El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
– Limítate a darle un buen batacazo a la bola en esa dirección, cariño -le explicó Daphne al tiempo que indicaba el primer aro.
– ¿No es ése el último aro? -preguntó Anthony.
– Es el primero.
– Tendría que ser el último.
Daphne alzó la barbilla.
– Yo he preparado el recorrido, es el primero.
– Creo que aquí va a haber sangre -le susurró Edwina a Kate.
El duque se volvió a Anthony y le dedicó una sonrisa falsa.
– Creo que creeré en la palabra de Daphne en esta cuestión.
– Es ella la que preparó el recorrido -comentó Kate.
Anthony, Colin, Simon y Daphne la miraron con consternación, como si no pudieran creer del todo que tuviera el valor de meterse en la conversación.
– Bien, así fue -añadió Kate.
Daphne entrelazó su brazo con el de ella.
– Creo que la adoro, Kate Sheffield -manifestó.
– Dios me ayude -masculló Anthony.
Hastings echó hacia atrás el mazo, golpeó y la bola naranja se precipitó enseguida por el césped.
– Bien hecho, Simon! -gritó Daphne.
Colin se volvió y miró a su hermana con desdén.
– En el juego del palamallo nunca se ovaciona a los contrincantes – le dijo con arrogancia.
– Nunca antes ha jugado – respondió-. No es probable que gane.
– No importa.
Daphne se volvió hacia Kate y Edwina y les explicó:
– Me temo que la falta de deportividad es un requisito en el palamallo Bridgerton.
– Eso había deducido -dijo Kate con sequedad.
– Me toca -ladró Anthony. Echó una mirada desdeñosa a la bola rosa y luego le arreó un buen porrazo. Surcó de forma espléndida la hierba, pero dio contra un árbol y se detuvo como una piedra sobre el suelo.
– ¡Fantástico! -exclamó Colin, quien empezó a preparar su turno.
Anthony balbuceó unas cuantas cosas en voz baja, ninguna de ellas apropiada para oídos delicados.
Colin envió la bola amarilla en dirección al primer aro y a continuación se colocó a un lado para dejar que Kate lo intentara.
– ¿Puedo hacer una tirada de prueba? -preguntó.
– No. -Fue un «no» bastante sonoro, ya que eran tres las bocas que lo pronunciaron.
– Muy bien -dijo entre dientes-. Retrocedan todos. No seré responsable si lesiono a alguien la primera vez. -Echó hacia atrás el mazo con todas sus fuerzas y sacudió la bola. Salió volando por el aire formando un arco bastante impresionante, luego chocó con el mismo árbol que había frustrado la tirada de Anthony y cayó pesadamente al suelo, al lado de la bola rosa.
– Oh, cielos -dijo Daphne mientras se disponía a apuntar. Echó hacia atrás el brazo varias veces antes de darle a la bola.
– ¿Por qué ese «cielos»? -preguntó Kate con preocupación. La débil sonrisa de lástima de la duquesa no la tranquilizó.
– Ya verá. -Daphne tiró y luego se fue siguiendo la dirección había trazado su bola.
Kate miró a Anthony. Parecía muy, muy complacido con la situación actual de las cosas.
– ¿Qué me va a hacer? -preguntó ella.
El vizconde se inclinó hacia delante con aire muy malicioso.
– Una pregunta más apropiada sería qué no voy a hacerle.
– Creo que me toca -dijo Edwina y se adelantó hasta el punto de inicio. Dio a su bola un golpe anémico y luego gimió al ver que no había avanzado ni la tercera parte que los demás.
– Aplique un poco más de fuerza la próxima vez -dijo Anthony antes de irse hacia su bola.
– De acuerdo -masculló Edwina a su espalda-. Nunca me lo habría imaginado.
– ¡Hastings! – aulló Anthony -. Es tu turno.
Mientras el duque daba un golpecito a la bola para acercarla al siguiente aro, Anthony se apoyó en el árbol con los brazos cruzados y su ridículo mazo rosa colgándole de una mano. Esperó a Kate.
– Oh, señorita Sheffield -dijo finalmente en voz alta-. ¡Las normas del juego establecen que cada uno siga su propia bola!
La observó acercarse poco a poco a su lado.
– Ya está -refunfuñó-. ¿Y ahora qué?
– Debería de tratarme con más respeto -continuó él mientras le dedicaba una sonrisa perezosa y astuta.
– ¿Después de que se entretuviera con Edwina? -le respondió con brusquedad-. Lo que tendría que hacer es descuartizarle.
– Qué mozuela tan sanguinaria -reflexionó él-. Le irá bien en el palamallo… finalmente.
El vizconde observó muy divertido que a Kate se le ponía el rostro primero muy rojo, y luego blanco.
– ¿Qué quiere decir? -preguntó ella.
– Por el amor de Dios, Anthony -gritó Colin-. Tira de una vez.
Anthony miró hacia donde se hallaban las dos bolas pegadas sobre la hierba, la negra de ella y la de él, de un rosa terrible.
– De acuerdo -murmuró-. No quiero hacer esperar al querido y dulce Colin. -Y con eso, puso un pie sobre su bola y echó el mazo hacia atrás…
– ¿Qué está haciendo? -chilló Kate.
…y lo lanzó. La bola de Anthony permaneció firme en su sitio, debajo de su bota. La de Kate salió colina abajo recorriendo lo que parecían millas.
– Desalmado – rezongó.
– Todo vale en el amor y en la guerra -bromeó.
– Voy a matarle.
– Puede intentarlo -le tomó el pelo- pero tendrá que alcanzarme primero.
Kate sopesó el mazo de la muerte, luego observó el pie de él.
– Ni se le ocurra -advirtió el vizconde.
– Es una tentación -dijo entre dientes.
Él se inclinó con gesto amenazador hacia ella.
– Tenemos testigos.
– Y eso es lo único que le salva la vida en este momento.
Él se limitó a sonreír.
– Creo que su bola se ha ido colina abajo, señorita Sheffield. Estoy convencido de que volveremos a verla dentro de una media hora cuando consiga alcanzarnos.
Justo entonces Daphne pasó junto a ellos a buen paso, siguiendo su bola que les había adelantado sin que se dieran cuenta.
– Por eso dije «Oh, cielos» -comentó sin que fuera, en opinión de Kate, dar más explicaciones.
– Pagará por esto -prometió Kate entre dientes.
La sonrisita de él decía más que cualquier palabra.
Y entonces ella se fue colina abajo. Soltó una sonora maldición, decididamente poco femenina, cuando se percató de que su bola había quedado alojada debajo de un seto.
Media hora después, Kate aún iba dos aros por detrás del penúltimo jugador. Anthony iba ganando, lo cual le fastidiaba muchísimo. La única cosa favorable era que estaba tan rezagada que no tenía que su rostro de regodeo.
Luego, mientras esperaba su turno haciendo girar los pulgares, (poco más podía hacer, ya que ningún otro jugador quedaba ni remotamente cerca de ella), oyó que Anthony soltaba un grito ofendido.
Esto atrajo de inmediato su atención.
Sonriendo ante la expectativa de que hubiera sucedido alguna desgracia, miró a su alrededor con ansia hasta que avistó la bola rosa volando sobre la hierba directamente hacia ella.
– ¡Uh! -gorjeó Kate. Dio un salto y se apartó con rapidez a un lado para no perder un dedo del pie.
Cuando volvió a alzar la vista, vio a Colin brincando en el aire y su mazo elevándose hacia arriba mientras gritaba exultante:
– ¡Yuhu!
Anthony puso cara de querer destripar a su hermano allí mismo.
Kate también habría ejecutado la danza de la victoria. Ya que no podía ganar, lo mejor era saber que Anthony tampoco podría vencer, sólo que ahora él volvía a quedarse retrasado junto a ella durante varios turnos. Y aunque su soledad no era la cosa más entretenida del mundo, era mejor que tener que conversar con él.
De todos modos fue difícil no mostrar un poco de petulancia cuando Anthony se acercó hacia ella pisoteando la hierba, con el ceño fruncido como si una nube de tormenta acabara de instalarse en su cerebro.
– Ha sido mala suerte, milord -murmuró Kate.