Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
El campo de justas es un hervidero. El torneo prosigue, pero nadie presta la menor atención a los desdichados contendientes, que, quizá desmoralizados por la falta de ambiente, tampoco consiguen realizar grandes encuentros. ¡Pero si ni siquiera la Reina está presente! Se ha marchado del palco en cuanto retiraron a su paladín. Una tras otra, cuatro parejas de guerreros entrechocan sus lanzas, sin conseguir un solo momento memorable. De no ser por el sobrecogedor combate de Saldebreuil, hoy habría sido la peor jornada de toda la semana. Cuando el arbitro de justas proclama el final del Gran Torneo, en el campo apenas quedamos la mitad de los espectadores.
Bajamos de las gradas y vamos a reunimos con Dhuoda, que nos espera para regresar al palacio de Leonor, donde se va a celebrar el gran banquete de cierre.
– Hay que reconocer que la Reina tiene buen gusto -me comenta la Dama Blanca con una sonrisa maliciosa.
– ¿Qué queréis decir, Duquesa?
– Sólo digo que Saldebreuií es muy bello.
– Pero, mi Señora, ella ofreció el reto a todos los caballeros presentes, y fue Saldebreuil quien aceptó. Pura casualidad.
– Qué ingenuo eres, mi Leo. ¿Tú crees que Leonor iba a correr el riesgo de que vistiera su camisa Tribaldo de Champaña, por ejemplo, que es un gran campeón, sin duda, pero tuerto, marcado por las viruelas y con un aliento podrido de pantano?
– Pero… la Reina está casada -insisto, aunque mis propias palabras me suenan ridículas.
– Ah, sí, el gran Enrique II… El Rey está en Inglaterra, muy ocupado con sus asuntos de gobierno… y con otras menudencias. Hace mucho que Enrique, que es once años más joven que Leonor, ya no ama a la Reina. Dicen que se ha enamorado de Rosamunda, la hija de un caballero normando, y que siente por ella tan celosa pasión que ha creado un laberinto en el castillo de Woodstock y ha encerrado a su amada dentro de él, en una alcoba de la que sólo el monarca tiene llave. Como ves, la idea del abuelo de Puño de Hierro es bastante común entre ciertos varones…
Cuando llegamos al palacio, ya están todos sentados a la mesa en la gran sala. Todos, menos Leonor. En su ausencia no pueden empezar a servirse las viandas, de manera que entretenemos la espera bebiendo hipocrás y escuchando a los músicos. La estancia es muy amplia y está llena de gente; y la gente parece estar llena de palabras, de rumores que transmitirse, de confidencias que susurrarse, de comentarios malévolos cuchicheados entre risas. Hay un estruendo enorme que ahoga casi por completo el gemido de las cítaras; entre el vino, el ruido y las emociones, siento que me estalla la cabeza.
Y, de pronto, el silencio.
A mi alrededor, todo el mundo está mirando hacia un mismo punto. Sigo el camino de sus ojos y la veo. Es la Reina. Acaba de entrar en la gran sala y nos contempla con un extraño gesto, tal vez altivo, o quizá desafiante. Lleva uno de sus hermosos trajes, uno que conozco bien, de lino verde Y seda con adornos de perlas. Pero por encima trae puesta su camisa, la camisa con la que ha combatido Saldebreuil, con el fino hilo endurecido por las grandes manchas oscuras de la sangre ya seca. Avanza lentamente hasta su sitia!, y el silencio es tan completo que me parece poder escuchar mi propia respiración.
– Que sirvan la comida -dice con voz nítida.
Y luego se sienta, mientras media sonrisa le ilumina la cara.
El borboteo de las conversaciones recomienza, como una corriente de agua momentáneamente retenida por un obstáculo, y largas filas de lacayos empiezan a sacar bandejas de plata con gorrinos enteros adornados con manzanas, perdices servidas en nidos confeccionados con harina, anguilas en mares de gelatina. Todo el mundo devora, menos la Reina. Y menos yo, que no hago sino mirarla. Antes me he equivocado: no es altivez lo que su rostro refleja, sino un gozo salvaje. Una avidez indómita y feroz que alguna vez he entrevisto en Dhuoda. Después de todo, la Dama Blanca y la reina Leonor se parecen bastante.
Dolor y deshonra. Hoy arruiné mi vida.
Nuestro viaje de regreso de Poitiers fue nefasto desde el mismo principio. Tras despedirnos de fray Angélico, que marchaba a París, completamos una primera y tediosa jornada de camino y paramos a hacer noche en el pueblo de Dunn. Las sirvientas de Dhuoda ya habían adecentado el mejor cuarto de la posada y montado un lecho mullido y limpio para su Señora con linos traídos del castillo, cuando la Duquesa, muy agitada, nos dio la orden de proseguir el viaje. Nadie dijo nada, aunque tuvimos que salir con tanta premura que dejamos atrás media impedimenta. Parecíamos un pequeño ejército huyendo de la batalla tras una derrota. Hombres y animales estábamos desfallecidos, y aún llevábamos peor el peso de la fatiga porque habíamos creído poder descansar. Para más quebranto, comenzó a llover. Al poco de abandonar Dunn, el capitán de la guardia se acercó a sir Wolf, a Nyneve y a mí, que cabalgábamos juntos.
– Caballeros, os ruego que permanezcáis próximos a la Duquesa y que extreméis la vigilancia… Hemos sido informados de que se estaba preparando una emboscada en Dunn para raptar a la Señora.
– ¿Para raptarla?
– Sí, mi Leo -dijo Dhuoda, aproximándose a nosotros a lomos de su cansado palafrén.
Siempre viaja a caballo, detesta las galeras.
– ¿Otra vez vuestro hermano?
– No… Se trata al parecer de Roger du Bois, un joven y turbulento caballero, hermano segundón del barón de Alois. Carece de patrimonio, porque en sus tierras impera la ley de la primogenitura, y pretende raptarme y desposarme a la fuerza, para quedarse con mis posesiones.
– ¿Eso puede hacerse?
– Mi ignorante Leo, eso se hace todo el tiempo. También intentaron raptar a Leonor de Aquitania en dos o tres ocasiones, después de que se divorciara del Rey de Francia y antes de desposar al inglés. Creo que hemos burlado a Roger, pero puede que encontremos por el camino a algún otro miserable caballero con el mismo afán. En Poitíers me han visto muchos, nuestro viaje de regreso es conocido y soy una pieza codiciada. Por eso, entre otras cosas, aborrezco salir del castillo. Afortunadamente soy prudente, y soborno a un buen número de villanos a lo largo de todo el trayecto, para que me mantengan informada de lo que vean y oigan… Fue el mozo de establos de la posada de Dunn quien nos avisó de la trampa preparada por Du Bois.
Era una noche lóbrega, porque los nubarrones tapaban la luna. Cabalgamos sin parar hasra el amanecer, imaginando enemigos en todas las sombras. Calados y extenuados, por la mañana dormitamos malamente a la vera del camino, haciendo turnos de guardia; y así proseguimos jornada tras jornada, durmiendo a la intemperie y avanzando a paso de marcha. No volvimos a tener ningún contratiempo, pero cuando llegamos, hace unas horas, a las proximidades del castillo de Dhuoda, todos nos encontrábamos demasiado exasperados y agotados. Y entonces sucedió lo peor.
El primer aviso fue una piedra, arrojada con tanta puntería que se estrelló en la frente de uno de los soldados y le derribó descalabrado.
– ¡Nos atacan! ¡Formación de defensa! -gritó el capitán.
Todos nos agrupamos en torno a la Duquesa, levantando nuestros escudos y sacando ¡as espadas. Pero pasaba el tiempo y no ocurría nada. Estábamos en un camino que discurre entre árboles, muy cerca del castillo. No se veía a nadie, aunque sin duda la espesura podía servir de buen escondrijo. Al cabo, desesperados por nuestra propia inmovilidad, rompimos la formación. Todo siguió en calma, de modo que recogimos al soldado herido y proseguimos nuestra marcha. Pero al poco, cuando salimos del bosque y vimos ya, muy próxima, la fortaleza de Dhuoda, nos topamos con ellos. Estaban colocados a ambos lados de la vereda, desde la linde de la floresta hasta el mismo puente levadizo. Sobre todo eran hombres, pero también había mujeres y niños. Desarrapados, paupérrimos, descalzos, con las miradas duras, los puños apretados. Eran los siervos de Dhuoda. Empezamos a pasar a través de ellos; nadie decía nada, pero el silencio era tan intenso y tan pesado que parecía que iba a celebrarse una ejecución. De pronto, un hombre joven se cruzó en nuestro camino y se detuvo delante de la Dama Blanca. Era bajo y robusto, de rostro renegrido y velludo como un jabalí, con una pelambre muy rizada y sucia.
– Mi Señora, nos morimos de hambre -dijo con voz un poco temblorosa-. No podemos pagaros la nueva exacción. Apenas tenemos para alimentar a nuestros hijos.
– Trabajad más y con mayor diligencia y tendréis suficiente -contestó Dhuoda con enojo-. Y aparta de mi paso.
– ¡Las nieves tardías helaron la cosecha! No tenerlos nada, y vuestros hombres han venido a nuestras casas y nos han arrebatado también esa pequeña nada -dijo el hombre en tono más firme.
– ¡Apártate, villano! -rugió Dhuoda, azuzando el caballo.
– Cuando Adán araba, cuando Eva hilaba, ¿dónde estaban los duques? -gritó alguien entre la plebe.
Y eso fue una especie de señal. El joven robusto intentó sujetar las riendas del palafrén de la Duquesa con sus estropeadas zarpas de labriego y empezaron a llovemos piedras de todas partes. De pronto me vi con la espada en la mano, rodeada de campesinos que intentaban agarrarse a mis piernas y desmontarme. Y que Dios me perdone, pero les odié. Odié su violencia, su ira, su suciedad y su pobreza. Odié sus pretensiones, su falta de respeto, su rudeza y la molestia que nos causaban. Les odié porque me odiaban y me defendí, y no sólo me defendí, sino que ataqué y herí y tajé. Ciega de furor y embebida en la lucha, no paré hasta que súbitamente me encontré rodeada de soldados de Dhuoda: habían salido del castillo para rescatarnos. Me detuve a mirar alrededor como quien despierta de un sueño, con el aliento entrecortado y la espada teñida de sangre. Los soldados perseguían a los siervos, que huían en desbandada ladera abajo, dejando atrás a sus heridos y a sus muertos. Y entonces los vi por vez primera, Vi a niños llorando junto a cuerpos caídos de mujeres, vi a viejos renqueantes intentando escapar inútilmente de los hombres de hierro, vi a campesinos ensangrentados pidiendo clemencia.