El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
La fulminó con la mirada.
Ella suspiró, sólo para dar efecto, por supuesto.
– Estoy segura de que aún conseguirá situarse en segundo o tercer lugar.
Él se inclinó hacia delante con gesto amenazador y profirió un sonido que se parecía demasiado a un bufido.
– ¡Señorita Sheffield! -El chillido impaciente de Colin llegó desde lo alto de la colina-. ¡Es su turno!
– Sí, claro -dijo mientras analizaba los posibles disparos. Podía apuntar al siguiente aro o podía intentar a su vez sabotear a Anthony.
Por desgracia, la bola de él no tocaba la suya, de modo que no podía intentar la maniobra de pisar la bola, empleada antes por Anthony con ella. Era mejor para ella, con la suerte que tenía, acabaría fallando del todo y en vez de dar a la bola se rompería el pie o algo así.
– Decisiones, decisiones -murmuró Kate.
El vizconde se cruzó de brazos.
– La única manera que tiene de arruinarme la partida es arruinar la suya también.
– Cierto -admitió ella. Si quería enviar la bola de él al quinto pino, tenía que renunciar también a la suya, pues no le quedaba otro remedio que golpear primero la suya con todas sus fuerzas para conseguir que la de Anthony se moviera. Sólo el cielo sabía dónde acabaría.
– Pero -alzó la vista para mirarle y sonrió con gesto inocente- de cualquier modo, en realidad no tengo ninguna posibilidad de ganar esta partida.
– Podría acabar segunda o tercera -intentó él.
Kate sacudió la cabeza.
– Poco probable, ¿no le parece? Estoy tan retrasada, de hecho, y ya casi nos acercamos al final…
– No querrá hacer eso, señorita Sheffield -le advirtió.
– Oh -dijo con gran sentimiento-. Sí quiero, de verdad, quiero. -Y en ese momento, con la sonrisa más maligna que habían esbozado sus labios en la vida, echó hacia atrás el mazo y propinó un porrazo a su bola con cada gramo de emoción que había dentro ella. Ésta dio a la bola de Anthony con una fuerza sorprendente y la mandó volando colina abajo.
Y más abajo…
Y más…
Directamente dentro del lago.
Boquiabierta de deleite, Kate se quedó mirando durante un momento cómo se hundía la bola rosa en el lago. Luego algo se propagó por su interior, una emoción extraña y primitiva, y antes de que supiera qué le sucedía, estaba saltando como una loca al tiempo que gritaba:
– ¡Sí! ¡Sí! ¡He ganado!
– No ha ganado -soltó Anthony con brusquedad.
– Oh, pero es como si ganara -se regodeó ella.
Colin y Daphne, que habían bajado corriendo por la colina, se detuvieron en seco delante de ellos.
– ¡Bien hecho, señorita Sheffield! – exclamó Colin -. Sabía que se merecía el mazo de la muerte.
– ¡Genial! – reconoció Daphne -. Totalmente genial.
A Anthony, por supuesto, no le quedó otra opción que cruzarse de brazos y fruncir el ceño con furia.
Colin le dio a Kate una palmada simpática en la espalda.
– ¿Está segura de que no es una Bridgerton disfrazada? Ha estado de verdad a la altura del espíritu del juego.
– No podría haberlo hecho sin su ayuda -le dijo Kate muy cortés-. Si no hubiera enviado su bola colina abajo…
– Tenía la esperanza de que recogiera las riendas de su destrucción – explicó Colin.
El duque finalmente se aproximó acompañado de Edwina.
– Un final de partida realmente asombroso -comentó.
– Aún no ha acabado -recalcó Daphne.
Su marido le dedicó una mirada divertida.
– Seguir jugando parece ahora bastante decepcionante, ¿no creen?
Por sorprendente que fuera, incluso Colin se mostró conforme.
– Desde luego no puedo imaginar nada que lo supere.
Kate sonrió radiante.
El duque echó una mirada al cielo y comentó:
– Es más, está empezando a taparse. Quiero llevar a Daphne de vuelta a la casa antes de que empiece a llover. En su estado delicado, ya saben.
Kate miró llena de sorpresa a Daphne, quien había empezado a sonrojarse. No presentaba síntomas de estar embarazada.
– Muy bien -dijo Colin-. Propongo que pongamos fin a la partida y declaremos vencedora a la señorita Sheffield.
– Iba dos aros por detrás de todos los demás -objetó Kate.
– De cualquier modo -añadió Colin-, cualquier verdadero aficionado al palamallo Bridgerton entiende que enviar al lago la bola de Anthony es mucho más importante que meter la bola a través de los aros. Lo cual la convierte en nuestra campeona, señorita Sheffield. – Miró a su alrededor y luego directamente a Anthony-. ¿Alguien discrepa?
Nadie lo hizo, aunque Anthony parecía estar a punto de recurrir a la violencia.
– Excelente -dijo Colin-. En tal caso, la señorita Sheffield es nuestra ganadora, y Anthony, tú eres el perdedor.
Un extraño sonido amortiguado surgió de la boca de Kate, medio risa medio atragantamiento.
– Bien, alguien tenía que perder -dijo Colin con una mueca-. Es la tradición.
– Cierto -aprobó Daphne-. Somos una familia sanguinaria, pero nos gusta seguir la tradición.
– Estáis todos locos de remate, eso es lo que pasa -dijo en tono afable el duque-. Y dicho esto, Daphne y yo debemos despedirnos. Quiero que regrese antes de que empiece a llover. Confío en que a nadie le importará que nos vayamos sin ayudar a recoger las cosas.
Por supuesto, a nadie le importaba, y pronto el duque y la duquesa emprendieron el regreso en dirección a Aubrey Hall.
Edwina, que había permanecido callada durante la conversación (aunque observaba a los diversos Bridgerton como si hubieran escapado directamente de un manicomio) de pronto se aclaró la garganta.
– ¿Creen que debemos intentar recuperar la bola? -preguntó mirando colina abajo con ojos entrecerrados.
El resto del grupo contempló las aguas calmadas como si nunca hubieran considerado aquella noción tan singular.
– No parece que haya aterrizado en medio del lago -añadió- Bajó rodando, nada más. Es probable que se halle junto a la orilla.
Colin se rascó la cabeza. Anthony continuó con el ceño fruncido.
– Sin duda no querrán perder otra bola -insistió Edwina. Al ver que nadie se dignaba a responder, arrojó su mazo y levantó los brazos al aire diciendo-: ¡De acuerdo! Iré yo a buscar la estúpida bola.
Aquello por fin sacó a los hombres de su estupor, y los dos saltaron en su ayuda.
– No sea tonta señorita Sheffield -dijo Colin cortés, al tiempo que empezaba a caminar colina abajo-. Yo la cogeré.
– Por el amor de Dios -masculló Anthony-. Yo sacaré la maldita bola. – Se puso a descender la colina a zancadas y alcanzó enseguida a su hermano. Pese a toda su ira, en realidad no podía culpar a Kate de su acción. Él habría hecho lo mismo, aunque habría golpeado la bola con suficiente fuerza para hundirla directamente en medio del lago.
De todos modos, era de lo más humillante que le venciera una mujer, y en especial ella.
Llegó al borde del lago y lo inspeccionó. La bola rosa era tan chillona que tenía que verse a través del agua, contando con que hubiera caído en un fondo no demasiado profundo.
– ¿La ves? -preguntó Colin, quien se detuvo entonces a su lado. Anthony sacudió la cabeza.
– Es un color estúpido de todos modos. Nadie quiere jugar nunca con el rosa.
Colin expresó su conformidad con un ademán afirmativo.
– Incluso el púrpura era mejor -continuó Anthony mientras se desplazaba unos pasos hacia la derecha para inspeccionar otra franja de la orilla. De pronto alzó la vista y fulminó con la mirada a su hermano-. Y, veamos, ¿qué diantres ha sucedido con el mazo púrpura?
Colin se encogió de hombros.
– Y yo qué sé.
– Lo que yo sí sé -masculló Anthony- es que reaparecerá de forma milagrosa mañana por la noche entre los demás mazos de palamallo.
– Es probable que tengas razón -respondió Colin animado. Se movió un poco más allá de Anthony sin dejar de mirar al agua todo el rato-. Tal vez incluso esta tarde, si tenemos suerte.