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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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– De hecho, me gustaría hacerle una pregunta.

Lady Bridgerton sonrió con afecto.

– Por supuesto.

– He advertido al llegar que tiene unos amplísimos jardines de flores. ¿Podría inspeccionarlos?

– ¿Así que usted también es jardinera? -inquirió lady Bridgerton.

– No muy buena -admitió Kate-, pero sí admiro el trabajo de un experto.

La vizcondesa se ruborizó.

– Será un honor que recorra los jardines. Son mi orgullo y alegría. No es que les dedique demasiado tiempo ahora, pero cuando Edmund viv… -Se detuvo para aclararse la garganta-. Es decir, cuando yo pasaba más tiempo por aquí, estaba todo el día con las manos llenas de tierra. Volvía loca del todo a mi madre.

– Y también al jardinero, me imagino -dijo Kate.

La sonrisa de lady Bridgerton se transformó en una risa.

– Ay, desde luego que sí! Era un hombre terrible. Siempre repetía que lo único que las mujeres sabían de flores era aceptarlas como regalo. Pero era el mejor conocedor de las plantas que una pueda imaginar, de modo que aprendí a aguantarle.

– ¿Y él aprendió a aguantarla a usted?

Lady Bridgerton sonrió con aire travieso.

– No, nunca, es la verdad. Pero no permití que eso me detuviera.

Kate esbozó una amplia sonrisa, la mujer le inspiraba simpatía forma instintiva.

– Pero no dejen que las entretenga tanto -dijo lady Bridgerton-. Que Rose las lleve arriba para que puedan instalarse. Y, señorita Sheffield -le dijo a Kate-, estaré encantada de darle una vuelta por los jardines un día de esta semana, si quiere. Me temo que ahora mismo estoy demasiado atareada recibiendo invitados, pero será un placer encontrar tiempo para usted uno de estos días.

– Me encantaría, muchas gracias -dijo Kate, y luego ella, Mary y Edwina siguieron a la doncella escaleras arriba.

Anthony salió de su reducto, de detrás de la puerta ligeramente entreabierta de su despacho, y bajó al vestíbulo para ir al encuentro de su madre.

– ¿Eran las Sheffield este grupo al que saludabas? -preguntó pese a saber a la perfección que así era. Pero su despacho estaba demasiado apartado en el pasillo como para haber oído algo de lo que el cuarteto de mujeres había dicho, de modo que decidió que precisa un breve interrogatorio.

– Cierto, eran ellas -respondió Violet-. Qué familia más encantadora, ¿no crees?

Anthony se limitó a soltar un gruñido.

– Me alegro mucho de haberlas invitado.

Anthony no dijo nada, aunque consideró responder con otro gruñido.

– Las añadí en el último minuto a la lista de invitados.

– No me había fijado -murmuró él.

Violet asintió con la cabeza.

– Tuve que conseguir otros tres caballeros del pueblo para igualar lar las cosas.

– ¿O sea que podemos esperar al párroco a cenar esta noche?

– Y su hermano, que está pasando unos días, y su hijo.

– Creo recordar que el joven John apenas tiene dieciséis años, ¿no es cierto?

Violet se encogió de hombros.

– Estaba desesperada.

Anthony consideró esto. Su madre tenía que estar de veras desesperada para tener a las Sheffield de invitadas en su casa, si eso significaba invitar a cenar a un quinceañero con granos. No es que ella nunca hubiera invitado a un muchacho así a una comida familiar; si no se trataba de actos formales, los Bridgerton rompían las costumbres establecidas y permitían que los menores comieran también en el comedor, sin tener en cuenta la edad. Por eso, la primera vez que Anthony fue a visitar a un amigo, se quedó consternado al comprobar que todo el mundo contaba con que él comería en las habitaciones infantiles.

Pero, de cualquier modo, una reunión social en el campo era una reunión social, y ni Violet Bridgerton permitía que los niños se sentaran a la mesa.

– Creo que ya conoces a las dos señoritas Sheffield -dijo Violet.

Anthony asintió.

– Las dos me parecen encantadoras -continuó su madre-. No se puede decir que dispongan de una fortuna, pero siempre he mantenido que a la hora de buscar esposa la fortuna no es tan importante como el carácter, siempre que el interesado no tenga apuros financieros, por supuesto.

– Que, desde luego, no es -añadió Anthony arrastrando las palabras-, como estoy seguro de que vas a indicar, mi caso.

Violet resopló y le lanzó una mirada altiva.

– No deberías burlarte de mí con tanta ligereza, hijo mío. Sólo estoy comentando la realidad. Deberías postrarte de rodillas a diario y agradecer a tu Creador no tener que casarte con una rica heredera. La mayoría de hombres no gozan del lujo del libre albedrío a la hora de contraer matrimonio, ¿sabes?

Anthony se limitó a sonreír.

– ¿Debería agradecer a mi Creador o a mi madre?

– Eres un bruto.

Le cogió la barbilla con ternura.

– Un bruto que tú criaste.

– Y no fue una tarea fácil -masculló-. Te lo puedo asegurar.

Se inclinó hacia delante y le dio un beso en la mejilla.

– Que te diviertas recibiendo a tus invitados, madre.

Violet le puso un ceño, pero estaba claro que su corazón no participaba en aquel gesto.

– ¿A dónde vas? -preguntó mientras él empezaba a alejarse.

– A caminar un poco.

– ¿Ah sí?

Anthony se dio media vuelta, un poco desconcertado por su interés.

– Pues sí. ¿Algún problema?

– No, en absoluto -contestó su madre-. Es sólo que hace siglos que no vas a andar… por el mero placer de andar…

– Hace siglos que no vengo al campo -comentó él.

– Cierto -concedió la vizcondesa-. En tal caso, tienes que ir antes que nada a mis jardines. Están empezando a florecer las primeras especies, es sencillamente espectacular. No hay nada comparable en Londres.

Anthony hizo un ademán con la cabeza.

– Te veré a la hora de cenar.

Violet sonrió y le despidió con la mano. Observó cómo desaparecía por el interior de sus oficinas, que ocupaban la esquina de Aubrey Hall y tenían ventanales que daban al césped lateral.

El interés de su hijo mayor por las Sheffield era muy intrigante. Ay, si al menos pudiera adivinar por qué Sheffield estaba interesado.

Un cuarto de hora más tarde Anthony había salido a pasear por los jardines de flores de su madre. Estaba disfrutando de la contradicción del cálido sol y la fresca brisa cuando oyó el leve sonido de las pisadas de una segunda persona por un sendero cercano. Aquello le picó la curiosidad. Los invitados estaban todos instalándose en sus habitaciones y el jardinero tenía fiesta. Con franqueza, había contado con estar solas.

Se volvió en dirección a las pisadas y avanzó en silencio hasta que llegó al extremo del sendero. Miró a la derecha, luego a la izquierda entonces vio a…

Ella.

¿Por qué, se preguntó, le sorprendía aquello?

Kate Sheffield, vestida con un vestido azul lavanda claro que conjuntaba de un modo encantador con los iris y jacintos, estaba de pie al lado de un arco decorativo de madera que dentro de poco quedaría cubierto de rosas blancas y rosadas.

La observó durante un momento mientras ella acariciaba con los dedos alguna planta vellosa cuyo nombre nunca recordaba, luego se inclinó para olisquear un tulipán holandés.

– No huelen -dijo en voz alta mientras se acercaba despacio hacia ella.

Kate se enderezó al instante, todo su cuerpo reaccionó antes de volverse a mirarle. Anthony se dio cuenta de que le había reconocido la voz, lo cual hizo que sintiera una satisfacción peculiar.

Mientras se aproximaba, indicó con un gesto la brillante floración roja y dijo:

– Son preciosos y bastante raros de ver en un jardín inglés, pero, ay, no tienen perfume.

Kate se demoró en contestar más tiempo de lo que él esperaba, luego dijo:

– Nunca antes había visto un tulipán.

Algo en aquella frase le hizo sonreír a él.

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