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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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El otro bajó la mirada y contestó:

– No, me temo que no.

– ¿Cómo está usted? De ánimo, quiero decir.

– Hombre, pues la verdad, no todos los días intentan matarlo a uno, y menos su propia esposa.

Víctor miró a Clara preocupado, pero el joven continuó:

– No se preocupe, don Víctor, Clara es de absoluta confianza. Sólo quiere el bien de su hermana y el mío propio. Ella me ha contado todo lo que yo no sabía.

– ¿Lo del profesor de piano de Aurora?

– Sí; de haberlo sabido no me habría casado con ella. Mire usted, yo me casé enamorado de veras. Desde el primer día en que la vi no pensé en otra cosa que en hacerla mi esposa, pero su corazón era ya de otro hombre. Supongo que don Augusto me lo ocultó con la idea de que no se estropeara el casamiento, pero yo creo que debería haberlo sabido antes. Estaba en mi derecho.

– Sin duda debieron decírselo. Aunque usted notaría que Aurora…

– Sí, yo noté que ella no me quería, pero pensé que podría ganarme su amor siendo ejemplar como esposo, padre y amante. Fui tan tonto que creí que con el tiempo me amaría. Me he desvivido por ella, la he cuidado, intentaba hacerla reír, la llevaba al teatro, le compraba lo que deseaba, intenté que esta casa fuera de su agrado, pero…

– No hubo manera.

– No, no la hubo. Ahora lo he comprendido todo, gracias aquí, a mi cuñada Clara, que me lo ha contado con pelos y señales. Incluso lo de ayer, lo de la sangre.

– Era pintura, ¿sabe?

– Bueno, sí.

– ¿Notó usted algo raro en el comportamiento de Aurora?

– La verdad es que apenas llevábamos viviendo juntos unos días, partíamos en breve a París, así que no sé decirle.

– ¿Salidas y entradas a horas intempestivas?

– No.

– ¿Visitas extrañas?

– No, tampoco.

– ¿La notó usted especialmente rara el día de la agresión?

– No, en absoluto. Fue a comprar por ahí y a que le echaran las cartas.

– ¿Quién le echaba las cartas?

– No lo sé.

Clara interrumpió:

– Renato Minardi, «Psíquicus»; tiene la consulta en la Cava Baja.

– ¿Tenía mucha influencia ese hombre sobre ella?

Los dos negaron con la cabeza.

– No se lo tomaba demasiado en serio -comentó Clara.

– ¿Saben quién le recomendó a ese adivino?

– Su doncella, creo, o quizá Gregorio, no lo tengo muy claro -contestó la joven.

Víctor tomó nota. Desde aquel amplio dormitorio se veía la parte trasera de la casa, donde el descuidado jardín crecía indómito, aunque no exento de cierta belleza natural.

– Dígame, don Donato…

– ¿Sí?

– De la noche de la agresión, ¿qué recuerda?

– Lo cierto es que poca cosa.

– ¿Durmió usted bien?

– Sí, creo que sí. De hecho, oí los pasos de Aurora, pero estaba tan dormido que no me podía despertar. Una sombra cruzó por delante de mí, ante la ventana. Abrí los ojos a tiempo de protegerme de la primera puñalada.

– ¿Dijo algo ella durante la agresión?

– No, nada.

– ¿Hubo algo en su comportamiento que le llamase la atención?

– No, sólo que parecía resuelta a cumplir con su objetivo: matarme. Lo intentó hasta el final, a pesar de que la sujetaban los criados, y cuando al fin se vio reducida, fue como si perdiera la cabeza.

– Interesante eso que dice, muy interesante -murmuró Víctor. Luego, tras una pausa, añadió-: ¿Por qué cree que lo hizo?

– No lo sé. Ella no me odiaba como para hacer algo así, eso sí lo sé. No creo que hubiera sido capaz de matarme en circunstancias normales. Era como si estuviera…

– ¿Poseída?

– Sí, algo así.

– Ya. ¿Cree usted en la leyenda de esta casa?

– Mire, don Víctor, no sé qué pensar, pero convendrá conmigo en que ésta no ha resultado ser la casa de mis sueños; dormiré más tranquilo lejos de aquí.

– ¡Cómo! ¿Se marcha usted?

– Pues sí. Pronto llegará mi madre desde Barcelona. En principio, mi idea es trasladarme a casa de una tía mía que vive junto a Recoletos. Cuando ya me encuentre en condiciones de viajar y el médico me dé permiso, volveré a casa, a Barcelona. Sí, sé lo que estará usted pensando, pero no podría vivir junto a una mujer que ha intentado matarme. Lo siento. No quisiera parecer un cobarde, soy hombre de acción, pero no pienso quedarme aquí.

– Lo entiendo -asintió Víctor.

Clara añadió:

– Donato va a solicitar la nulidad eclesiástica del matrimonio, porque apenas duró unos días, y además terminó mal.

– Y su padre, Clara, ¿qué ha dicho de eso? -preguntó el detective.

– Me temo que no lo sabe aún -contestó el marido agredido-. Pero me da igual lo que opine, mi familia está informada y me apoya totalmente.

– Ya, claro. Me hago cargo. Ha sido usted muy amable al atenderme en condiciones como éstas. Se lo agradezco. Póngase bien, amigo, póngase bien.

Clara y Víctor salieron del cuarto y se dirigieron hacia las horribles y oscuras escaleras que llevaban a la planta baja.

– Es una pena -dijo el detective.

– Sí, ¿verdad?

– Sí, aunque se hace el fuerte, y lo es, está destrozado por dentro. Se le nota que todo esto le ha afectado emocionalmente. ¿Se ha fijado en un pequeño tic que tiene en el ojo derecho? Está hundido.

– No se le escapa una.

– Es mi trabajo, Clara, y es una lástima, sí. Su hermana y don Fernando no pueden estar juntos, y don Donato no puede hacer feliz a Aurora aunque quisiera. Las cosas deberían ser más sencillas. Si dos personas se quieren deberían tener derecho a estar juntas, ¿no?

El policía había reflexionado en voz alta. Habían llegado al recibidor; se detuvieron y quedaron frente a frente, mirándose a los ojos como embelesados.

– Sí, tiene usted razón, pero ahora, si Donato pide la nulidad, Aurora quedará libre y podrá casarse con Fernando.

– ¿Y su padre de usted la dejará hacer eso?

– Pues claro, nadie querrá casarse con una joven repudiada por intentar matar a su propio marido.

– Ya. Si se recupera, claro.

– Para eso confío en usted, Víctor.

Nuria, la criada, apareció en aquel momento e indicó al policía que don Augusto quería verle en la biblioteca. Víctor lamentó despedirse de su amada, que cada vez lo miraba con mejores ojos. ¿Acabaría su historia como la de Aurora y Fernando? Eso en el mejor de los casos, por cuanto lo más probable era que la joven no sintiera nada por él y lo tratase con tanta amabilidad porque él suponía su última oportunidad de recuperar a su hermana.

Decidió no pensar en ello.

Capítulo 15

Víctor halló a don Augusto en la biblioteca, donde lo aguardaba. Tenía cara de pocos amigos y contemplaba pensativo desde la ventana el exuberante e indómito jardín.

– ¡Hombre, nuestro joven policía! -dijo a modo de saludo, indicándole con la mano que tomara asiento; y, tras hacerlo, él hizo otro tanto y añadió-: ¿Desea usted algo: un café, un habano?

Era evidente que quería parecer amable, agradar al policía.

– No, gracias.

– Quería hablar con usted a solas.

– Aquí me tiene, a su entera disposición.

– Verá. Me consta que es usted un joven brillante y capacitado y no cabe la menor duda de que está llevando con tino este caso que, la verdad, está resultando un auténtico calvario familiar.

– Favor que usted me hace.

– Esta mañana se ha comportado de manera resuelta al quemar ese libro que espero no vuelva a aparecer -añadió el padre de Clara jugueteando con un abrecartas de plata.

– Tampoco me sorprendería demasiado que apareciese otra vez -repuso el joven detective.

– Bien, ya ha hablado usted con mi yerno, el joven Aranda.

– Sí, hace un momento.

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