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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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– En efecto.

– Bien, hemos tenido suerte de poder observar las larvas pero también algunos adultos que no han podido abandonar el cadáver. Vea, vea, este tipo de mosca se caracteriza porque en el estado larvario presenta ocho puntitos de color escarlata en los segmentos del voraz gusano, puntos que apenas se observan en tenue color verdoso en el tórax del ejemplar adulto. -Los dos policías miraron con la boca abierta por la potente e iluminada lupa-. Y ahora, Víctor, lea en la guía la época de puesta de huevos y eclosión de las larvas.

El joven policía tomó el pesado volumen y leyó en voz alta:

– «La Calyphora de ocho puntos suele poner sus huevos siempre en cadáveres recientes y en las primeras semanas del mes de julio.»

– Un momento. Obviando otras especies que se encuentran presentes en el cadáver y que estudiaré con más detalle en los próximos días y teniendo en cuenta que observo, por su tamaño, al menos dos oleadas de Calyphora en la muerta, puedo afirmar, por esta primera impresión, que esta mujer falleció en las primeras semanas de julio del año pasado. En suma, señores, y por no hacerme pesado, pues supongo que querrán retirarse a descansar, puedo afirmar que nos hallamos ante una mujer de entre veinte y treinta años de edad que fue asesinada en julio del pasado año, que sufrió una fractura en el brazo de niña, de buena familia, que fue madre en su momento y fue maltratada por un hombre zurdo que la mató de un certero navajazo en el costado izquierdo.

Los dos policías quedaron boquiabiertos.

– Me temo que tenemos mucho trabajo que hacer -dijo don Alfredo.

– Y que lo diga, don Alfredo -convino Víctor.

Estaba deslumbrado por las posibilidades que apuntaba la medicina forense. Era obvio que la ciencia podía ayudar a resolver multitud de casos, y pese a las objeciones de los más conservadores, él estaba decidido a incorporar esos métodos en su rutina diaria.

Capítulo 11

Cuando Víctor volvió, ya de madrugada, a su habitación de la pensión de doña Patro, se metió en la cama de inmediato. Necesitaba descansar. Después de dar mil vueltas en el lecho, decidió sentarse a su mesa y tomar algunas notas. No podía dormir, pensaba en Clara, en Lola. Hacía calor y necesitaba sentirse cerca de una mujer. No eran horas de acudir a casa de Rosa. Se sentía excitado en todos los sentidos, palpitante, despierto. Su mente comenzaba a funcionar como la perfecta maquinaria de un reloj. Ya no se sentía triste o perdido, tenía dos asuntos difíciles que resolver y eso lo estimulaba, le hacía sentirse vivo. No en vano se había metido en dos casos que se antojaban peliagudos y le comenzaban a quitar el sueño. El primero, el del libro maldito, lo tenía algo desconcertado. ¿Era posible que una casa estuviera encantada? ¿Existían los fantasmas? ¿Podía un libro influir sobre las personas hasta el punto de inducir al asesinato? Él creía que las respuestas a todas aquellas preguntas eran «no», pero, en el fondo, una pequeña lucecita hacía que despertara ese atávico miedo a lo desconocido que todo ser humano lleva dentro. Se hacía evidente que, en aquel caso, casi todos mentían o al menos, decían verdades a medias; ¿por qué? Doña Ana Escurza había llevado a cabo un auténtico número de circo para simular que el libro era un verdadero poder del más allá en un intento desesperado por exculpar a su hija, cargando las tintas en los aspectos más ultraterrenos de aquel extraño caso. Aun así, Víctor se hizo cargo del comportamiento de aquella dama porque pensó que él mismo, si se viera en una situación similar, haría cualquier cosa por exculpar de asesinato a un hijo.

Ansiaba poder entrevistarse con Clara, hablar con ella de tú a tú. Sentía que la joven no lo miraba con malos ojos, pero aquello no eran sino delirios de enamorado; ¿cómo iba siquiera a fijarse en él? Saber algo más sobre ella no le había desilusionado, al contrario. Era una joven moderna, leída, ¡sufragista! De haberla soñado, no habría resultado más atractiva, más apetecible.

También ardía en deseos de que le dejaran hablar con Donato Aranda, el marido agredido, ver a la esposa agresora y, por supuesto, consultar y examinar aquel maldito libro. Al día siguiente podría verlo, eso le había asegurado doña Ana Escurza. Pensó por un momento que en lugar de estar allí, de madrugada, mirando por la ventana y tomando absurdas notas sobre el caso, debería dormir un poco para estar repuesto y descansado a fin de examinar con los cinco sentidos el volumen maldito de La Divina Comedia, pero no podía dormir. Tenía la certeza de que la clave de aquel caso se hallaba en los sucesos acaecidos en época de don Diego Vicente Reinosa, «el Indiano», y su exótica esposa. Doña Remedios insistió en que todo había ido bien entre la pareja hasta la aparición de aquel holandés. Según dijo la ciega, don Diego Vicente habría utilizado sus influencias para que aquel espigado extranjero ingresara en prisión. ¿Habría datos de hacía cincuenta años en el ministerio? ¿Qué oscuro secreto escondía el Indiano? ¿Por qué dijo algo la filipina de «piratas» y «el Rincón del Diablo»? ¿Qué significaba aquello? Según había contado la anciana sirvienta, tanto el Indiano como su mujer seguían extraños ritos de santería filipina; ¿no sería aquella la clave para que la casa se encontrara encantada? Había leído en una enciclopedia que muchos habitantes de las islas Filipinas habían aunado el catolicismo a sus creencias previas. Aquello había originado un extraño revoltijo de supersticiones que desembocaban en la práctica de extraños ritos de santería.

Otra duda le asaltaba: ¿por qué hubieron de dejar su casa allende los mares y trasladarse tan precipitadamente a Madrid? Ésa podía ser la clave del asunto, aunque, ¿qué papel desempeñaba aquel maldito libro en el horrible crimen que se dio a continuación? Doña Remedios había hablado de supuestos pasadizos secretos que recorrían la casa. Víctor tenía ya una opinión formada al respecto, porque había inspeccionado para ello el sótano, la planta baja y el segundo piso. Le había interesado mucho la cocina. ¿Qué habría ocurrido en aquella casa en el pasado? ¿Por qué insistían todos en haber escuchado ruidos de fantasmas en los años en que estaba deshabitada? Curiosamente, ninguno de sus habitantes actuales había visto moverse objetos o que las puertas se abriesen y cerraran solas. Sí, habían oído voces, pero en sueños, claro. Resultaba todo muy extraño.

Por otra parte, el caso de las prostitutas se había complicado con la aparición de lo que parecía el cuerpo de una mujer de familia pudiente. El detective pensó que al día siguiente, hasta que llegara la hora de su entrevista con doña Ana para ver el libro, debía encerrarse en el archivo para intentar identificar a la asesinada. A pesar del entusiasmo que don Alberto Aldanza sentía por aquel caso, el sumario de las prostitutas no le resultaba ya tan atrayente. Era evidente que algún loco degenerado se dedicaba a matar chicas de la calle a las que introducía treinta reales en el bolso, pero no era la primera vez que alguien hacía algo así con las prostitutas de Madrid, ni sería la última. Pensó en Lola y se sintió excitado. Desde que comenzara a investigar el caso de la casa maldita, no había ido a verla. Sintió que necesitaba hacerlo, sentir su cuerpo junto al de la joven y hacer el amor, descargar toda aquella tensión que guardaba dentro. Volvió sus pensamientos hacia las prostitutas asesinadas. El asesino tenía una cómplice, una mujer anciana con una enorme verruga y de acento extranjero que recogía a las chicas por las calles para que aquel degenerado cometiera sus fechorías. Debía atrapar a aquel maníaco. Debía hacerlo por Lola «la Valenciana» y por las miles de jóvenes que, como ella, hacían la calle en Madrid de manera tan indefensa y expuesta.

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