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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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Edwina no perdería su belleza. Sin duda, éste sería un buen atributo para una esposa, aunque -lanzó una mirada compungida al retrato de su padre- no era probable que Anthony estuviera presente para verla envejecer.

Finalmente descendió Kate.

Y Anthony fue consciente de que contuvo la respiración.

No se movía como las otras dos Sheffield. Ellas habían descendido con delicadeza, apoyándose en el lacayo, reposando su mano en la de éste con un gracioso arqueo de la muñeca.

Kate, por otro lado, casi había saltado del carruaje. Aceptó el brazo que le brindaba el lacayo, pero en realidad parecía no necesitar su ayuda. En cuanto sus pies tocaron el suelo se estiró en toda su altura y alzó el rostro para observar la fachada de Aubrey Hall. Todo en ella era directo y franco. Anthony no dudó ni un momento que si hubiera estado lo bastante cerca como para mirarla a los ojos, habría encontrado su mirada de frente.

No obstante, en cuanto ella le viera, aquellos ojos se llenarían de desdén y tal vez de un poco de odio. Que en realidad era lo único que se merecía. Un caballero no podía tratar a una dama como él había tratado a Kate Sheffield y esperar seguir gozando de su favor.

Kate se volvió hacia su madre y hermana y dijo algo que provocó la risa de Edwina mientras Mary sonreía con gesto indulgente. Anthony se percató de que no había tenido demasiadas oportunidades de ver a las tres relacionándose entre si.

Había algunos vínculos, acabó por comprender, que eran más fuertes que los de la sangre. Él no dejaba espacio para esos vínculos en su vida.

Era éste el motivo de que, cuando se casara, el rostro bajo el velo de la novia debería ser el de Edwina Sheffield.

Kate había esperado que Aubrey Hall la impresionara. Lo que no había esperado era quedarse encantada.

La casa era más pequeña de lo que creía. Oh, de cualquier modo era mucho, mucho más grande que cualquier cosa a la que ella hubiera tenido el honor de llamar casa, pero esta casa solariega no era una mole monumental elevándose sobre el paisaje como un castillo medieval fuera de lugar.

Más bien, Aubrey Hall parecía casi acogedora. Quizás era una palabra peculiar para describir una casa con cincuenta habitaciones, como poco, pero sus caprichosas torretas y almenas parecían casi salidas un cuento de hadas, en especial con el sol del atardecer que proporcionaba un relumbre casi rojizo a la piedra amarilla. No había nada austero o sobrecogedor en Aubrey Hall, y a Kate le gustó de inmediato.

– ¿No es preciosa? -susurró Edwina.

Kate asintio.

– Lo bastante preciosa como para hacer casi soportable una semana en compañía de un hombre espantoso.

Edwina se rió y Mary la regañó, pero ni siquiera ella pudo contener una sonrisa indulgente. De todos modos, mientras echaba una ojeada al lacayo que se fue a la parte posterior del coche para descargar el equipaje, le reprendió:

– No deberías decir esas cosas, Kate. Nunca sabes quién está escuchando y es muy poco decoroso hablar de ese modo de nuestro anfitrión.

– No temas, no me ha oído -contestó Kate-. Y aparte, pensaba que lady Bridgerton era nuestra anfitriona. Fue ella quien mandó la invitación.

– El vizconde es el propietario de la casa -respondió Mary.

– Muy bien -admitió Kate y señaló Aubrey Hall con un dramático movimiento de brazo-. En cuanto entre en esa morada sagrada, seré toda dulzura y luz.

Edwina soltó un resoplido.

– Será algo digno de ver.

Mary lanzó a Kate la mirada de una madre que conoce bien a su hija:

– Dulzura y luz son términos que también se aplican en jardinería.

Kate se limitó a sonreír.

– Cierto, Mary, me voy a portar mejor que nunca. Lo prometo.

– Limítate a evitar en lo posible al vizconde.

– Así será -prometió Kate. Mientras él haga todo lo posible para evitar a Edwina.

Un lacayo apareció a su lado e indicó el vestíbulo con un espléndido movimiento arqueado de su brazo.

– Si tienen la amabilidad de entrar -dijo-. Lady Bridgerton está ansiosa por saludar a sus invitados.

Las tres Sheffield se volvieron de inmediato y se encaminaron hacia la entrada principal. Sin embargo, mientras ascendían por los escalones de poca altura, Edwina se volvió a Kate con una sonrisa maliciosa y susurró:

– La dulzura y la luz empiezan a partir de aquí, hermana mía.

– Si no estuviéramos en un lugar público -respondió Kate con voz igualmente acallada-, creo que tendría que pegarte.

Lady Bridgerton se encontraba en el vestíbulo principal cuando entraron en el interior de la mansión. Kate alcanzó a ver los dobladillos ribeteados de unos vestidos en movimiento que desaparecían por lo alto de las escaleras mientras las ocupantes del carruaje anterior dirigían a sus habitaciones.

– ¡Señora Sheffield! – saludó lady Bridgerton al tiempo que cruzaba el vestíbulo hacia ellas -. Qué alegría verla. Y la señorita Sheffield -añadió volviéndose a Kate-, cuánto me alegra que hayan podido venir a vernos.

– Ha sido muy amable al invitarnos -respondió Kate-. Y de veras es un placer escaparse de la ciudad durante una semana.

Lady Bridgerton sonrió.

– ¿Así que en el fondo es una chica de campo?

– Eso me temo. Londres es excitante, y siempre merece la pena una visita, pero prefiero los verdes campos y el aire fresco.

– A mi hijo le pasa lo mismo -dijo lady Bridgerton-. Oh, pasa el tiempo en la ciudad, pero una madre sabe lo que le gusta de verdad.

– ¿El vizconde? -preguntó Kate sin convicción. Parecía un mujeriego consumado, y todo el mundo sabía que el hábitat natural del mujeriego era la ciudad.

– Sí, Anthony. Cuando era niño vivíamos casi siempre aquí. Íbamos a Londres durante la temporada, por supuesto, ya que a mí me encanta asistir a fiestas y bailes, pero nunca pasábamos más de unas pocas semanas. Sólo tras la muerte de mi esposo, trasladamos nuestra primera residencia a la ciudad.

– Lamento mucho su defunción -murmuró Kate.

La vizcondesa se volvió hacia ella con una expresión nostálgica en sus ojos azules.

– Es muy tierno por su parte. Hace ya muchos años que sucedió pero aún le echo de menos, cada día.

Kate notó que un nudo se formaba en su garganta. Recordó cuánto se querían Mary y su padre, y supo que se encontraba en presencia de otra mujer que había experimentado el amor verdadero. Y pronto se sintió terriblemente triste. Porque Mary hubiera perdido su esposo y la vizcondesa al suyo también, y…

Y tal vez, más que nada, porque ella nunca iba a conocer la dicha del amor verdadero.

– Pero nos estamos poniendo sensibleras -dijo de pronto la Bridgerton esbozando una sonrisa tal vez demasiado alegre. Se volvió de nuevo a Mary- y aún no he conocido a su otra hija.

– ¿Aún no? – preguntó Mary frunciendo el ceño -. Supongo que tiene razón. Edwina no pudo asistir a la velada musical en su casa.

– Por supuesto la he visto de lejos con anterioridad -le dijo lady Bridgerton a Edwina mientras le dedicaba una sonrisa deslumbrante.

Mary hizo las presentaciones, y Kate no pudo evitar advertir la manera en que lady Bridgerton evaluaba a Edwina. No había ninguna duda. Había decidido que Edwina constituiría una excelente incorporación a la familia.

Tras unos momentos más de cháchara, lady Bridgerton les ofreció té mientras sus maletas eran trasladadas a sus habitaciones, pero declinaron el ofrecimiento ya que Mary estaba cansada y quería estirarse un rato.

– Como deseen -dijo lady Bridgerton e indicó a una doncella-. Mandaré a Rose para que les enseñe sus habitaciones. La cena es a las ocho. ¿Hay alguna cosa que pueda ofrecerles antes de que se retiren?

Mary y Edwina negaron con la cabeza, y Kate iba a seguir su ejemplo, pero en el último momento dijo:

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