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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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– Calma, calma -repuso Víctor-. Tranquilícense todos. Intentemos razonar.

– ¿Razonar, dice usted? ¿Ante algo como esto? -dijo Gregorio-. Ya me advirtió mi madre de que esta casa estaba maldita. ¡Dios se apiade de la pobre doña Aurora!

Doña Ana rompió en sollozos consolada por su marido.

– Confieso que estoy un poco confundido -dijo Víctor mirando de reojo a su amada, que lo escuchaba con atención-. Pero insisto en que no debemos perder la cabeza. El libro ha vuelto a su lugar, sí, pero eso no significa que lo haya hecho por sí solo.

– ¿Hay huellas en él? -preguntó don Alfredo Blázquez

– No.

– ¿Ve usted? Es un engendro maligno -remachó Gregorio-. Ha venido hasta aquí por sí mismo.

– Que no encontremos huellas en él no quiere decir que viniese volando; la persona que lo robó pudo usar guantes -contestó el subinspector Ros.

– ¡Nunca nos desharemos de él, nunca! -exclamó histérica doña Ana.

– Eso no es verdad, y se lo voy a demostrar -repuso resuelto Víctor-. A ver, Gregorio, encienda esa chimenea.

– Pero ¿qué va a hacer usted? -intervino muy alarmado don Augusto.

– ¿No irá a…? -dijo Nuria.

– ¡Silencio! Gregorio, haga lo que le he dicho. Esto es una investigación policial, se lo recuerdo a todos ustedes. Desde que don Alfredo y un servidor llegamos a esta casa, sólo nos hemos encontrado con mentiras, medias verdades y obstáculos. ¡Y ya está bien! Me da igual que sean ustedes nobles o plebeyos, ricos o pobres. Van a hacer lo que diga la policía a partir de ahora o me veré obligado a acusarlos de entorpecer la labor de la justicia. Y punto final. ¿No se dan cuenta ustedes de que nos las vemos con alguien que tiene una mente privilegiada? Don Augusto, su hija ha intentado matar a su propio esposo y languidece de fiebre cerebral en su cuarto, aquí no paran de ocurrir cosas raras y ustedes no hacen más que gritar y alarmarse unos a otros con supersticiones de viejas. ¡Se acabaron las tonterías! Mi compañero y yo vamos a resolver este caso, le pese a quien le pese. ¡Gregorio! ¿Cómo va eso?

– Listo.

Víctor se acercó a la chimenea y arrojó el libro al fuego con decisión. Doña Ana lanzó un alarido. Esperaron unos instantes y el maligno volumen comenzó a arder.

– ¿Ven? No pasa nada -comentó Víctor.

Parecía indignado. Don Alfredo nunca había visto así a su compañero, siempre tan comedido, tan estirado a veces.

– Pero… -intervino don Augusto-, ¿y si nos enfrentamos a fuerzas de carácter superior?

– Me niego siquiera a aceptar esa posibilidad. En este mundo, todas las maldades son obra del hombre, lo digo por experiencia. Nos enfrentamos a alguien inteligente, y encima nos lleva ventaja; dejen ustedes de ponernos piedras en el camino -conminó Ros.

– ¿A qué se refiere? -replicó el conde de Teresillas-. Mi hija Aurora no está en condiciones de hablar.

– Pero su yerno sí. Llevamos muchos días pidiendo que nos dejen entrevistarnos con él.

– Sólo tiene que decir cuándo quiere hacerlo.

– Esta misma tarde, a las seis.

– Así será. Que nadie diga que en esta casa se ponen trabas a la labor policial.

– Muchas gracias, señor, eso era lo que queríamos oír; y ahora, si nos disculpan, tenemos cosas que hacer. Tiren esas cenizas cuando se apague el fuego. Señoras…

Los dos policías salieron de la casa cariacontecidos. No hablaron durante el camino. Parecía que se enfrentaban a alguien o a algo de índole superior. Don Alfredo consideró que, aunque no lo hubiera querido reconocer, su compañero había quedado impresionado vivamente con aquel episodio. ¿Cómo había ido a parar aquel libro maldito a la biblioteca de los Aranda? Prefirió no hacer comentario alguno.

Apenas llegaron a Sol, Víctor se dirigió al despacho y estuvo casi una hora inspeccionando el cajón de su mesa en que había guardado el ejemplar de La Divina Comedia. Aplicó unos extraños polvos, observó con la lupa y al cabo dijo con evidente desesperación:

– Nada, ni una huella. O ha sido un ente espiritual o alguien lo bastante listo como para usar guantes. ¿Qué crees tú, Alfredo?

– Creo, mi querido amigo, que empiezo a considerar de otra manera los chismes y cuentos de viejas. No te diré más.

– Eso nunca, mi admirado Blázquez.

– ¿Estás seguro de que el libro era el mismo?

– Sin duda, pero ya he tendido un anzuelo al quemar el libro con tanta pompa y espectáculo.

– ¿Cómo?

– Ya lo verás, Alfredo, ya lo verás. Si esta treta mía no sale bien, me temo que los de la casa habrán de llamar un cura para que limpie aquella horrible morada. Y ahora, si me disculpas, he de ver al detenido, don Fernando Hernández.

A pesar de que era casi la hora de comer, el joven detective bajó a los calabozos para hablar con el desesperado enamorado de doña Aurora. Antes de entrar en la celda se topó con don Braulio, el médico, quien, tras saludar a Víctor, le dijo:

– Ya he atendido a su hombre. Le he puesto un fuerte vendaje en el torso, porque tiene dos costillas fisuradas, le he suturado el labio inferior y le he vendado dos dedos que tiene rotos. Le han dado de lo lindo, ¿con quién se ha metido ese joven?

– Me temo que con quien no debía. Muchas gracias, doctor.

El detective entró en la celda y cerró la puerta tras él. Allí le esperaba el detenido.

– Bueno, bueno… ¿Ha comido usted algo?

El otro negó con la cabeza. El policía volvió a salir y ordenó que le trajeran un tazón de café con leche. Esperó a que el prisionero bebiera algo, lo que éste hacía con dificultad debido al labio roto y a las contusiones de su rostro y barbilla. Después de que el músico sorbiera el café con ansia, Víctor comenzó diciendo:

– Bueno, don Fernando, ¿se encuentra mejor?

– Gracias, don…

– Don Víctor Ros Menéndez, subinspector de policía. ¿Por qué hizo usted una locura como esa?

– Gracias, don Víctor; no es usted como sus compañeros.

– Ya, ya. Conteste a la pregunta si es tan amable.

– Estaba furioso. Don Augusto es el único culpable de la situación de Aurora.

– ¿Del ataque a su marido?

– No, no. Me refiero a su infelicidad.

– Por cierto, ahora que lo menciona, es sólo un pequeño detalle, pero ¿cómo sabe usted lo del ataque? Nada de ello ha trascendido a la opinión pública.

– Ah, ya sé por dónde va usted -dijo el joven músico-. Sí, seguro que don Augusto y su familia pretenderán que yo cargue con la responsabilidad de lo que hizo la pobre Aurora. Ya me lo imagino: «El músico rumiando rencor por su situación indujo a la pobre chica a…».

– Conteste, por favor. Insisto.

– No vea usted fantasmas donde no los hay. Me lo contó su doncella. Nos pasábamos notas a través de ella.

– Parece razonable. ¿Esperaba algo así de Aurora?

– No, nunca.

– Intentó suicidarse.

– Eso fue diferente.

– ¿Es Aurora una joven nerviosa, digamos que con propensión a la histeria? -preguntó Víctor tras una pausa.

– ¡Qué va! Es una mujer templada. Sabe lo que quiere. No parece una aristócrata.

– Como su hermana, Clara.

– Exacto. Parece mentira que dos jóvenes tan sencillas hayan sido educadas en esa casa pomposa y falsa.

– Sí, no le falta razón -asintió Víctor-. Por cierto, ¿vio usted a Aurora en las últimas fechas?

– Sí, dos veces, la última, el día del ataque.

– ¡Cómo! ¿La vio usted?

– Sí, dio una excusa en su casa. Salió con su doncella para «hacer unas compras» y la chica nos dejó a solas en un café.

– ¿De qué hablaron?

– De nosotros. Se sentía desgraciada. Lloraba sin cesar.

– ¿La vio usted excitada en exceso?

– No; excitada, no. Triste por su… nuestro destino.

– ¿Como para cometer una locura?

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