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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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Sé que ejerzo mi oficio con coraje suicida. Despierto cada día pensando que es el último, tan despreocupada por mi propia suerte que ni siquiera me sorprende no sucumbir. Un raro desapego me separa de todo. Hiberno en el hielo de mis sentimientos como un oso, porque la acidia es una inundación de pena fría. Así, con las emociones congeladas, no duele recordar el rostro de las víctimas, la sangre de esos pobres campesinos a los que atravesé. Al albur de las demandas de protección, hemos recorrido distancias tan largas que hubiéramos debido llegar al horizonte. Hemos estado en París y en Ruán. Hemos visto el gélido y ventoso mar de la Bretaña y el azulado y tibio mar del Sur. Vivimos en el camino, como los leprosos, los juglares, los mendigos. Nos hemos convertido en vagabundas, aunque yo le saque brillo a mi armadura. Y así se acumulan los días y los rostros, así pasan los paisajes y las estaciones, y todo viene a ser la misma soledad, el mismo cansancio.

Hierve mi cuerpo con la fiebre. Y mis piernas pesan como troncos caídos. Mi costado palpita, ahí donde he recibido la estocada. Inclinada sobre mí, Nyneve limpia y cuida mi herida, como limpió y curó las anteriores. Le dejo hacer, lejana y ausente. No me interesa el estado de mi cuerpo. No me interesa vivir. Lo que más aprecio de la calentura es el oscuro torpor en el que te sumerge. Es algo semejante a no existir.

– ¡Oh, calla ya, me tienes harta! -gruñe súbitamente Nyneve junto a mí.

¿Cómo? ¿Acaso la fiebre me ha hecho hablar en voz alta? ¿Por qué me grita?

– ¿He dicho algo?

Malhumorada, Nyneve recoge los vendajes sucios de la cura y se pone en pie.

– No es cierto que desees morir -masculla-. Luchas como un león en todos los combates. Mejor dicho, luchas como una alimaña, sin desdeñar ningún truco para vencer. Y, cuando resultas herida, te aferras a la vida y a la salud como la sanguijuela se prende a la yugular. Tú no sabes lo que es querer morir de verdad. Yo sí lo sé. Lo he visto. Pero tú sigues siendo una campesina: tienes esa tenacidad, esa resistencia. Eres como la mala hierba, o como el cornezuelo que asola la cebada. No reniegues de ello: ciertamente es un don.

Intento enderezarme y responderle, pero el costado duele. Dios, sí, cómo duele. Me dejo caer de nuevo sobre la manta, sin aliento. Por encima de mi cabeza, los álamos se agitan y frotan sus hojas. No sé dónde está Nyneve. Ha salido de mi vista, después de aporrearme con sus palabras. Porque me siento así, como si me hubiera golpeado…, y probablemente con razón. Sí, lo que ha dicho escuece y, sin embargo, es cierto. ¿Cómo no lo he visto antes? Siempre lucho hasta el fin de mis fuerzas para salvarme. No es lo que uno esperaría de quien desea morir.

Los ojos me arden, resecos por la fiebre. El cielo es demasiado azul, demasiado brillante. Tuerzo la cabeza y observo el suelo, la tierra parduzca que hay más allá del jergón de helechos sobre el que me encuentro. Algo sucede con mi vista: de pronto distingo cada brizna de hierba, cada hormiga de acorazado abdomen, cada grano de arena espejeando al sol. Las hierbas tiemblan en su esfuerzo por crecer, las hormigas consagran sus minúsculas vidas a transportar un pedazo de hoja, los granos de arena guardan la memoria de la roca que un día fueron. Dicen los que saben que la Tierra es redonda; Gautier de Metz, en su enciclopedia Imagen del Mundo, un libro que leí en el castillo de Dhuoda, cuenta que el hombre puede dar la vuelta al mundo del mismo modo que una mosca da la vuelta a una manzana; y también explica que las estrellas están tan increíblemente lejos de nosotros que una piedra arrojada desde ellas tardaría cien años en llegar hasta aquí. Tumbada sobre la dura tierra, percibo la redondez del mundo bajo mis espaldas. Lagartos y moscas, mirlos y ranas, víboras y saltamontes me rodean, tan agitados y llenos de necesidades como yo, igualmente aferrados a la arrugada piel de la gran bola aérea. Siento que estoy saliendo de mi desesperación, como el bebé sale de entre las sangrientas membranas de la placenta. El cuerpo me duele y estoy viva.

Llevo tanto tiempo siendo un Mercader de Sangre que apenas recuerdo que existen otras manetas de vivir. He perdido dos dedos de la mano izquierda, el meñique y el anular, rebanados por el hacha de un energúmeno, y tengo el cuerpo roturado por las cicatrices de las heridas que Nyneve ha cosido con milagroso acierto. Sin ella, lo sé, hubiera sucumbido varias veces. Sin embargo, hace tiempo que ya no me tajan, al menos gravemente. Al principio peleaba como un animal acorralado, pero ahora hace bastante que procuro idear mil añagazas para no tener que llegar a combatir. Hay muchas maneras de proteger a un viajero y las mejores armas están en la cabeza. La previsión y la precaución hacen milagros: cambiar los itinerarios, estudiar el recorrido con anterioridad, evitar los lugares propicios a emboscadas, difundir el rumor de un trayecto falso, hacer que tu presencia sea muy visible y llevar siempre un bridón fuerte y brioso, armas de calidad y una buena cota de malla resplandeciente, para dar la impresión de potencia guerrera. Como los perros antes de una pelea, intento infundir miedo en la distancia: encrespo mucho el lomo, abro las fauces. Y es una medida que funciona. Por otra parte, la huida a tiempo del defendido y el defensor tampoco es un recurso desdeñable: a fin de cuentas, un Mercader de Sangre no tiene ningún honor que preservar. Nyneve supone una ayuda fundamentaclass="underline" su pericia como arquera es prodigiosa.

Tengo veintitrés años, o quizá veinticuatro: en los primeros tiempos de mi desesperación perdí la cuenta y los días no eran más que un aturdimiento en la memoria. Sigo siendo doncella. Al principio, en lo más profundo de la acidia, ni siquiera podía pensar en la carne. Después, cuando fui recuperando la vida y el cuerpo con cada cicatriz y cada herida, no conseguí encontrar la manera de comportarme como una mujer, siendo como soy un caballero. Entre las anchas caderas de Nyneve, en cambio, hay una madriguera siempre acogedora: ella no tiene dificultades con su disfraz. Pero yo no acabo de saber dónde empiezan y dónde terminan mis ropajes fingidos.

Un día, escoltando junto a otro mercenario a un grupo de mercaderes a través de una zona boscosa, nos salieron al paso cuatro hombres de hierro. A pesar de la inferioridad numérica, la escaramuza se solventó enseguida. Nyneve, que viajaba embozada en una capa como si fuera un comerciante más, sacó el arco que llevaba oculto y atinó a hincar una flecha en el cuello de un atacante. Lo inesperado de nuestra defensa desbarató a los caballeros, que salieron huyendo sin apenas haber cruzado espadas con nosotros. Cuando íbamos a reemprender el viaje, uno de los mercaderes se me acercó con gesto preocupado:

– Señor, os han herido.

Al principio no entendí. Luego seguí la línea de sus ojos y miré hacia abajo: y vi que la silla y las gualdrapas de mi caballo estaban teñidas de rojo. Pero no era una herida: era mi flor de sangre, un menstruo inesperado.

– No os preocupéis -improvisé-. Ni siquiera me han rozado. Es sólo una lesión reciente, que ha debido de reabrirse con la refriega, Pero está casi curada y no hay por qué alarmarse.

Y proseguimos nuestro camino, mientras yo maldecía mi cuerpo de mujer. Este pobre cuerpo prisionero, que pugna por salir y derramarse.

Estamos nuevamente en guerra, como de costumbre. A veces son guerras grandes, a veces pequeñas. La de ahora es de mediana dimensión. En ocasiones, hay guerras subsumidas en conflictos mayores. O varias a la vez en distintos sitios. Cuando arrecian las guerras el negocio flaquea, porque los caballeros se dedican a matarse entre ellos, en vez de asolar a los plebeyos. De manera que últimamente nuestra bolsa anda magra. Aun así, hemos decidido alojarnos esta noche en una posada. Estamos fatigadas y, además, queremos enterarnos de las últimas noticias. Y ya se sabe que no hay como pernoctar en una posada para ponerse al día sobre el estado de las cosas. Así fue como conocimos, hace ya algún tiempo, las desventuras de Leonor de Aquitania. Que han sido el origen de esta nueva confrontación bélica que ahora padecemos. Dicen que, por ambición política, o por despecho ante el desamor de su marido, o por ambas razones e incluso alguna más, Leonor conspiró contra su esposo, el rey Enrique, y que intrigó hasta que tres de sus hijos, entre ellos Ricardo, el preferido, acudieron a la corte del Rey de Francia para combatir contra su padre. Y el monarca inglés, naturalmente, contestó con las armas, comenzando la contienda en la que estamos. Por añadidura, Enrique encerró a Leonor en la fortaleza de Chinon. De esto hace ya algunos años y allí sigue presa, cuentan que en condiciones de extrema dureza. Asimismo han caído en desgracia Chrétien, Chapelain y los demás integrantes de aquella corte maravillosa de artistas, músicos y poetas. De ese mundo de brillo hoy sólo queda polvo.

También hemos tenido noticias de Dhuoda. La Dama Blanca se ha transmutado en la Dama Negra, un nombre que se ha hecho tristemente famoso en todo el Reino. Combatir se ha convertido en su pasión y dicen que está acabando con su patrimonio, como antes hizo Puño de Hierro, para pagar los elevados costes de su belicosidad. Ha hecho de su castillo una fortaleza inexpugnable y mantiene un ejército mercenario de piqueros suizos, los soldados más caros y eficientes del mundo. La Duquesa Capita na, como también se la conoce, lleva años luchando contra su hermanastro, el conde de Brisseur. Es una guerra feroz, dentro de la guerra general. Cuentan que Dhuoda dirige las batallas ella misma, subida a un enorme bridón de color rojo fuego. Pienso con desasosiego en que la enseñé a combatir; y en sus pobres siervos, que deben de estar soportando asfixiantes tributos para sufragar ese constante entrechocar de espadas.

La posada en la que nos hemos detenido se encuentra en un cruce de caminos importante. El lugar está lleno, pero por fortuna hemos conseguido un lecho. Después de instalar a los caballos en el establo y adquirir forraje para ellos, vamos a la sala común para comer. Es una estancia enorme, oscura y mal aireada. Está repleta de gente y huele a cerveza agria, a sudor, a verduras fermentadas y sebo rancio. Las posadas son unos lugares desagradables, guaridas de ladrones, nidos de piojos, cunas de enfermedades. Si no te roba el mismo posadero, intentará desvalijarte algún truhán, y sin duda saldrás llena de ronchas por la mañana. Pero brindan fuego y calor en el frío, techo en la lluvia, carne recién asada y espumosa cerveza, un jergón seco y más o menos blando para los huesos entumecidos. Y sobre todo ofrecen, ya está dicho, el rumor del mundo. Como siempre, buscamos un lugar discreto en un rincón y nos instalamos en el extremo libre de una de las largas mesas.

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