Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
– Os digo que es un prodigio digno de verse -está diciendo, o más bien farfullando oscuramente, un mercader añoso tan enjuto como una paja-. Está a tres jornadas de aquí hacia el Sureste.
Al mercader le faltan todos los dientes, de ahí su penosa manera de hablar. Mientras los demás comensales devoran grandes platos de carne, él sólo come pan desmigado en vino. Con esfuerzo consigo desentrañar lo que está diciendo: cerca de aquí, en una cueva, han encontrado el cadáver momificado de un hombre de hierro. Debe de llevar mucho tiempo muerto, pero su carne ha permanecido incorrupta, lo cual es una de las mayores pruebas de santidad.
– Sí, la ausencia de podredumbre puede ser un signo milagroso, pero ¿no decís que también su caballo está incorrupto? Que yo sepa, Dios, en su Bondad Infinita, todavía no ha concedido la santidad a los jamelgos -argumenta con sorna un hombre joven y algo contrahecho que está sentado junto a mí.
El mercader desdentado se enfurece:
– ¡Si hubierais estado allí, no os reiríais!… En la cueva se notaba la espiritualidad y el alma se elevaba a Dios…
Como ignoran el nombre del guerrero momificado, los lugareños han empezado a llamarlo San Caballero, y al parecer han convertido la cueva en un lugar de culto.
– Está tan hermoso el Caballero… Con las manos cruzadas sobre el pecho, con un crucifijo entre los dedos, verdaderamente tan sereno como un santo… -farfulla el mercader, lanzando pizcas de pan y de saliva a su alrededor como si su boca fuera una catapulta.
– Sin embargo, mi querido amigo, incluso los espectáculos que conmueven y elevan el espíritu pueden ser astutas trampas del Maligno.
Quien así ha hablado es un religioso de aspecto cultivado y vestimentas costosas y limpias.
– Es Evervin de Steinfeld, el preboste del monasterio de Steinfeld…, un hombre poderoso -me susurra el joven vecino de mesa.
Yo no le contesto: tenemos la prudente costumbre de huir de toda intimidad con los extraños.
– Hace un par de años pude asistir, cerca de Colonia, a la ejecución de unos herejes -sigue diciendo Evervin-. La muerte, como es natural, era por fuego, pues sabéis bien que la herejía es una pestilencia del espíritu, y las pestilencias sólo se combaten con las llamas. Eran unos doscientos, hombres y mujeres, algunos muy jóvenes, a decir verdad casi unos niños. Llevaban largas vestiduras blancas y subieron a la hoguera sin dar la menor muestra de flaqueza, rezando el Padrenuestro con voz firme y sonora. Se dejaron atar a los postes como corderos y fueron tan valientes como los primeros mártires de la Cristian dad. Rezaron y cantaron mientras ardían, y uno de ellos, cuando sus ataduras se abrasaron y le dejaron los brazos libres, bendijo entre las llamas a la multitud. Debo confesar que quedé sobrecogido, impresionado. Eran esos herejes que llaman cátaros, o albigenses, o tejedores. Ellos a sí mismos se llaman Pobres de Cristo. Para mí fue tan turbador el espectáculo de su coraje y su aparente espiritualidad que, Dios me perdone, empecé a dudar. Por fortuna escribí al gran Bernardo de Claraval, contándole sobre la hoguera de Colonia y sobre mis congojas, y él me contestó con su sabiduría pastoral, disipando por completo mis inquietudes. Por supuesto que parecen heroicos: porque el Maligno ayuda a sus adeptos a soportar el fuego sin que les duela. Todo es una pura trampa demoníaca. De modo que ya veis, mí querido amigo, cuan fácil puede uno ser engañado por Satán.
Mí vecino de mesa, el joven algo chepudo, no hace más que mirarme. Lo percibo con el rabillo del ojo, pues finjo no prestarle atención. Pero él me observa atentamente. Demasiado atentamente. Puede que haya descubierto la superchería de mí masculinidad. Alguna vez ha sucedido: unas cuantas personas han tenido sospechas sobre mi identidad, aunque, por supuesto, nunca les permití comprobación alguna. Miro a mi alrededor: todos los clientes que abarrotan la estancia son varones. Es natural, porque las pocas mujeres que viajan y se alojan en las posadas no suelen acudir a la sala común, siempre tan bulliciosa y turbulenta al calor de la cerveza y del áspero vino. Hoy sólo hay una fémina en todo el comedor y es la criada del posadero, una chica alta y robusta capaz de llevar cinco jarras de cerveza en cada mano. Su rostro me ha llamado la atención, porque tiene medía cara horriblemente quemada, con el ojo perdido y sepultado en un pliegue de piel deforme y escarlata. La otra media cara, en cambio, es fresca, delicada y muy bonita. De perfil, y según qué parte del rostro ofrezca, la posadera puede parecer un ángel o un demonio.
La gran chimenea tira mal y escupe vaharadas de humo. Los ojos se me llenan de lágrimas; con la excusa de enjugarlos, atisbo discretamente a mi vecino. Debe de tener más o menos mi edad. Es delgado, menudo, con el pecho hundido y los hombros demasiado cargados y desiguales. Lleva unos larguísimos cabellos, oscuros y lacios, recogidos en una coleta sobre su espalda. Desde luego no es un hombre de acción: en primer lugar por su curvado espinazo, pero, además, porque ningún guerrero, ningún soldado llevaría una coleta así, pues podría servirle de asidero al enemigo en un combate. Tiene la piel muy blanca, una barbita breve bien recortada y un rostro pequeño y desagradablemente apretado, también un poco desequilibrado, como su pobre espalda. Una mirada negra y profunda resbala por debajo de sus largas pestañas. Sus ojos son muy hermosos, pero quizá taimados.
– ¿Puedo preguntaros hacia dónde os dirigís, caballero? -me dice el joven, que parece haberse dado cuenta de mi interés.
Hago un gesto vago.
– MÍ escudero y yo viajamos hacia el Norte.
– Lástima. Yo voy al Sureste. Podríamos haber compartido camino, sí mi presencia no os incomodaba demasiado…
Sonríe y en sus pálidas mejillas se dibujan dos hoyuelos encantadores. Vaya. Ahora que me fijo bien, su rostro no me parece ni tan crispado ni tan irregular. Y sus labios son gruesos y bonitos.
– Me llamo Gastón de Vaslo y me dedico al estudio -se presenta.
– Yo soy Leo, señor de Zarco. ¿Al estudio de qué?
– De la Gaya Ciencia. Soy filósofo.
Ignoro lo que es la Gaya Ciencia y me apetecería proseguir la charla con Gastón, pero veo la mirada de aviso que Nyneve me dedica y opto por callarme. Vuelvo a prestar atención a la conversación general que mantiene la mesa. Por lo que colijo, alguien le ha preguntado al preboste Evervin su opinión sobre Pedro Abelardo, cuya escandalosa historia recorrió las posadas hace algunos años. Abelardo es un teólogo famoso; fue profesor en París, en la Universidad de Notre-Dame. Fulberto, el canónigo de la catedral, le contrató para que diera clases privadas a Eloísa, su sobrina, una doncella de viva inteligencia. Abelardo tenía treinta y seis años cuando se conocieron; Eloísa, dieciocho, Heridos fatalmente por el dardo del amor, se fugaron a las tierras que Abelardo tiene en la Bretaña. Dicen que se casaron y tuvieron un hijo, Astrolabio. Pero Fulberto, para vengarse, contrató a unos matones, que entraron de noche en casa de la pareja, inmovilizaron por la fuerza al teólogo y lo castraron. Abelardo no murió de las horribles heridas, pero su tristeza fue tan honda e incurable que decidió meterse monje, aceptando la mutilación como justo castigo a sus pecados. También Eloísa entró en un convento y así están ahora, separados sus cuerpos para siempre. Abelardo, que continúa dando clases, se ha labrado una reputación de verdadero sabio. A Evervin de Steinfeld, sin embargo, no parece gustarle demasiado:
– He aquí otro buen ejemplo de cuan cautivador puede ser el Mal. No os negaré que Pedro Abelardo posee una mente poderosa y que es un formidable polemista, pero utiliza esos dones del Señor para hacer daño…
Mi vecino, el joven Gastón, acaba de arrimar bruscamente su pierna a la mía. El sobresalto me hace perder el hito de las palabras del preboste. Me deslizo un poco sobre el banco para perder el contacto, pero él también se mueve y vuelvo a tener su muslo pegado a mi muslo… aunque entre ambos se sitúe mi cota de malla. Qué loco. Me pregunto si sabe lo que hace. Me pregunto si está viendo en mí a! varón que represento o a la mujer que soy. Sé que hay hombres a ios que gusto como hombre; en estos años he topado con algunos, y me ha costado quitármelos de encima.
– Y así, ha caído en gravísimos errores teológicos que no voy a entrar a enumerar porque vosotros, mis queridos amigos, no sabéis ni tenéis por qué saber de esta materia -sigue explicando Evervin-. Pero baste con deciros que Bernardo de Claraval ha acusado a Abelardo ante el Concilio de Sens, y ha conseguido que se le condene. Y si el gran Bernardo ha actuado así, será por algo.
Gastón de Vaslo acaba de levantarse de la banca para coger una hogaza de pan de la mesa de enfrente. Le miro con estupor: su espalda está derecha, sus hombros se alinean rectos y armoniosos, su cuerpo es delgado pero ágil. ¡Qué sorpresa! El retorcimiento que mostraba debía de ser cosa de su postura, porque no es un hombre en absoluto contrahecho. Incluso puede decirse que es hermoso. Regresa el joven a su sitio y descubre mi mirada fija y atónita. Sonríe y se vuelve a sentar. Cerca de mí. Muy cerca.
– ¿Y de Eloísa qué opináis? -pregunta Nyneve a Evervin con gesto inocente-. Dicen que es una mujer de una cultura y una inteligencia extraordinarias… Sabe teología, filosofía, griego, hebreo, latín… Y ahora es la abadesa de su convento.
– Desconfiad de las mujeres machorras, señor -contesta el preboste-. Todos esos conocimientos y esos talentos viriles no son sino perversiones de la naturaleza femenina. Esto, como norma general. En cuanto a Eloísa, su caso es más grave, pues ha tenido un maestro peligroso. Dicen que la tal Eloísa sostiene argumentos que se avienen mal con el decoro inherente a una dama… Se le ha oído decir cosas como «Amorem conjugio, libertatem vinculo praeferebam»… «Prefiero el amor al matrimonio y la libertad a la esclavitud.» Como veis, se trata de un pensamiento vergonzoso.