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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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– ¿Nunca?

– Bueno, nunca plantado en la tierra -explicó-. Edwina ha recibido muchos ramos: las flores bulbosas crean sensación este último año. Pero en realidad nunca había visto crecer ninguno.

– Son las flores favoritas de mi madre -dijo Anthony mientras estiraba el brazo para coger uno-. Y los jacintos, por supuesto.

Ella sonrió con curiosidad.

– ¿Por supuesto? -repitió ella.

– Mi hermana pequeña se llama Hyacinth -dijo él tendiéndole la flor-. Oh, ¿no lo sabía?

Negó con la cabeza.

– No.

– Ya veo -murmuró él-. Nuestros nombres siguen ordenadamente las letras del alfabeto, desde Anthony hasta Hyacinth. Es un detalle bastante conocido. Pero, claro, tal vez yo sé mucho más de su vida que usted de la mía.

Los ojos de Kate se agrandaron de sorpresa ante aquella frase enigmática, pero lo único que dijo fue:

– Tal vez sea así.

Anthony alzó una ceja.

– Estoy consternado, señorita Sheffield. Me he puesto toda mi armadura y esperaba que me contestara, «ya sé suficiente».

Kate intentó no poner una mueca al oír la imitación de su voz pero su expresión se torció para decir:

– Le he prometido a Mary que mi comportamiento iba a ser impecable.

Anthony dejó ir una risotada.

– Qué extraño -masculló Kate-. Edwina ha tenido la misa reacción.

Anthony apoyó una mano en el arco, con cuidado de evitar 1as espinas de la enredadera de rosas trepadoras.

– Siento una curiosidad desmedida por saber qué entiende por comportamiento impecable.

Se encogió de hombros y jugueteó con el tulipán que tenía en la mano.

– Espero poder adivinarlo sobre la marcha.

– Pero se supone que no debe discutir con su anfitrión, ¿correcto?

Kate le miró arqueando las cejas.

– Hemos mantenido cierto debate sobre si podemos considerarle nuestro anfitrión. Al fin y al cabo, la invitación fue cursada por su madre.

– Cierto -admitió- pero yo soy el propietario de la casa.

– Sí -masculló ella-, Mary ha dicho lo mismo. Él sonrió con una mueca.

– ¿Esto la está matando, verdad que sí?

– ¿Ser amable con usted? Anthony asintió.

– No es que me resulte la cosa más fácil del mundo.

La expresión de él cambió un tanto, tal vez como si ya se hubiese cansado de bromear con ella. Como si tuviera algo por completo diferente en la cabeza.

– Pero tampoco es lo más difícil, ¿cierto? -murmuró.

– No me cae bien, milord -soltó ella.

– No -dijo él con sonrisa divertida-. Eso pensaba.

Kate empezó a sentir algo muy extraño, parecido a la sensación experimentada en su estudio, justo antes de que él la besara. De repente notó una opresión en la garganta y las palmas de las manos se calentaron. Y sus entrañas… bien, no tenía palabras para describir la sensación de tensión, como un picor, que le comprimía el abdomen.

De forma instintiva, tal vez como un impulso de supervivencia, dio un paso atrás.

Él parecía divertido, como si supiera con exactitud qué estaba pensando.

Kate jugueteó un poco más con la flor, luego manifestó de forma brusca:

– No la debería haber cortado.

– Debe tener un tulipán -dijo él como si tal cosa-. No es justo que Edwina reciba todas las flores.

El estómago de Kate, con la tensión y hormigueo que ya sentía, se revolvió un poco.

– De todos modos -consiguió decir-, no hay duda de que su jardinero no apreciará la mutilación de su obra.

Él sonrió con expresión maliciosa.

– Culpará a uno de mis hermanos pequeños.

Kate no pudo evitar sonreír.

– Pues aún tendré peor opinión de usted por recurrir a tretas de este tipo -manifestó ella.

– ¿No la tiene ya?

Kate sacudió la cabeza.

– Ya le digo, no creo que mi opinión de usted pueda hundirse mucho más.

– ¡Oh! -Anthony agitó un dedo en su dirección-. Pensaba que su comportamiento iba a ser impecable.

Kate miró a su alrededor.

– No cuenta si no hay nadie cerca que pueda oírme, ¿no cree?

– Yo puedo oírla.

– Usted sí que no cuenta, de eso tengo la certeza.

Él inclinó la cabeza un poco más en dirección a Kate.

– Y yo que pensaba que era el único que contaba.

Kate no dijo nada, ni siquiera quería mirarle a los ojos. Cada vez que se permitía una mirada a esas profundidades aterciopeladas, su estómago se revolvía de nuevo.

– ¿Señorita Sheffield?

Ella alzó la vista. Gran error. El estómago otra vez.

– ¿Por qué me va detrás? -preguntó ella.

Anthony se apartó del poste de madera y se irguió.

– Lo cierto es que no era mi intención. A mí me ha sorprendido tanto encontrarla como a usted encontrarme a mí. -Aunque, pensó con mordacidad, no debería de haberle sorprendido. Tendría que haberse percatado de que su madre andaba detrás de algo desde el momento en que sugirió por dónde debería ir a pasear.

Pero ¿era posible que su madre le dirigiera hacia la otra señorita Sheffield? Sin duda ella no prefería a Kate antes que a Edwina como futura nuera.

– Pero ahora que la he encontrado -dijo-, hay algo que quiero decirle.

– ¿Algo que aún no me ha dicho? -preguntó en broma-. No puedo imaginármelo.

Él paso por alto aquella pulla.

– Quería disculparme.

Eso acaparó toda la atención de Kate.

– Disculpe, ¿cómo ha dicho? -preguntó. A Anthony le pareció que su voz había sonado como un graznido.

– Le debo una disculpa por mi conducta de la otra noche -dijo él-. La traté con suma rudeza.

– ¿Se disculpa por el beso? -preguntó ella, quien aún parecía bastante perpleja.

¿El beso? Ni siquiera había considerado disculparse por el beso. Nunca se había disculpado por un beso, nunca antes había besado a alguien con quien fuera necesario disculparse por eso. De hecho, había estado pensando más bien en las cosas desagradables que le había dicho después del beso.

– Err… sí -mintió-. El beso. Y también por lo que dije.

– Ya veo -murmuró ella-. Creía que los mujeriegos no se disculpaban.

Anthony dobló la mano y luego formó un puño. Era francamente incordiante esta maldita costumbre de ella: siempre llegando a conclusiones sobre él.

– Pues este mujeriego sí lo hace -dijo en tono cortante.

Kate respiró hondo, luego soltó una exhalación lenta y prolongada.

– Entonces acepto la disculpa.

– Excelente -respondió él y le dedicó una sonrisa victoriosa. ¿Me permite que la acompañe de regreso a la casa?

Ella asintió.

– Pero no crea que eso quiere decir que voy a cambiar de opinión en lo que respecta a usted y Edwina.

– Jamás se me ocurriría pensar que sea tan fácil de convencer -dijo y hablaba con sinceridad.

Kate se volvió con una mirada sorprendentemente directa, incluso en ella.

– Los hechos siguen siendo que me besó a mí -dijo sin rodeos.

– Y usted a mí -no pudo resistirse a responder.

Las mejillas de Kate adquirieron un matiz sonrosado delicioso.

– Los hechos siguen siendo -repitió ella con decisión- que sucedió. Y si se casara con Edwina, a pesar de su reputación, que no me parece algo intranscendente…

– No -murmuró él interrumpiéndola con un suave tono aterciopelado-, no pensaba que le pareciera…

Ella le fulminó con la mirada.

– A pesar de su reputación, el incidente perduraría entre nosotros. Una vez que ha sucedido algo, no se puede borrar.

El demoniejo que Anthony llevaba dentro le instó a preguntar arrastrando las sílabas «¿algo?» para que ella repitiera, «el beso», pero finalmente sintió lástima de ella y lo dejó pasar. Además, Kate tenía razón. El beso siempre quedaría entre ellos. Incluso en este instante, en que ella tenía las mejillas sonrojadas por el azoramiento y los labios apretados por la irritación, no pudo evitar preguntarse qué se sentiría al estrecharla en sus brazos, cómo sabría ella si bordeaba el contorno de labios con su lengua.

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