Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
– Qué he hecho… -musité con una voz que no reconocí como mía.
A mi lado estaba Nyneve, lívida y desencajada.
– Te dije que teníamos que marcharnos…
Entramos en el castillo en pos de Dhuoda, que se encontraba enloquecida por la furia. Daba grandes voces, dictaba órdenes contradictorias, reclamaba venganza.
– ¡Que me traigan al cabecilla!
Se lo trajeron atado y a empellones. Tenía un ojo morado y unos cuantos cortes, pero no parecía herido de consideración. Ese cuello fuerte, ese rostro quemado por el sol eran como los de mi Jacques. La boca se me llenó de una saliva espesa y reprimí una arcada: ahora me daba cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin recordar a Jacques. Yo le había abandonado y le había traicionado con mi olvido porque prefería este bello mundo de los nobles. Pero este bello mundo es un pozo de sangre.
– ¡Has intentado matarme! -gritó la Dama Blanca.
– Sólo quería detener vuestro caballo, Duquesa. Sólo quería explicaros nuestra situación.
– ¡Mientes, bellaco! ¡Has intentado matarme! ¡A tu Señora! ¡Y has azuzado a los siervos contra mí! ¡Pagarás con tu vida!
El joven alzó la cabeza y la miró:
– Vivir así es peor que la muerte…, mi Señora.
Y no lo dijo con odio, sino con tristeza.
– ¡Ponedle en la rueda, para que nos diga los nombres de sus compinches! ¡Y después colgadle! -rugió Dhuoda.
Los hombres se llevaron a rastras al detenido y yo sentí que se me moría parte del corazón. Esperé hasta estar a solas con Dhuoda y me arrojé a sus pies:
– Por favor, Duquesa… Perdonad a ese joven, perdonad a los siervos… Ya han tenido muchas bajas. Ya les habéis castigado de modo suficiente.
– ¡No digas tonterías! ¡Tú no entiendes nada, Leo! Es necesario darles un escarmiento ejemplar o volverán a rebelarse… Contra mí, o contra otro… Los siervos son perezosos, estúpidos e indóciles. Son como animales, y es necesario usar con ellos el látigo, como con un burro empecinado. ¿Y qué haces ahí tirada? ¡Levántate! ¡Me exaspera que te arrojes al suelo por un puñado de bribones!
– Mi Señora, os lo ruego, perdonadles… Nunca os volveré a pedir ninguna otra cosa, y si me concedéis este favor seré vuestra más leal servidora durante toda mi vida.
– ¡No insistas, Leo, y no me irrites! Ha sido un viaje muy largo y muy desagradable y estoy cansada. ¡No hay nada más que hablar! ¡Y levántate de una vez!
Me puse en pie lentamente.
– Sí hay algo más que hablar, Duquesa… Yo he sido sierva, vos lo sabéis, porque os lo he contado. Y puede que no sepa casi nada del mundo, pero sé de la vida campesina. Sé de sus angustias y sus dificultades, sé de la dura y a menudo injusta mano del amo.
Los ojos de Dhuoda relampaguearon:
– No digas una sola palabra más, Leo. Tú tienes que estar conmigo, no con ellos. Tú tienes que defenderme, y ellos son mis enemigos.
– Hoy te he defendido. He herido y cortado y quizá matado. Y ¿sabes algo, Dhuoda?…, siento que yo soy la derrotada y que ellos me han vencido. Te pido una vez más clemencia para ellos. Por favor.
La voz me salía ronca y había dejado de usar el tratamiento de cortesía. A veces me sucedía, con Dhuoda, en aquellas ocasiones en las que la Duquesa se encontraba especialmente afable, cuando casi la veía como una amiga. Pero ahora la sentía tan lejana y ajena como la luna.
Dhuoda me observó en silencio unos instantes con el ceño fruncido.
– Sobre esto no cabe ninguna discusión. Mi decisión es definitiva -dijo al fin tensamente.
Los ojos se me nublaron.
– Está bien. Entonces mi decisión también es definitiva. Tengo que marcharme, Dhuoda. Me iré del castillo en cuanto amanezca.
La Duquesa apretó los puños como si fuera a pegarme.
– ¡No! No te irás. Te lo prohíbo.
– Sí, me iré. Salvo que quieras aplicarme la rueda y ahorcarme a mí también. Al fin y al cabo, no soy más que una sierva.
Dhuoda me miró con una expresión feroz y desorbitada que yo atribuí a la cólera. Pensé que su respuesta iba a ser terrible. Pensé que, en efecto, tal vez me mandara al tormento, como al campesino. Algo parecido al pavor me paralizaba por dentro y encogía mis vísceras en un nudo apretado y doloroso. Pero al mismo tiempo sabía que el castigo de Dhuoda no podía ser peor que lo que ya me había sucedido. Sabía que lo había perdido todo y que merecía lo que me ocurriera. Entonces, para mi sorpresa, la Dama Blanca exhaló un extraño y largo sonido, algo que empezó como un bramido y terminó pareciéndose a un lamento, y, moviéndose con gran agitación, abandonó la estancia casi corriendo. Allí quedé yo, turbada, confundida, con las piernas temblando y el alma derrotada. El nudo de mi vientre no se deshizo con su ausencia ni se ha deshecho ahora: aquí está todavía, a la altura de mí cintura, partiéndome el cuerpo en dos. De modo que ahora sé que ese encogimiento de las entrañas no era un producto del miedo, sino del dolor. Me recuerdo tajando fácilmente carnes sin proteger por una armadura y el nudo se aprieta un poco más. Hace algunos días me emocioné hasta las lágrimas cuando Saldebreuil ofreció su cuerpo desnudo al duro acero, y su gesto me pareció el más noble y más puro. Pero ahora he causado estragos carniceros en cuerpos igualmente indefensos, sólo que cubiertos con sucias camisas campesinas, en vez del refinado hilo de la Reina; y ni siquiera me he detenido a pensar en su entereza, en su desesperación y su coraje. Ni siquiera les he visto como personas.
Cuando Dhuoda me dejó sola, estuve un largo rato sin saber qué hacer, pues la confusión cegaba mi entendimiento. Pensé en abandonar el castillo de inmediato, pero luego recordé que mi caballo estaba extenuado y que aún no sabía cómo encontrar la salida. Esa idea sacudió mi estupor y me puso en movimiento; abandoné la estancia, que era el salón ducal en el que la Dama Blanca despacha sus asuntos, dispuesta a hallar la puerta como fuera. En cuanto pisé el corredor advertí que algo había cambiado. En el entretanto había anochecido y el castillo se encontraba casi a oscuras, apenas iluminado por unos cuantos hachones que los pajes estaban prendiendo a toda prisa, retrasados en su labor por el desorden que los acontecimientos habían provocado. Pese a la fantasmagoría de las sombras, el castillo de Dhuoda empezó a parecerme mucho más pequeño de lo que recordaba. El gran patio de armas se me antojó de pronto un modesto cuadrado enlosetado, la sala de banquetes y sus colosales chimeneas adquirieron las dimensiones de una estancia burguesa, los pasillos dejaron de ser interminables. Al principio pensé que mi paso por el espléndido palacio de Poitiers había empobrecido, por comparación, mi percepción de la morada de Dhuoda. Pero luego llegué al jardín de los naranjos y descubrí, por vez primera, que ese huerto recoleto era también el patio del pozo y del ciprés: me había pasado año y medio en la ciudadela creyendo que eran dos lugares diferentes. A partir de ese momento algo se recolocó dentro de mí cabeza, y en mi memoria se iluminó un mapa simplísimo, la planta del castillo despojada de innumerables estancias inexistentes, de recovecos ciegos y pasillos imposibles; y, súbitamente, comprendí que conocía el lugar a la perfección y que no podría perderme nunca más. Y, en efecto, caminé con decisión, salvando escaleras y doblando esquinas, y enseguida llegué al patio de entrada, a los establos, las garitas de guardia y el portón con su puente levadizo; y después regresé con la misma seguridad y destreza a nuestra alcoba, donde encontré a Nyneve preparando los bártulos, pues, sin habernos dicho nada, ya sabía que nos marchábamos.
Aquí estamos ahora. Nyneve dormita, enteramente vestida, sobre el lecho. Feliz ella que puede descansar. Yo no consigo cerrar los ojos y, a juzgar por cómo me siento, se diría que no seré capaz de dormir nunca más. Acodada en una de las troneras, miro la luna, menguante y luminosa; y sobre todo aguzo el oído, por sí oigo lamentos. Sé que en estos instantes están aplicándole el tormento al joven siervo e imaginar su sufrimiento me inunda la cabeza de agonía y de sangre. Pero los muros del castillo son gruesos, y la mazmorra atroz, que no conozco y cuya existencia ni siquiera sospechaba, debe de encontrarse en el subsuelo. No se escucha nada, salvo el pasajero ulular de un búho. Qué incongruente resulta sentir tanto dolor en una noche tan hermosa y tan plácida.
Nyneve y yo hemos acordado partir al amanecer. Yo hubiera preferido escapar ahora mismo como un ladrón avergonzado, pero mi amiga me ha convencido de la conveniencia de dar algún reposo a los jumentos y de marchar de día.
– Las puertas del castillo ahora están cerradas y probablemente tendríamos problemas para salir. Y es posible que los campesinos intenten vengarse -ha añadido Nyneve.
Está en lo cierto. Y, además, también me lo merezco: la noche en blanco, la proximidad con el suplicio que no he sabido evitar.
Súbitamente, la puerta del cuarto se abre de par en par y la hoja golpea con violencia contra el muro. En el umbral está Dhuoda. Una presencia amedrentadora, tan quieta y callada entre las sombras.
– Voy a ver los caballos -dice Nyneve, que se ha despertado con el ruido-. Con vuestra venia, mi Señora.
Y sale de la estancia esquivando el rígido cuerpo de la Dama Blanca.
– Duquesa… -digo, la boca seca, los labios pegados.
Dhuoda entra en la alcoba con pasos lentos y envarados, como si le doliera caminar. Ahora que la luz de las lámparas la ilumina, advierto que sus ojos están enrojecidos, sus párpados hinchados. Tiene aspecto de haber llorado mucho y una expresión extraviada, como de loca. Llega a mi lado y se detiene.
– Entonces, ¿de verdad vas a irte? -pregunta con voz ronca.
– Sí. En cuanto despunte el día.
– ¿No puedo hacer nada para que cambies de opinión?
– Sí podéis, mi Señora… Mandad que detengan el suplicio del campesino y perdonadle a él y a los demás -digo, esperanzada.
La Duquesa se tambalea ligeramente.
– Eso no es discutible. Además, ya están muertos, él y sus compinches. Pero aunque vivieran todavía, jamás renunciaría a mis derechos -contesta con dureza.