Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Исторические детективы » El Misterio De La Casa Aranda
El Misterio De La Casa Aranda - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
1 ... 30 31 32 33 34 35 36 37 38 ... 75
Перейти на страницу:

– Su hija desapareció el mes de julio del pasado año. Sabemos que los restos pertenecen a una joven que murió asesinada en esas mismas fechas.

– ¿Y cómo diablos saben ustedes cuándo murió? ¿No dicen qué sólo son unos restos?

– Métodos científicos -sentenció Víctor muy seguro de sí mismo.

– Bah, paparruchas. ¿Y por qué afirman ustedes que ésa es mi hija?

De pronto, y para sorpresa de don Horacio, el joven subinspector dijo:

– El cuerpo es de una joven adinerada. Llevaba dos muelas de plata.

– ¡Ah! -exclamó don Cosme, muy pagado de sí mismo-. Ahí han errado ustedes de pleno. ¡Tanta ciencia, tanta ciencia…! Deberían informarse un poco antes de dar sobresaltos a la gente decente. ¡Qué desfachatez! ¡Sepan que el ministro sabrá de su incompetencia! ¡Pueden darse por despedidos! Mi hija, queridos señores sabelotodo, de pequeña, comía muchos dulces y a causa de ello se le pudrieron los dientes, en efecto, pero María de los Ángeles llevaba cuatro muelas de oro y no dos de plata. Siempre lo mejor, es mi lema. ¡De oro! ¡De oro! Así que, ¡hala, asunto resuelto!

El gigantón se había levantado, pero don Horacio permaneció sentado. Él y Víctor se miraron asintiendo. El comisario parecía sentirse orgulloso de su subordinado.

– ¿Qué? ¿Qué pasa ahora? -espetó don Cosme.

– El cuerpo que se ha encontrado tenía las muelas de oro. Cuatro -contestó don Horacio.

El comerciante montó en cólera:

– ¡No puedo creerlo! Pero ¿con quién se creen ustedes que están hablando? ¡Esto les va a costar caro, muy caro!

Víctor interrumpió al enfadado padre para decir:

– Su hija se rompió un brazo siendo niña, ¿verdad?

El otro quedó inmóvil, blanco, como el que ha encajado un puñetazo. Le costó recobrarse.

– Mire, caballerete -replicó-, déjese de monsergas y tonterías conmigo, porque…

– Su hija fue madre -agregó con rudeza el joven policía.

Don Cosme se quedó mudo.

Víctor siguió hablando:

– Mire, don Cosme. Me hago cargo de que éste es un mal trago, pero negar la realidad no nos va a devolver a su hija. Soy policía, mi dignidad profesional me obliga a guardar silencio de los detalles más delicados de los casos que investigo. Sólo quiero dar con el hombre que mató a su hija, y para eso necesitamos su ayuda. Veo que teme usted el escándalo, pero si se empeña en negarlo todo, el alboroto será aún mayor; la ley sigue su curso y tarde o temprano el asunto saldrá a la luz. ¿No ve usted que sólo queremos ayudarle? Necesitamos hablar con usted. Por favor, ayúdenos a cazar a ese bastardo…

Don Cosme se quedó mirando a aquellos hombres por un instante. Parecía haber entrado en razón, tenía los ojos enrojecidos y una visible apariencia de cansancio se había apoderado de él. De repente, su rostro adquirió un tono purpúreo por la rabia.

– ¡Váyanse al cuerno! -dijo, tras lo cual se giró y volvió a la casa.

Los dos policías quedaron mirándose.

– No entra en razón -dijo el más joven.

– No. Tendré que llamar mañana al ministro para que hable con él -repuso don Horacio-. Vamos, hijo.

Justo cuando el comisario hacía ademán de levantarse del banco, un sonoro y desgarrador grito rasgó la noche y Víctor dirigió la mirada al lugar en que momentos antes había visto a los Alvear. Allí, en el suelo y cubierto de sangre, se hallaba don Augusto; su mujer intentaba socorrerlo, mientras un joven, con levita negra, camisa blanca y corbata de lazo azul, gritaba sujeto por dos criados:

– ¡Tienes las manos manchadas de sangre, Augusto Alvear!

Los dos policías corrieron al lugar de los hechos. A lo lejos, en el salón principal de la casa, un cuarteto de cuerda interpretaba a Vivaldi.

Don Horacio se hizo cargo del herido y ordenó a Víctor:

– ¡Reduzca a ese energúmeno!

El agresor se zafaba por momentos del fuerte abrazo de los criados, pues, pese a tratarse de un joven menudo, con bigotillo e incipiente perilla, luchaba como un león por escapar. El subinspector llegó donde el forcejeo y, con calma y naturalidad, golpeó al preso en la entrepierna con la empuñadura de su bastón, un bello pomo de suave mármol, pesado y contundente que, como instrumento de defensa personal, le había sacado de apuros en más de una ocasión. El agresor se dobló como un junco y cayó al suelo sin resuello.

Víctor centró entonces su atención en el herido, que ya había sido trasladado a un sillón en el interior de la casa.

– No es más que pintura roja -dijo don Horacio con desgana mientras llevaban un vaso de agua con anís para don Augusto.

Doña Ana Escurza se volvió y dijo al joven subinspector:

– Vaya, don Víctor, está usted en todas partes.

– Es mi trabajo.

¿Habría acudido Clara a aquella fiesta? Miró en derredor, pero no la vio entre el gentío. Al ver que sólo se trataba de una gamberrada, los dos policías salieron al jardín; dos agentes que habían acudido corriendo desde Recoletos se hacían cargo ya del loco que había montado aquel escándalo.

– Un momento -dijo Víctor a los agentes que se llevaban al preso, y se dirigió a éste para preguntar-: Usted, ¿cómo se llama?

– Fernando Hernández.

Víctor quedó pensativo viendo cómo se alejaban con el detenido.

– ¿Vamos? -preguntó don Horacio-. Mi coche espera.

– Prefiero volver paseando a casa. No está lejos.

– De acuerdo. Por cierto, joven…

– ¿Sí? -dijo girándose Víctor, que ya echaba a andar.

– Ha estado usted muy bien. Ya sabe, con don Cosme. Muy bueno lo de las muelas de plata, le ha sonsacado hábilmente lo que queríamos saber.

– Sí, tuve suerte. Pero creo que hemos confirmado que el cuerpo de esa desgraciada es el de María de los Ángeles de Pelayo.

– Verá usted que tratar con los aristócratas es asunto difícil. No es como apretar las tuercas a un chulo de Vallecas.

– Me voy dando cuenta, don Horacio.

– A pesar de ello, sabe usted presionar cuando hay que presionar y ceder cuando es necesario. Es usted un tipo inteligente. Quizá demasiado. No se me tuerza con esas ideas liberales y le auguro un brillante futuro en este negocio. Ha hecho usted un buen trabajo esta noche, joven.

– Gracias, don Horacio, pero no veo las cosas tan claras como usted.

– Vaya a casa, vaya y descanse. Y buenas noches.

– Buenas noches.

Dicho esto, Víctor echó a andar hacia su pensión. Pensó en ir donde Lola «la Valenciana», pero necesitaba dormir. Aquellos dos casos se complicaban y, por primera vez en mucho tiempo, comenzaba a sentirse confuso. Ahora había aparecido en escena el amante desengañado, el verdadero amor de Aurora. Parecía un joven vehemente en lucha por algo que nunca podría alcanzar. ¿Cómo iba a poder casarse un don nadie como aquel con la hija de los Alvear? Pensó en sí mismo y en Clara. Sintió pena.

Había llegado hasta el palacio de Xifré que contempló absorto por su belleza. La noche era hermosa, fresca. Algún murciélago que otro, volando despreocupado, pasaba cerca de su sombrero hongo capturando mosquitos a la luz tenue de las farolas. La luna iluminaba aquella imponente construcción. Le recordaba un grabado que había visto de la Alhambra de Granada. Las ventanas de estilo árabe, los ajimeces que las cerraban, todo le recordaba a otra época lejana y exótica. Decían que construir aquel palacio había costado una fortuna, y no le extrañaba. Se sintió embargado por la belleza del instante. Cantaban los grillos. Se fue al burdel de Rosa.

Víctor se despertó pensando que, después de haber dormido algo, el mundo se veía de otra manera. Se sentía relajado. Lola se había mostrado más ardiente aún que de costumbre, más zalamera. Se había sentido algo incómodo cuando, la noche anterior, ella le dijo que «él era especial». Aquello no le gustaba. Lo suyo con Lola era una transacción comercial, algo físico. Era una tontería pensar que una prostituta se pudiera enamorar de un cliente, conocía el paño por su trabajo y sabía que, por lo general, aquellas mujeres acababan invalidadas emocionalmente. También sabía que muchas de ellas acababan en manos de chulos sin escrúpulos, precisamente por falta de cariño.

1 ... 30 31 32 33 34 35 36 37 38 ... 75
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)