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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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Intento limpiar la sangre de la espada contra el tronco de un árbol, con puñados de tierra, con manojos de hojas.

– Creo que yo también estoy harta de todo esto -resoplo.

Nyneve se ha acercado a observar el cadáver. Se estremece al reconocerlo y suspira hondo:

– Cálmate, Leo… Bien muerto está, te lo aseguro. Y ven, déjame ver, tienes sangre en el cuello.

¿Sangre? ¿De quién? Los dedos de Nyneve recorren mi piel.

– No es más que un rasguño, pero podría haberte degollado… No sé cómo has conseguido librarte, a decir verdad. Has estado muy bien. Increíblemente atinada y rápida.

Ahora veo que en la mano del muerto brilla un largo cuchillo. Y aún hay otros más, cuidadosamente dispuestos en el cinto. Siento un escalofrío.

– No soporto esta niebla por más tiempo, Nyneve.

Un redoblar de cascos me hace ponerme en guardia nuevamente. Miro alrededor, casi con pánico. De pronto, un caballo blanco se transparenta por un instante, poderoso y veloz, entre las brumas. No lleva silla ni correaje alguno y la niebla se enreda en sus crines flotantes. Aparece y desaparece en la grisura como un latido de luz y de belleza.

– ¿Qué era eso? -pregunto, sin aliento.

– Un caballo.

– Pero tenía… Me ha parecido verle como una especie de cuerno en la testuz…

– ¿De veras? -Nyneve me mira con interés-. Yo sólo he visto un vulgar caballo. Pero si tú has creído ver un unicornio, por algo será… Es el símbolo de la pureza.

¿De la pureza? ¿Justamente cuando acabo de matar a mi muerto? No es que no se haya ganado su fin ese bribón, pero aun así siento que su sangre me ha manchado. Y ni siquiera vamos a darle cristiana sepultura, porque cavar una tumba sin las herramientas adecuadas nos llevaría demasiado tiempo, y no resulta sensato quedarse por aquí al albur de una nueva emboscada… De manera que lo dejamos donde ha caído, cubierto con unas cuantas ramas pero expuesto a las inclemencias del tiempo y a las alimañas. Si de verdad era un unicornio lo que he visto, debía de estar huyendo de mí.

Hemos retomado el camino y avanzamos sin hablar y arrastrando los pies, llevando a los caballos de las bridas. Andamos durante mucho tiempo a través de este mundo envuelto en un sudario. Siento el cuerpo fatigado, la cabeza vacía. Siento el deseo de no ser quien soy.

– Creo que hemos regresado a la posada -dice Nyneve.

Es verdad. Aquí estamos de nuevo: el cruce de caminos, la gran mole sólida de la casa de piedra y argamasa emergiendo espectralmente de la niebla. Debería inquietarme, pero un pequeño y loco regocijo se enciende dentro de mí, una pequeña luz dentro de esta tierra de perpetuas sombras. Tengo la intuición de que voy a volver a ver al alquimista, y ésa es una esperanza suficiente.

Vamos directamente al establo a dejar los caballos, que resoplan aliviados. El mozo de la cuadra no está: hoy hemos regresado más temprano que ayer. Desensillamos a los animales y les ponemos paja en el pesebre. Dentro del establo, en un cabo de esparto, hay tendida ropa a secar, a resguardo de la húmeda bruma. Son vestimentas de mujer.

– ¿Necesitáis ayuda?

Es la sirvienta de la cara quemada, que acaba de aparecer en la puerta del cobertizo. De nuevo me parece advertir que su cicatriz tiene una forma extraña, que ha habido un corrimiento de costurones y pellejos, una variación en el contorno de la vieja herida, pero estoy tan excitada que no me detengo a pensar en ello.

– ¿Son tuyas estas ropas? -le pregunto.

Nyneve me mira.

– Sí, mi Señor. ¿Os molestan? Las retiro ahora mismo. Están casi secas.

– No, no es eso. ¿Cómo te llamas?

La muchacha clava en mí la mirada recelosa de su ojo sano.

– Tonea, Señor. Pero todo el mundo me conoce por la Ardida -dice al fin.

– Tonea, quiero comprarte este vestido.

– No, necesitaremos dos -interviene Nyneve-. ¿Tienes ropas mejores? Trae tus vestimentas de fiesta y yo me quedo con éste. Te pagaremos bien.

La Ardida frunce ligeramente el ceño, pero en su expresión, que sólo trasluce cálculo e interés monetario, no hay sorpresa ninguna: cuántas cosas ha debido de ver ese único ojo.

– Tengo una bonita blusa blanca, una jaqueta y una falda de lino. Ahora os las traigo.

La posadera se va y yo me vuelvo hacia Nyneve: a pesar de todos ¡os años que llevamos juntas me sigue asombrando.

– Si apareces vestida de mujer y yo sigo siendo el mismo escudero, cualquiera que nos haya visto en los días anteriores puede reconocernos. Será mejor evitar ese riesgo -explica mi amiga.

– Pero ¿cómo has sabido que…?

– Potr favor, mi Leo… Ya sé que te has prendado de! guapo charlatán. Pero lo más probable es que él no

– No es un charlatán. Ya viste la moneda de oro.

Nyneve se ríe.

__Sí, claro, el oro filosófico. ¿Llevas ahí la moneda? ¿Por qué no la miras?

Busco la pieza en mi faltriquera. La saco… y es de plomo. No puede ser: la niebla ha debido de devorar también su brillo y su color. La escudriño de cerca. Sigo sin ver el oro.

– MÍ querida Leo, el oro filosófico es uno de los trucos más viejos que existen…, ¡incluso el bribón de Myrddin lo hacía mejor! El aspecto dorado sólo dura un tiempo. Un breve tiempo. Lo mismo que el atractivo de la belleza.

– ¿De qué hablas?

– De tu debilidad por los hombres hermosos, mi Leo… -ríe mi amiga.

Su atrevimiento me encrespa. Desde luego, a ella le dan lo mismo feos que hermosos: sus piernas se abren con igual ligereza. El regreso de la Ardida me impide decir nada. La muchacha trae una brazada de ropa y acepta con satisfacción el generoso pago que le damos.

– Si ahora vais a ser mujeres, mi Señor…, mi Señora, tendré que buscaros un acomodo distinto para pasar la noche. Eso también os costará más.

Depositamos más monedas en su mano ávida.

– Ya me las ingeniaré -dice la Ardida, y abandona el establo canturreando.

Nyneve y yo nos escondemos en el fondo de la cuadra y nos cambiamos de ropa. El áspero vestido de labor que se pone mi amiga le queda muy largo: ha de doblar las mangas y remeterse la saya en la cintura. En cuanto a- mí, tengo la suerte de que la muchacha sea tan alta como yo, cosa poco habitual, pero, aunque he quitado las vendas que oprimen y esconden mis pechos, ella tiene unos senos mucho más abundantes que los míos. La blusa es bastante fina y bonita y el traje, de color verde oscuro, lleva cordones de cuero que ajustan el corpiño; apretándolos mucho, disimulo la holgura del escote. Nos lavamos en el abrevadero, peinamos nuestros cabellos hacia atrás y ocultamos la cortedad de nuestras melenas con unos bonetes que la sirvienta también nos ha traído. Lo peor es el color de nuestros rostros, curados por las ventiscas y los soles de los caminos. Nos empolvamos la cara con un poco de la harina fina que llevamos entre nuestras provisiones, para intentar aclararnos la tez. Con sus fuertes hombros y toda la ropa remetida en la cintura, Nyneve ofrece un aspecto bastante rollizo, pero, por lo demás, parece verdaderamente una mujer. Pero qué digo: es una mujer, cómo no va a parecerlo.

– Estás guapa -dice mi amiga-. Pero acuérdate de quitarte las espuelas.

Creo que me estoy ruborizando. Intento recordar las clases de Dhuoda: estirar la espalda, arquear el cuello, movimientos suaves, pasos cortos. La saya, con toda su tela sobrante, se me mete entre las piernas y me incomoda al andar. Hacemos un atado con nuestras ropas, la armadura y las armas y lo escondemos todo debajo del pesebre de nuestros caballos. Si alguien intenta acercarse, tendrá que arrostrar las coces de Fuego, que no permite proximidades con los extraños.

– Quedémonos con los puñales. Por si acaso -dice Nyneve.

Nuestros cintos viriles tienen poco que ver con las escarcelas femeninas, pero los disimulamos entre los pliegues de la ropa. Siento una alegría irrefrenable, un aturdimiento semejante a la embriaguez del vino. Nyneve suspira:

– Está bien. Vamos allá.

Cruzamos la espesa niebla en dirección a la posada y entramos en la gran sala, que ya está bastante llena. Todo el mundo calla al vernos aparecer. Es raro ser mujer, y aún más raro observar sus efectos. Atravesamos la estancia V nos sentamos en el rincón más apartado, lejos de la chimenea. Al poco rato las conversaciones vuelven a enhebrarse, peto seguimos siendo el centro de atención. Tonea viene y nos sirve la cena: simula a la perfección no conocernos. Veo a lo lejos al preboste Evervín y a otros comensales de los días anteriores, pero Gastón no está. La ansiedad me impide probar bocado. Hoy se percibe un ambiente extraño: hay mucho más ruido, risotadas, grandes voces, una especie de tensión en el ambiente. Se lo comento a Nyneve.

– Es por nosotras, Leo. Los hombres son así.

¿Por nosotras? No lo entiendo. La Ardida viene y va con grandes jarras de cerveza y de vino. Todo el mundo semeja estar sediento: se diría que están bebiendo mucho más que en las otras noches. Y sucede otra cosa extraordinaria: cada vez que dirijo la vista hacia algún lugar, mis ojos chocan con los de algún hombre que me observa intensamente. Me incomodan esas miradas fijas que parecen querer decirme algo; bajo los ojos y ya casi no me atrevo a levantarlos.

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