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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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A la mañana siguiente, y debido a la falta de sueño, Víctor llegó al ministerio atontado y somnoliento, por lo que, tras tomar un par de cafés, se encerró en el archivo para intentar sacar algo en claro sobre el caso de las prostitutas asesinadas. En primer lugar procuró centrarse en la chica de las muelas de oro. Una simple prostituta no podía costearse algo así, de manera que aquello le inducía a pensar que el cadáver correspondía a una chica decente y de familia adinerada. Don Horacio Buendía defendía que un buen archivo policial era un arma muy poderosa en manos de los agentes de la ley, y Víctor comenzaba a comprobar que aquello era muy cierto. En la búsqueda de la identidad de la finada -se centró en los meses de mayo a agosto del año anterior-, halló multitud de denuncias de desaparición de prostitutas, algunas de las cuales aparecían después con el certero navajazo en el costado. Aquello le hizo ponerse en guardia. Decidió enfrascarse en una búsqueda más intensa y efectiva; quería hallar el primer caso de una meretriz asesinada de aquella manera, así que aunque los informes eran exiguos y en la mayoría no se hacía referencia a los objetos que portaban las víctimas, identificó la que él creyó primera víctima de aquel verdugo: Agapita Ridruejo Rullán, una joven que había aparecido asesinada hacía entonces dos años y medio. No encontró ningún caso anterior. Sumó el número de chicas asesinadas de una puñalada en el costado en esos dos años y medio y se encontró con que la cifra alcanzaba la friolera de ¡veintisiete mujeres! Una al mes durante dos años, pensó para sí. Se hallaba ante un asesino peligroso, un pez de los gordos. El número de prostitutas desaparecidas ascendía a setenta y siete, pero aquello no podía atribuirse, evidentemente, a la mano de aquel asesino, pues muchas de ellas volvían a casa, huían de su chulo o eran asesinadas por cuatro perras por algún matón o por su propio proxeneta. Sintió pena y vergüenza al comprobar que nadie se ocupaba de velar por aquellas chicas. Comenzó a pensar que, como decía don Alberto Aldanza, aquel era un caso grande y se centró en la identificación de la chica de posibles, la de las cuatro muelas de oro. Halló una ficha interesante: María de los Ángeles de Pelayo y Diez, hija de un acaudalado comerciante natural de Madrid, había desaparecido el 7 de julio del año anterior. La familia denunció el caso y ofrecía una recompensa a quien pudiera proporcionar información sobre el paradero de la joven, vista por última vez en compañía de una dama de edad avanzada paseando por los jardines situados en la Plaza de Oriente, frente al Palacio Real. Víctor sintió un escalofrío.

En aquel momento entró don Alfredo, quien le dijo:

– Vamos, Ros, tenemos una cita; no querrás perderte lo del libro maldito, ¿no?

En la casa de la calle San Nicolás, Nuria los hizo pasar al saloncito que había junto al recibidor. Allí aguardaba Clara, leyendo.

– Pasen, pasen, mi madre les pide excusas, no tardará en llegar.

Víctor quedó petrificado; había dormido poco, y no estaba como para recibir muchas impresiones. Los últimos acontecimientos lo tenían sumido en una horrible sensación de irrealidad que le ponía nervioso y lo irritaba profundamente.

Don Alfredo sonrió para sus adentros y preguntó por el excusado a la criada. Cuando vino a darse cuenta, Víctor se halló a solas frente a su amada, cara a cara. Estaba de pie, inmóvil y tenso, y notaba que le ardían las mejillas, así que ella con una sonrisa divertida le dijo:

– ¿No va a sentarse, don Víctor?

– Sí, gracias, gracias.

Se sentó mirándola embobado. No podía creerlo, él que se sentía tan seguro de sí mismo, tan engreído con su ciencia, su cuerpo de policía y todas aquellas zarandajas, se desmoronaba como un pelele ante una joven de apenas veinte años. Intentó rehacerse y decir algo; ¿cuándo volvería a tener una oportunidad como aquella?

– Le conozco -dijo la chica.

– ¿Del Paseo del Prado? -contestó él metiendo la pata.

Ella rió sonoramente.

– No, no, de la prensa. Usted desactivó la célula radical de Oviedo, ¿verdad?

Víctor se quedó helado; ¿cómo podía ella saber aquello?

– ¿Y cómo sabe eso usted?

– Leo la prensa, Víctor, El Imparcial, y no olvide que soy aficionada a las novelas de detectives. No me pierdo una sola información referente a sucesos, puede decirse que soy una detective frustrada.

El joven sonrió. Estaba gratamente impresionado por la graciosa naturalidad de aquella damita. No parecía una engreída señorita de la alta sociedad; al contrario, era una joven de trato cordial y buenas maneras, dulce y sencilla a la vez.

– ¿Es usted liberal?

– Sí; ¿le extraña?

– Hombre, siendo una dama… y de su clase social…

– ¿Qué ocurre? -repuso ella haciendo un mohín-. ¿Una mujer no puede tener ideas políticas?

Entonces Víctor entrevió una oportunidad de utilizar la información que le había dado Nuria, la criada.

– No me malinterprete, Clara, soy hombre de ideas avanzadas. Incluso estoy a favor del voto femenino -y al ver el agrado reflejado en el rostro de la chica, añadió-: Sólo es que al ser usted de clase social alta, pensé que sería de tendencias conservadoras.

– Ése es mi padre.

– Ya. Pues aclarando la pregunta que me hacía, le diré que sí, que yo fui el artífice de la detención de los radicales de Oviedo, pero creo que ya no me siento tan orgulloso de aquello como antes.

– ¿Y eso?

– No sé -dijo él, desvelándole sin pensarlo sus más íntimos sentimientos-. Aquello me valió un ascenso, el reconocimiento de mis superiores y los halagos de la prensa, pero en el fondo me siento como un traidor.

– Los radicales no hacen ningún bien a este país.

Aquella joven pensaba exactamente como él. No podía ser tan perfecta. A punto estuvo de pellizcarse para asegurarse de que no soñaba. Era bella, dulce y liberal.

– Vaya, señorita Clara, pienso lo mismo que usted. Yo estoy con Sagasta. Creo firmemente que en este atrasado país hay que hacer los cambios poco a poco, desde dentro. Es un político brillante, que tuvo la suficiente visión de Estado como para moderarse.

– Yo no lo hubiera expresado mejor -afirmó ella mirándole a los ojos.

Se sintió azorado. Entonces, intentando adoptar un aire lo más profesional posible, cambió de tema:

– Por cierto, Clara, ya que estamos a solas, querría hacerle unas preguntas sobre su hermana, si usted me permite.

– Sí, claro, claro -dijo la chica solícita-. Si puedo ayudar en algo, me sentiré muy satisfecha de hacerlo.

– Bien, bien. Hábleme de su hermana. ¿Qué tal era? Perdón, es…

– Un encanto, agradable, siempre de buen humor y con ganas de ayudar a los demás. Una joya; ya sé, usted dirá «habla así porque es su hermana», pero de veras le resultaría difícil conocer a una chica con mejor corazón que ella aunque revolviera todo Madrid.

– Su hermana tiene…

– Veintidós años.

– Ya, y usted dieci…

– Veinte recién cumplidos.

– Perdone que le pregunte la edad, no quería ser descortés, sólo pretendía hacerme una idea de la diferencia de edad que hay entre ustedes dos. Parece que mantienen una buena relación.

– Sí, claro, estuvimos juntas en el internado, en Suiza. Me resultó duro al principio, no en vano yo era muy joven cuando llegué, mi hermana ya llevaba dos años en aquella escuela cuando yo me incorporé y me ayudó mucho a adaptarme.

– ¿Cómo es la relación de su hermana con don Donato, su marido?

– Sólo llevaban unos días casados, así que no sé cómo les resultaba la vida matrimonial, pero debo decir que su noviazgo fue absolutamente normal.

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