Daphne se protegió los ojos con la mano e inspeccionó la zona en busca de alguna ubicación alevosa. Cuando avistó una -situada justo encima de la raíz de un árbol- se fue para allá sin dejarle otra opción a Kate que seguirla.
– Cuatro hermanos -dijo Daphne, metiendo otro aro en la tierra – te dan una educación maravillosa.
– La de cosas que habrá aprendido -dijo Kate bastante impresionada-. ¿Sabe dejarle un ojo morado a un hombre? ¿Tumbarle en el suelo de un puñetazo?
Daphne puso una mueca maliciosa.
– Pregúntele a mi esposo.
– ¿Que me pregunte el qué? -gritó el duque desde el lado opuesto del árbol, donde él y Colin se encontraban colocando un aro sobre una raíz.
– Nada -contestó la duquesa en tono inocente-. También he aprendido -le susurró a Kate- que es mejor tener la boca cerrada. Es mucho más fácil manejar a los hombres una vez que entiendes los puntos básicos de su naturaleza.
– ¿Qué son? -le pinchó Kate.
Daphne se inclinó hacia delante y le susurró cubriéndose la boca:
– No son tan listos como nosotras, no son tan intuitivos como nosotras y desde luego es mejor que no se enteren del cincuenta por ciento de lo que hacemos. -Miró a su alrededor-. ¿Él no me ha oído, verdad?
Simon salió de detrás del árbol.
– Cada palabra.
Kate se atragantó de la risa al ver a Daphne dar un brinco.
– Pero es cierto -dijo con arrogancia.
Simon se cruzó de brazos.
– Piensa lo que quieras, querida. -Se volvió a Kate-. Con los años he aprendido un par o tres de cosas sobre las mujeres.
– ¿De veras? -preguntó Kate fascinada.
Él asintió y se inclinó, como si fuera a desvelar un serio secreto de Estado.
– Es mucho más fácil manejarlas si se creen que son más listas y más intuitivas que los hombres. Y -añadió con mirada de superioridad a su esposa- nuestras vidas transcurren con mucha más tranquilidad si fingimos que sólo nos enteramos del cincuenta por ciento lo que hacen.
Colin se acercó balanceando un mazo.
– ¿Están discutiendo? -le preguntó a Kate.
– Sólo deliberamos – corrigió Daphne.
– Que Dios me libre de tales deliberaciones -masculló Colin Escojamos los colores.
Kate le siguió de regreso junto a la carretilla de palamallo, tamborileando sobre el muslo con los dedos.
– ¿Tiene hora? -le preguntó.
Colin sacó su reloj de bolsillo.
– Pasa un poco de las tres y media, ¿por qué?
– Pensaba que Edwina y el vizconde deberían estar ya por aquí eso es todo -respondió, intentando no parecer demasiado preocupada.
Colin se encogió de hombros.
– Estarán en camino. -Luego, inconsciente de la inquietud ella, indicó la carretilla de palamallo -. Pues bien. Usted es la invitada. Es la primera en escoger. ¿Qué color quiere?
Sin pensar mucho, Kate estiró el brazo y cogió un mazo. Cuando lo tuvo en la mano se percató de que era negro.
– El mazo de la muerte -dijo Colin con gesto de aprobación. Sabía que sería una buena jugadora.
– Dejemos el mazo rosa para Anthony -dijo Daphne sacando el mazo verde.
El duque cogió el mazo naranja y, volviéndose a Kate, dijo:
– Es testigo de que no tengo nada que ver con el mazo rosa de Bridgerton, ¿de acuerdo?
Kate sonrió con picardía.
– He advertido que no ha escogido el mazo rosa.
– Por supuesto que no -contestó con una mueca aun mas viesa que la de ella-. Mi esposa ya lo ha escogido por él. No podía llevarle la contraria, ¿no cree?
– Para mí el amarillo -dijo Colin-, y el azul para la señorita Edwina, ¿no le parece?
– Oh, sí -replicó Kate-. A Edwina le encanta el azul.
Los cuatro se quedaron mirando los dos mazos restantes: el rosa y el púrpura.
– No le va a gustar ninguno de los dos -dijo Daphne.
Colin asintió.
– Pero el rosa aún menos. -Y con aquello, cogió el mazo púrpura y lo arrojó dentro del cobertizo, luego se agachó y tiró la bola púrpura tras él.
– Y digo yo -empezó el duque-, ¿dónde está Anthony?
– Ésa es una buena pregunta -masculló Kate, tamborileando otra vez con los dedos sobre la falda.
– Supongo que querrá saber qué hora es -apuntó Colin con astucia.
Kate se sonrojó. Ya le había pedido dos veces que mirara la hora.
– No hace falta -contestó sin encontrar una respuesta más ingeniosa.
– Muy bien, sólo que he tomado nota de que cada vez que empieza mover la mano…
Kate detuvo la mano.
– …está a punto de preguntarme qué hora es.
– Ha tomado nota de muchas cosas sobre mí en la última hora – respondió Kate con sequedad.
Él puso una mueca.
– Soy un tipo observador.
– Es evidente -masculló ella.
– Pero, en caso de que le interese, son las cuatro menos cuarto.
– Tenían que haber llegado hace rato -dijo Kate.
Colin se inclinó hacia delante y susurró.
– Dudo mucho que mi hermano esté violando a su hermana.
Kate retrocedió con brusquedad.
– Señor Bridgerton!
– ¿De qué habláis? -preguntó Daphne.
Colin esbozó una amplia sonrisa.
– La señorita Sheffield está preocupada por que Anthony esté poniendo en una situación comprometida a la otra señorita Sheffield.
– ¡Colin! – exclamó Daphne -. Eso no tiene la menor gracia.
– Y desde luego no es cierto -protestó Kate. Bien, casi no era cierto. No pensaba que el vizconde estuviera poniendo a Edwina en una situación comprometida, pero era más que probable que se estuviera esforzando todo lo posible para aturdirla con sus encantos. Y eso en sí mismo ya era peligroso.
Kate sostuvo el mazo en la mano para comprobar su peso e intentó imaginar la manera de usarlo sobre la cabeza del vizconde y hacer que pasara por un accidente.
El mazo de la muerte, desde luego que sí.
Anthony miró la hora en el reloj de la repisa de su estudio. Casi las tres y media. Iban a llegar tarde.
Puso una mueca. Oh, bien, no podía hacer nada.
Normalmente insistía mucho en la puntualidad, pero si el retraso tenía como resultado la tortura de Kate Sheffield, no le importaba demasiado llegar tarde.
Y Kate Sheffield sin duda se estaría retorciendo de agonía para entonces, horrorizada sólo con la idea de que su preciosa hermana pequeña estuviera en sus malignas garras.
Anthony bajó la vista a sus malignas garras -sus manos, se recordó a sí mismo- y esbozó otra amplia sonrisa. Hacía siglos que no se había divertido tanto, y lo único que hacía era perder el tiempo en su despacho, imaginándose a Kate Sheffield con la mandíbula apretada mientras le salía humo por las orejas.
Era una imagen de lo más graciosa.
Por supuesto, aquello no era culpa suya. Él habría salido con puntualidad de no haber tenido que esperar a Edwina. La joven había mandado aviso con la doncella de que se reuniría con él en diez minutos. De eso hacía veinte minutos. Él no podía hacer nada si ella se retrasaba.
Anthony tuvo una visión repentina de cómo transcurriría el resto de su vida: esperando a Edwina. ¿Era el tipo de mujer que se retrasaba por sistema? Aquello podía acabar resultando irritante al cabo un tiempo.