Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
– Pero ¿de qué verdad me habláis, señor? La verdad más profunda está oculta en la esencia de las cosas y sólo puede ser indagada ocultamente. La verdad sube de la Tie rra al Cielo y desde el Cielo vuelve a bajar a la Tierra. Y todos los elementos se unen en uno que está dividido en dos.
– Por los clavos de Cristo, no seáis tan tedioso.
– Pero ¿qué es eso de la Gaya Ciencia y de la alquimia? Me temo que yo lo ignoro todo… -intervengo apresuradamente.
– Hay un antiguo libro egipcio que fue traducido al griego, y del griego al latín, que se llama la Tabla de la Esmeralda, porque dicen que el original estaba grabado sobre la esmeralda que cayó de la frente de Lucifer el día de su gran derrota -explica Nyneve-. Este libro fue escrito por Hermes Trimegisto y está lleno de frases confusas semejantes a las que dice nuestro amigo… Los seguidores de Hermes piensan que todas las cosas pueden ser reducidas a una misma sustancia, a un espíritu universal, que es el principio mismo de la vida; y la Tabla de la Esmeralda explica cómo puede obtenerse esa quintaesencia, que ellos llaman piedra filosofal, y que, supuestamente, te da la vida eterna. Para conseguir extraer esa gota sustancial de las cosas, los alquimistas se dedican a unos manejos harto complicados, con crisoles y fuego, con retortas y hervores. Todo muy fastidioso. Y, que yo sepa, nadie ha encontrado jamás la dichosa piedra.
Gastón ha estado removiéndose inquieto sobre el banco durante todo el discurso de Nyneve. Ahora interviene, enarcando con altivez sus cejas picudas:
– Ciertamente sabéis muy poco. Y lo poco que sabéis, lo contáis sin la menor prudencia, pues sin duda conocéis que todos estos pormenores no deben divulgarse. -Ah, sí, claro… El famoso secreto de los herméticos… Por cierto, se me había olvidado decirte, Leo, que la piedra filosofal transmuta el plomo en oro, y que ése es el gran logro que todos persiguen, aún con más ahínco que la sabiduría o la vida eterna. Gastón está furioso:
– Seguid así, señor, reíros de lo que no sabéis, ésa es la actitud de los ignorantes. Pero debo deciros que grandes y afamados hombres son hermanos herméticos, como Francisco de Asís, el monje fundador de la orden mendicante, de quien habréis sin duda oído contar que entiende el lenguaje de los pájaros… Lo cual quiere decir que es alquimista, porque la Gaya Ciencia también es conocida como la Lengua de los Pájaros. Y, en cuanto al oro, tomad, mi señor Leo, aceptad este humilde regalo de vuestro amigo… Gastón saca una pequeña bolsa de cuero de su cinco y extrae media docena de discos metálicos, de forma y tamaño semejante a monedas. La mitad son de plomo; los otros son exactamente iguales, pero de oro. Aparta una de las piezas doradas y me la da.
– Es una moneda filosófica. La he creado yo mismo, a partir de un fragmento de plomo como éstos. Podéis quedárosla, en prueba de mi afecto. Y ahora debo retirarme; me temo que esta tediosa conversación me ha fatigado demasiado.
Y, en efecto, se pone en pie y se va. Con la moneda de oro aún apretada dentro del puño, me vuelvo hacia mi amiga:
– Nyneve…
Me contengo y no añado más. Aunque podría. Nyneve alza la palma de las manos en un gesto apaciguador:
– De acuerdo, quizá me he excedido…
Me levanto y abandono la sala. Qué impertinente es Nyneve a veces. ¿Por qué ha tenido que discutir con el alquimista? En cuanto a él, qué susceptibilidad tan extremada. ¿Qué necesidad tenía de marcharse? El malhumor y la decepción han llenado mi cuerpo de un inquieto hormigueo. Quisiera correr, gritar, luchar, sacar toda esta tensión fuera de mí. Salgo de la posada y la noche está blanquecina y sucia, embebida de niebla. Escucho tronar el pequeño arroyo que corre a las espaldas de la posada. Agarro uno de los hachones de la puerta y me dirijo hacia allí, a tientas, dando resbalones en la hierba mojada, dejándome guiar por el canto del agua, Al fin llego al riachuelo: aparece entre la bruma y se pierde en ella, y ni siquiera puede verse la otra orilla. Hace bastante frío, pero decido bañarme: creo que el agua helada serenará mi fiebre. Coloco la antorcha entre unas piedras, me desnudo con premura y entro en la corriente. El agua sólo cubre un palmo por encima del tobillo, y está tan gélida que los pies duelen. Me agacho y, usando el cuenco de mis manos, salpico todo mi cuerpo. Casi grito. No lo soporto más: salgo a toda prisa y me dirijo a mis ropas, Estoy recogiendo las calzas cuando siento una presencia a mi espalda. Una mirada. Se me erizan los vellos de la nuca. Todavía desnuda, cojo la espada y me vuelvo. Mis ojos se estrellan en el ciego velo de la niebla. No veo nada. El miedo me hace jadear. De pronto, entre la bruma, me parece distinguir el impreciso contorno de un rostro. El rostro de Gastón. Doy un paso hacia delante y la cara se difumina: es una rama. Me quedo quieta y en alerta durante algún tiempo, pero no advierto nada raro. Vuelvo a vestirme. Ahora el cuerpo me hormiguea con un calor gozoso, como si estuviera despertando tras un sueño de siglos. Si de verdad era Gastón, el alquimista al menos ha conseguido una transmutación: ha trocado un hombre de hierro en una doncella.
Mi corazón está tan oscuro y aterido como el día. Hemos vuelto a amanecer bajo la niebla y no he conseguido ver más al alquimista. Ayer nos alojaron en una alcoba distinta, mucho más grande, con cuatro lechos repletos de durmientes, y ninguno de ellos era Gastón. A media noche liego un viajero tardío con quien tuvimos que compartir el jergón; no paró de dar vueltas y de toser. He dormido muy mal. Además, estoy irritada con Nyneve y apenas nos hablamos. Estamos terminando de preparar los caballos con las manos entumecidas por la humedad y el frío. Tiro de las cinchas y los dedos me duelen. También me duele el esqueleto todo, porque este relente interminable se te mete en el meollo de los huesos. Tengo miedo de que la bruma no levante ¡amas. De que las cosas se hayan borrado para siempre.
Un momento, ¡un momento! Mi cuerpo se tensa y un sudor helado me inunda la nuca: creo que acabo de ver al matón de los dientes de cabra, al bellaco que insultó a Nyneve ayer por la mañana. Acabamos de salir del establo y, por un instante, me ha parecido reconocer al bribón, borrosamente, entre los plomizos velos de la neblina. Si era él, estaba apostado junto a la puerta del establo, como si estuviera espiándonos. Pero ahora no hay nadie.
– ¿Qué haces? -me pregunta Nyneve, ya a lomos de Alado, extrañada de verme husmear por los alrededores de la cuadra.
– Nada. Esta maldita niebla, que te hace ver visiones.
Monto en Fuego y emprendemos el viaje. Prefiero no decirle nada, porque lo más probable es que me haya equivocado: el hombre no estaba anoche en la posada, o al menos no lo vimos, ni a él ni a sus secuaces. Pero un remusguillo de inquietud me retuerce las tripas. Ese perfil maligno entre la bruma. Esa actitud de alimaña al acecho. De pronto se me ocurre que quizá fuera él, y no Gastón, quien me vigilaba a hurtadillas mientras me bañaba en el río. Es un pensamiento repugnante. Pero no, no puede ser, no hay ningún rufián: son todo figuraciones mías. Este mundo sin luz, sin forma y sin color me está volviendo loca.
Avanzamos aún más despacio que ayer. Nyneve desciende de cuando en cuando del caballo, para verificar nuestros pasos. Le dejo hacer con una desgana tal que, si lo pienso bien, casi me asusta. Pero no lo pienso bien; a decir verdad, apenas pienso. La niebla me entumece el cuerpo y me vacía la cabeza. El tiempo transcurre sin sentir dentro de este embrutecimiento ciego y mudo. Hace algunos años, en un paso de montaña, tuvimos que dormir una noche al raso bajo una nevada. El frío se nos metió en los huesos y nos heló la sangre; y cuando la escarcha me llegó al corazón, supe que iba a morir y no me importó. Ese mismo desinterés es el que siento ahora: ese pecado de abulia contra el don de la vida. Aquella noche, en las montañas, nos salvó Nyneve. Había muerto congelado uno de los caballos, el viejo bridón que obtuve en el torneo, y Nyneve le abrió el vientre y nos metimos dentro, calentándonos con sus visceras y su pobre sangre. Pero ahora ni siquiera puedo recordar el vivo color rojo de aquella caverna salvadora: mi memoria está impregnada por el gris de la bruma.
Cabalgamos sin parar, aunque parece que no nos movemos. Tal vez nos hayamos metido en el mundo de las ánimas, sin haberlo advertido. Que la Virgen nos ampare: de tanto andar por los caminos, tai vez hayamos cruzado, sin saberlo, las puertas invisibles y malditas que conducen al territorio de los muertos. Puede que estemos condenadas a vagar para siempre jamás por esta desolación sin forma y sin color.
– Si quieres que te diga la verdad, Leo, creo que estoy empezando a hartarme de esta vida vagabunda -dice Nyneve, como si me hubiera leído el pensamiento.
¿Y ahora qué sucede? De pronto, los caballos se han detenido y se niegan a avanzar, por más que arrimemos los talones a sus flancos.
– Mejor desmontamos -dice Nyneve-. Quizá nos estén intentando avisar de algún peligro. Sé de más de un pobre desgraciado que se ha despeñado en plena niebla. Sin embargo, no parece que delante de nosotras se abra ningún abismo. De todas formas continuamos a píe, llevando a los animales de las bridas. Estamos atravesando lo que debe de ser una especie de bosque: a ambos lados de la vereda, robles y nogales se pierden en la niebla como un ejército fantasma. Los caballos cabecean y hacen girar sus grandes ojos asustados. Fuego me golpea el hombro con su hocico: ¿por qué seguimos avanzando en esta negra noche blanca?, me pregunta. Yo tampoco lo sé. Le acaricio la testuz y la tiene empapada. Es un agua insidiosa que se mete dentro de las venas.
Un siseo veloz junto a mi cara. Un pájaro plateado que me roza. Un golpe seco en la madera del árbol más cercano. Miro el tronco y lo veo: un cuchillo recién hincado y todavía vibrante.
– Nos atacan -susurro a Nyneve mientras desenvaino la espada.
Mi amiga también saca su puñal, aunque no es demasiado ducha combatiendo cuerpo a cuerpo. Pero sus certeras flechas no sirven de nada con esta bruma. Nos quedamos quietas, esforzándonos en descubrir al enemigo. No llevo puesto ni el almófar ni el yelmo, y lo lamento. Miro con ahínco la muralla gris que nos rodea, y los ojos me duelen de intentar traspasar las veladuras. Oigo roces. Chasquidos. Un pisar cauteloso alrededor. Ahora veo algo…, una sombra a mi derecha que vuelve a ser engullida por la bruma. ¡Y ahora me parece atisbar un fugaz movimiento por la izquierda! Doy vueltas sobre mí misma con la espada en la mano. No poder ver me angustia. -¡Cuidado! -grita Nyneve. Pero, antes de escuchar su voz, yo ya había presentido que el ataque llegaba: quizá oí un rumor, o advertí el movimiento del aire a mis espaldas. Percibo que algo roza mi cuello, pero doy un salto hacia un lado y al mismo tiempo me giro; y al volver a poner los pies en el suelo me inclino hacía delante e impulso el mandoble con toda la inercia de mi peso. Lo hago a ciegas, io hago sin pensar, lo hago con todo lo que sé como guerrero en la mejor estocada de mi vida. La hoja encuentra un cuerpo y se hunde en él. El hierro atraviesa a mi atacante. Veo su rostro muy cerca del mío, sus ojos desorbitados, un borbotón de sangre que le sube a la boca. Luego se desploma, arrancándome la espada de las manos. Recupero mi arma de un tirón y vuelvo a ponerme en guardia. Se oyen silbidos, palabras ininteligibles, pasos apresurados que se alejan. Permanecemos en estado de alerta durante un buen rato, pero parece que la confrontación ha terminado. Me acerco cautelosamente al cuerpo caído: es el rufián de los dientes caprinos y está muerto. En mis muchos años de combates he tajado y he herido, y he debido de arrebatar alguna vida. Pero este malhechor se ha dado tanta prisa en fallecer que se ha convertido en mi primer muerto inmediato e indudable. Mío y sólo mío, con su boca abierta para exhalar un grito que no llegó a salir y sus ojos vidriosos.