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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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– Sin duda Su Eminencia sabe que se trata de una cita de Cicerón, el sabio clásico… -dice Nyneve.

– Clásico o no clásico, peca contra el pudor y la decencia -gruñe el preboste.

Es una frase digna de la antigua corte de Leonor y del libro que estaba escribiendo Chapelain. Pero la Reina está encerrada en un sórdido castillo, la flor del Fino Amor se ha marchitado y ya nadie juega los juegos de las damas. Mi vecino de mesa también parece preferir el amor al matrimonio. Está tan pegado a mí que siento el calor de su aliento sobre mi oreja. Su osadía me asombra: a fin de cuentas, soy un hombre de hierro y estoy armado. A estas alturas todos nos encontramos ya un poco bebidos y podría responderle violentamente. De hecho, siento algo parecido a la violencia dentro de mí. Un deseo de abofetearle. De apretarle entre mis brazos. De dejarme apretar. Pero me inquieta no saber qué es lo que está viendo cuando me mira… Creo que me desea, pero ignoro qué es lo que desea.

A mi lado, Nyneve hace un ruido extraño, algo así como un resoplido. La miro y me alarmo: está toda en tensión, desencajada. Contempla fijamente algo en la distancia y yo sigo la línea de sus ojos. Observa a un grupo de hombres que acaba de entrar en la posada. Un puñado de bribones. He aprendido a reconocer a los rufianes a primera vista de tanto vivir en los caminos. Siento que mis músculos se tensan, que me pongo en guardia.

– ¿Qué sucede? -susurro.

Nyneve baja la cabeza y la esconde entre los hombros. Se diría que tiene miedo. Pero no puede ser, porque en todos los años que llevamos juntas jamás la he visto asustada.

– No pasa nada, pero vámonos.

Llama a la camarera de la cara quemada:

– ¡Muchacha! Enséñanos dónde está nuestro lecho…

Los bribones se han sentado lejos de nosotras. Son cuatro o cinco, pero uno de ellos se ha quedado de pie y nos está contemplando. Es alto, fuerte, un poco barrigudo pero sin duda un tipo duro. En el cinto, el oscuro relumbre de varios puñales. Hay algo repugnante y peligroso en su retadora postura de matón, en su cara feroz de rasgos demasiado grandes.

– Vamonos, Leo -repite mi amiga.

Sí, seguramente será mejor que nos retiremos. Me pongo de pie con cierta torpeza ebria y le echo una rápida ojeada a Gastón. Que, a su vez, me está mirando. Casi agradezco la irrupción de los bribones, e incluso el inquietante sobresalto de Nyneve, porque eso me permite, o, mejor, me obliga a huir. Huir, sí, hurtar el cuerpo, esconder la necesidad de la carne, no ponerse en riesgo. ¿Para qué complicarse la vida? Pero tengo la boca seca, la espalda agarrotada, las manos sudorosas… Y no creo que sea por los rufianes. Cuánta desazón puede llegar a producir el roce del muslo de un varón.

– Éste es el cuarto, mi Señor…

La voz de la muchacha me saca del torbellino de mis pensamientos. Hemos subido al piso superior de la posada y la chica ha abierto la puerta de una pequeña estancia en la que hay tres lechos. En uno roncan ya dos personas desconocidas para mí; en el otro distingo la cara emaciada del viejo mercader que comía sopas de pan, y el tercero está libre y es el nuestro. Por fortuna somos dos: sería mucho más incómodo y arriesgado tener que compartir la cama con cualquier extraño. La camarera nos abandona, tras dejarnos el cabo de una vela de sebo. Me quito la sobreveste, la armadura y la almilla guateada y me quedo en camisa. Nyneve ya está acostada. Me meto en la cama. El jergón es de paja y los cobertores están tejidos con linaza áspera y rasposa: pero el lecho resulta cálido y mullido para un pobre esqueleto acostumbrado a dormir sobre la dura y siempre húmeda tierra. Apago la vela de un soplido e intento adaptarme a la fetidez del ambiente y al clamor de los ronquidos de los compañeros de cuarto, que parecen heraldos locos tocando desordenadamente sus trompetas.

– Nyneve, ¿duermes? -susurro.

– Sí.

– ¿Qué ha pasado? ¿Quién era ese tipo malencarado y grande?

– No ha pasado nada y no era nadie.

– Pero tú le conoces…

– Sí. Por eso te digo que no es nadie. Déjame dormir.

Callo, rumiando las respuestas de Nyneve, su extraña reticencia a hablar, su tensión palpable. Yo también me siento desasosegada. Por la inquietud de mi amiga, y por ese raro joven tan buen mozo a quien yo creí ver feo y contrahecho.

– Nyneve…, ¿qué es eso de la Gaya Ciencia?

– Son los alquimistas… Ya te he hablado de ellos. Pretenciosos y estúpidos. Pero ahora déjame, que estoy cansada.

Yo también quisiera dormir, pero no puedo. Siento toda la piel erizada, como un gato en mitad de una tormenta. La puerta del cuarto chirría al abrirse y en el quicio aparece el llamado Gastón. Encogido sobre sí mismo y nuevamente con apariencia de jorobado. Lleva una vela encendida en la mano y se acerca con cuidado a cada uno de los lechos, buscando un lugar libre en el que acostarse. Cuando se aproxima a nosotras, aprieto los párpados y finjo respirar pesadamente desde el hondón del sueño; pero en cuanto se aleja, vuelvo a vigilarle a través de las pestañas. Ha descubierto ya su cama, que es la misma del mercader desdentado, y ha empezado a desvestirse. De pronto, se estira, se yergue, endereza las espaldas y parece que crece. Sale del disfraz de su fealdad como una mariposa de su capullo. Ha vuelvo a transmutarse. Veo la gracia con que mueve ahora su cuerpo ágil y flexible, su cuerpo ligero de gato sigiloso. Se ha quitado la camisa y solamente lleva puestas las ajustadas calzas. La luz de la vela, que ha dejado en el suelo, distribuye extrañas y temblorosas sombras sobre su piel. Su piel atirantada sobre los suaves músculos, su piel pálida encendida por el fuego de la pequeña llama. Al final de su espalda, justo por encima del calzón, me parece atisbar dos o tres rizos oscuros. Gastón empuja al viejo mercader para que se mueva y le haga sitio, se mete en el lecho y apaga su bujía. La oscuridad nos traga. Siento ganas de gritar. Aprieto entre mis dedos la espada, que está guardada dentro de su vaina. Siempre duermo aferrada a mi espada: tomé esta costumbre hace años, para evitar que me la robaran y para tener el arma a mano en caso de necesidad. Ahora, no sé por qué, recuerdo a Tristán e Isolda. Cuando Tristán e Isolda se enamoraron fatalmente, huyeron al bosque. Agotados, se acostaron el uno en brazos del otro pero sin desvestirse, y pusieron en medio de los dos la espada desnuda del joven, pues no querían profanar con su amor carnal el respeto que le debían al rey Marc, esposo de Isolda y señor de Tristán. El Rey, que les perseguía, les encontró mientras estaban dormidos. Conmovido al verles tan bellos y tan puros, les perdonó la vida y, en vez de cortarles la cabeza, como pensaba hacer, se marchó sin despertarlos. Pero antes cambió la espada de Tristán por la suya, para que supieran que el Rey había estado allí. Y para que los enamorados comprendieran que debían sus vidas al monarca y que, de algún modo, los dos eran hijos de su punzante acero. Pienso en todo esto ahora, en la oscuridad, abrazada una noche más a mi viejo mandoble. Pienso en Tristán, en los amores imposibles, en cuerpos hermosos e intocables separados para siempre por afilados hierros.

Me despierto de golpe, sobresaltada, con la sensación de estar a punto de perder el equilibrio. Abro los ojos y compruebo que Gastón no está. De nuestros compañeros de cuarto sólo queda el mercader sin dientes, que trastea entre sus bártulos apenas cubierto por una sucia camisa. Sus piernas enclenques están deformadas por oscuros manojos de anudadas venas.

– No es normal, en esta época del año… Tal parecería un castigo de Dios -farfulla el viejo para sí con gesto preocupado.

Advierto ahora que por el ventanuco se cuela una luz extraña, débil y pastosa, más parecida a la del atardecer que a la de la mañana. Salto del lecho rascándome ¡as ronchas, presintiendo que algo no va bien. Miro por la ventana y no veo nada. Me froto los ojos y vuelvo a mirar. Es como estar ciego.

– Hay una niebla terrible -dice Nyneve, entrando en el cuarto ya vestida-. Creo que nunca había visto algo parecido.

Recogemos nuestras cosas, pagamos la cuenta a la muchacha de la cicatriz y salimos en busca de los caballos. El mundo se acaba en la misma puerta de la posada. Ni siquiera somos capaces de ver el establo, de modo que tenemos que avanzar pegadas a la tapia para poder encontrarlo. Nyneve ya ha dejado preparados a los animales; a los dos bridones, el tordo Alado y mi hermoso alazán Fuego, y al palafrén castaño de paseo, Alegre. Al entrar en la cuadra, advertimos que los caballos están muy inquietos; incluso Alegre, siempre tan manso, tironea del ronzal con nerviosismo.

– Buenos días, mi Señor…

Doy un respingo. En la puerta del establo ha aparecido el bandido de anoche, salido de la niebla como de la nada: su corpachón robusto se recorta contra la blancura vaporosa del exterior. Sonríe torcidamente enseñando unos dientes grandes y amarillos semejantes a los de las cabras. Miro a Nyneve, que se ha quedado rígida, y doy un paso hacia atrás, para que las sombras del altillo caigan sobre mi rostro.

– Mi Señor, no sé si sabes quién es tu escudero… A lo mejor te interesa saber lo que yo sé, y a lo mejor hasta dispones de alguna moneda con la que premiar mis confidencias…

No digo nada. El rufián, que sigue parado en el umbral, achina los ojos e intenta escrutar mi expresión en la penumbra.

– Escucha, mi Señor… Ni siquiera es un hombre… Es una mujer, una maldita furcia… Y ándate con cuidado, porque, además, es una ladrona. La última vez que la vi le estaban rebanando la oreja por haberle robado la bolsa a un comerciante.

Pienso con rapidez. Puedo sacar la espada y hacerle tragar sus sucias palabras. Pero Nyneve no contesta, no se mueve. Nyneve ha escogido el silencio. En mis años de Mercader de Sangre he aprendido a conocer bien el peso y el valor de la violencia. Las incalculables consecuencias de cada mínimo gesto. Intento anticipar las intenciones del bellaco, como antaño intentaba adivinar los movimientos de Dhuoda en el ajedrez. Los compinches con los que andaba anoche deben de rondar por aquí terca: estoy segura de que este fornido canalla no está solo. Y de que su ambición no se saciará con unas pocas monedas. Escojo no hacer nada, salvo si se me obliga. No muevo un solo músculo: sé que una quietud impenetrable desorienta al adversario y a veces incluso atemoriza. Respiramos y callamos, convertidos los tres en estatuas de sal. Al cabo, el hombre se rinde:

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