Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
El nudo de mi estómago se aprieta un poco más.
– Entonces ya no tenemos nada que decirnos, Duquesa.
El rostro de Dhuoda comienza a temblar y luego se contrae en una mueca penosa. Reprime un sollozo.
– Pero ¿cómo es posible que no me entiendas, mí Leo? MÍ pequeña Leo, mí dulce guerrera, yo creía que nos comprendíamos bien, que eras feliz conmigo… Yo creía que me querías…
Está llorando y en su voz se transparenta el sufrimiento. Su pena me impresiona. Me compadezco de Dhuoda. Y también de mí misma. Pero es como si ya no me quedaran sentimientos que poder ofrecerle.
– Habéis sido muy generosa conmigo, mi Señora. Os lo agradezco y siempre recordaré mi deuda con vos. Pero debo irme. En estos momentos no sé si os quiero o no. Ni siquiera puedo pensar en vos. Sólo pienso en lo mucho que me desprecio.
Dhuoda gime y alarga las manos hacia mí, como si ansiara tocarme, pero a medio camino detiene el movimiento y las deja caer. Sus manos, observo ahora, están ensangrentadas y llenas de pequeños pero profundos cortes, heridas recientes que aún no han coagulado.
– Está bien -dice la Dama Blanca.
Las lágrimas ruedan por sus mejillas como gotas de lluvia, pero ha recuperado la compostura y la firmeza en el tono.
– Voy a hacerte un último regalo, Leo. Voy a nombrarte caballero. Velarás las armas esta noche, y al amanecer, antes de tu partida, te otorgaré las espuelas y un título. Estarás más protegida de ese modo.
– No deseo ningún regalo más, Dhuoda. No pienso aceptarlo.
– ¡Me lo debes! -ruge la Dama Blanca, con su altivez y su dominio habituales-. Me lo debes porque has aceptado ya demasiados presentes de mí. No tienes el menor derecho, ¿entiendes?, el más mínimo derecho a rechazar mi generosidad y a humillarme.
Tiene razón. Le debo demasiado. Callo, confundida.
– Ahora vendrán los servidores para prepararte el baño purificador y traer las vestiduras rituales, con las que deberás velar en la capilla… ¿Has encontrado ya la puerta del castillo?
– Sí, Duquesa. Ahora es muy fácil.
Dhuoda hace un pequeño gesto desdeñoso.
– Ya te dije que sólo era necesario querer irse.
Da media vuelta brusca y se aleja. Pero antes de cruzar el umbral se detiene un momento y me mira por encima del hombro.
– Serás el señor de Zarco…, en honor al color azul de tus inolvidables ojos.
Y desaparece, tragada por las sombras del corredor. En el suelo de piedra, allí donde hace un instante estuvo ella, hay una pequeña constelación de gotas de sangre.
He tomado el baño purificador y he vestido después la túnica blanca, la clámide bermeja, las botas marrones, el cinturón ritual. Me he ajustado las espuelas doradas y he velado la espada, la daga y la maza en la capilla durante toda la noche. Que el Señor me ayude en este tiempo de dolor y desconcierto. Que la Virgen mitigue mi vergüenza.
Cuando vienen a buscarme, el primer aliento del día, débil y plomizo, empieza a iluminar los vidrios de las estrechas ventanas. Cuelgo del cinto el puñal y la maza y llevo en la mano la espada, enfundada en su vaina. Abandono la iglesia en pos del paje y nada más cruzar las puertas me estremezco: los muros del castillo están entelados con colgaduras negras. Pared tras pared, la ciudadela entera ha sido recubierta con lienzos de duelo. Reina un silencio sobrecogedor y la servidumbre con la que me cruzo baja la cabeza con expresión contrita. Dadas las especiales circunstancias de esta ceremonia, no se celebrará el banquete habitual con el que el nuevo caballero debe agasajar a sus conocidos, y tampoco entregaré los ricos presentes que se espera que el neófito reparta a manos llenas. La ceremonia de investidura siempre es una fiesta, pero ahora, mientras atravieso el castillo enlutado y fúnebre a la pobre luz de la amanecida, más me parece dirigirme a mi ejecución que a mi ennoblecimiento.
Para mi sorpresa, pasamos sin detenernos por delante del salón ducal, que es donde yo pensaba que se llevaría a cabo el nombramiento. Atravesamos unos cuantos corredores y al fin desembocamos en el patio de entrada Unas pocas personas nos están esperando: Nyneve, con los caballos dispuestos y la impedimenta ya cargada; sir Wolf, media docena de soldados, el capitán de la guardia… y Dhuoda. Su aspecto me impresiona: la Dama Blanca viste de negro de la cabeza a los pies y está tan pálida que se diría que carece de color: su rostro es un jirón del mismo aire gris e incierto que nos rodea. Lleva el pelo suelto, largo y despeinado, sobre los hombros. Una cabellera tan oscura como su ropa de duelo. Me detengo ante ella y le entrego mí espada.
– Arrodíllate -ordena con voz fría y distante.
Obedezco. Sé que tengo que inclinar mi cabeza hacia el suelo. Veo los delicados pies de la Duquesa, también enlutados, asomando por debajo del ruedo de la falda. Escucho el rasgueo de la hoja de acero al salir de su vaina y por un momento pienso que Dhuoda va a decapitarme. Cierro los ojos.
– Por el poder que me confieren mi dignidad y mi nobleza, yo, Dhuoda, duquesa de Beauville, te ordeno caballero y te nombro, además, señor de Zarco. Que los presentes sirvan de testigos de la legitimidad de la ceremonia.
Siento sobre mí nuca el leve espaldarazo, asestado por Dhuoda, como es preceptivo, con la mano derecha. Me estremezco.
– Ahora tu juramento -dice.
Abro los ojos y la miro. Su cara es una máscara carente de emociones. Extiendo el brazo derecho y toco la empuñadura del arma, que Dhuoda aún sujeta.
– Por la cruz de esta espada, que representa la Sa grada Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, juro fidelidad eterna y vasallaje a vos, mi señora Dhuoda, duquesa de Beauville. Que Dios guíe mi mano a vuestro servicio – digo, repitiendo las palabras que me enseñaron anoche.
– Sé bien lo que valen tus promesas -susurra Dhuoda con tono envenenado y sardónico-. Puedes levantarte.
– Duquesa…
– ¡Levántate, te digo!
La negra Dama Blanca envaina la espada y me la da para que me la ciña. Luego me entrega unos pergaminos enrollados y lacrados.
– Esto es la carta de ennoblecimiento y los demás documentos acreditativos de tus posesiones. Te he regalado un remoto fragmento de mis tierras. Un peñascal reseco sin siervos ni edificaciones. Enhorabuena: ahora eres el amo de ¡as piedras… Una propiedad que va con tu talante. La ceremonia ha terminado. Podéis marcharos, señor de Zarco.
Recojo torpemente ¡os legajos y repito:
– Duquesa…
La tersura de su borroso rostro se descompone. Sus labios tiemblan.
– Ssshhh… Silencio -me interrumpe con voz estrangulada-. Ya no quedan palabras que decir, ni lágrimas que llorar, ni sentimientos que sentir. Me quitas lo mejor que yo soy.
Alarga su pobre mano, lacerada por los múltiples cortes que la sangre seca ha ennegrecido, y me acaricia la mejilla levemente.
– Laedar nímé sasine… Laedar nimé -susurra con ternura en ese idioma extraño que sólo ella conoce.
Luego se yergue, se endurece, cierra la expresión en un gesto sombrío y pavoroso:
– Eres el ladrón de la dulzura. Recuerda bien lo que te digo: a partir de hoy solamente habrá desolación y muerte.
Y abandona el patio como un viento furioso.
Todo el mundo calla. Nyneve y yo moneamos en nuestros bridones mientras las poleas del puente levadizo comienzan a rodar y el gimiente estruendo de las cadenas retumba en el silencio. Al fin, tras un tiempo que se me antoja eterno, el puente desciende y la puerta queda expedita. Saludo con una inclinación de cabeza a sir Wolf y salgo del castillo, con Nyneve a la zaga. Descendemos por la ladera con lentitud y sin mirar atrás, cabalgando cansinamente al paso; puede que nuestros caballos se encuentren aún fatigados por el regreso de Poitiers, pero yo siento que se trata de otro tipo de agotamiento, del desfallecimiento de todas las cosas, como si el mundo hubiera envejecido de repente.
Al aproximarnos a la linde del bosquecillo encontramos los cuerpos: están colgados de los primeros árboles, bien visibles, sin duda a modo de advertencia. Son cuatro, todos hombres, con las manos atadas a la espalda y los rostros amoratados y deformados por una mueca horrible. Reconozco al joven del pelo rizado: sus piernas descoyuntadas por la rueda cuelgan extrañamente blandas y torcidas. Cuando nos acercamos, los cuervos que ya les están picoteando alzan el vuelo, felices y locuaces como los invitados a un banquete. Al banquete de mi investidura. Amamos a la Duquesa sangrienta, están diciendo; adoramos a la Duquesa decapitadora y ahorcadora. Antes de internarme en la floresta percibo con toda claridad la mirada de Dhuoda sobre mi nuca. Es una mirada poderosa, un aguijón de fuego que me incita a volverme para contemplarla. Pero aprieto las riendas de mi caballo, hundo la cabeza entre los hombros y me resisto. La veo con los ojos de mi mente, la imagino en lo alto de la almena, el negro pelo al viento, toda ella oscura y aleteante como un pájaro de mal agüero. La Reina de los Cuervos. Entramos en el bosque y la presión de los ojos de la Duquesa desaparece.
Ahora estamos solas. Tengo diecisiete años y acabo de ser nombrada caballero. Pero soy mujer y nací sierva. Lo único auténtico y legítimo es mi título: todo lo demás es impostura.
Soy un Mercader de Sangre. Pertenezco al grupo de guerreros más despreciados y degradados de la Cristian dad. Aquellos a los que todos aborrecen.
Hay caballeros faydits, como mi Maestro: hombres de hierro que han caído en desgracia, que han roto las leyes del vasallaje y a los que sus señores feudales o sus reyes han arrebatado título y posesiones, condenándoles a vagar por los caminos en rebeldía. Hay caballeros jóvenes y belicosos, segundones airados que se buscan la vida en los torneos, que intentan casar bien o, en su defecto, raptar y desposar a la fuerza a una dama rica, que conspiran para asesinar a sus hermanos y arrebatarles el título, que a menudo acaban convertidos en bandoleros. Hay caballeros bajos de sangre turbia y orígenes inciertos, tan pobres que a veces tienen que empeñar armas y caballo; suelen ganarse la vida asolando pueblos, robando a los viajeros, asaltando a campesinos y mercaderes. Todos ellos, faydits, segundones y bachilleres, violan mujeres, destripan comerciantes y decapitan ancianos. Si extreman su violencia, son perseguidos por la ley e incluso, en ocasiones, ajusticiados, pero aun así mantienen intacto su orgullo de guerreros y se consideran caballeros hasta el último eslabón de sus armaduras.
Sin embargo, yo soy un Mercader de Sangre y estoy más allá de las normas, más allá de las lindes admisibles. Los pequeños pueblos arrasados por los caballeros bajos, los comerciantes temerosos de ser atracados en sus viajes, los campesinos hastiados de la persecución de los hombres de hierro nos contratan a menudo, a mí y a otros mercenarios como yo, para que combatamos en su defensa. El nombre por el que se nos conoce es infamante y somos la mayor abominación dentro de la caballería, pues no se concibe que un guerrero se deje comprar por los plebeyos para luchar contra otros caballeros. Incluso el segundón que acabara de robar y degollar a una indefensa familia campesina escupiría en mi rostro con soberbio desprecio.