El Misterio De La Casa Aranda
- Автор: Тристанте Джеронимо
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
– No, no, en absoluto. Aurora no es capaz de algo así.
– Pues lo hizo. ¿Qué cree que la pudo empujar a hacer algo como eso?
– No lo sé. Repito que ella sería incapaz de hacer daño a nadie.
– ¿Pudo ser inducida por alguien?
– No, no. Es incapaz.
– ¿Le habló en los últimos tiempos de alguien que usted considere sospechoso?
– No. Que yo sepa, no.
– ¿Sabe si habló con alguien, además de usted, aquella tarde, antes de volver a casa?
– No, con nadie. Bueno, antes de verme a mí, sí. Había ido a su vidente.
– ¿Su vidente? -dijo Víctor alzando las cejas. Aquello le interesaba.
– Sí, un papanatas de esos que echan las cartas. Iba a menudo desde hacía un año. Le obsesionaba saber si podríamos casarnos y vivir felices.
– ¿Podía ejercer ese vidente una gran influencia en Aurora?
Fernando rió.
– No, hombre, no. Eso es imposible; simplemente, le echaba las cartas. Tampoco ella le daba mucha importancia.
– ¿La notó usted rara? Al hablar, al expresarse…
– No, totalmente normal.
– ¿No hablaba como si hubiera ingerido alguna droga o algo similar?
– No, no, seguro que no.
– Ya. -Víctor hizo una pausa para liar un cigarrillo. Mientras sus ágiles dedos daban forma al pequeño cilindro blanco, dijo-: ¿Y qué piensa usted hacer?
– Si me dejan, salir de aquí.
– No creo que haya cargos de gravedad. Total, tirar un poco de pintura no es un delito de importancia. Saldrá, buen hombre, saldrá, pero no haga más tonterías, por amor de Dios.
– Me gustaría verla, pero me es imposible.
– Ni yo he podido hacerlo.
– Creo que está maclass="underline" fiebre cerebral.
– Sí, eso me han dicho. Pero no me trago que tres mujeres se hayan vuelto locas de esa manera en cincuenta años. Creo que aquí hay gato encerrado y pienso atrapar al culpable.
– Hágalo, don Víctor, hágalo. ¡Y devuélvame a Aurora!
– Lo intentaré, no le quepa duda. Todo depende de hasta dónde haya llegado el criminal que la indujo a actuar así. Me temo que le hicieron ingerir alguna droga. No sé si los efectos serán permanentes.
– ¿Cree que podrá solucionar el caso?
– He empeñado mi palabra en ello. Y mucho más -añadió pensando en Clara-. Ahora debo irme. No se meta en más líos, por favor.
– Descuide.
– Mejor así -concluyó Víctor saliendo de aquella mugrienta celda.
Capítulo 14
Después de su entrevista con don Fernando, el músico enamorado, Víctor acudió a la pensión de doña Patro donde comió con fruición un gazpacho y unos filetes que la mujer había preparado con mimo para sus huéspedes. Durmió una breve siesta y a eso de las cinco y cuarto salió hacia la calle San Nicolás dando un paseo. El verano estaba resultando tórrido, por lo que el joven policía buscó las callejuelas más angostas y sombreadas en el trayecto a la casa maldita. Aquel caso comenzaba a preocuparle, pues aunque se tenía por hombre racional, los últimos acontecimientos le habían causado una extraña sensación, algo que provocaba que las dudas comenzaran a asaltar a su hasta ahora lúcida mente. ¿Cómo podía aquel maldito libro haber vuelto a su destino? ¿Habría -como él pensaba- una mano humana tras todos aquellos acontecimientos? Pero, de ser así, ¿cómo podía nadie inducir a tres damas a cometer el mismo crimen una y otra vez? ¿Y a lo largo de cincuenta años? ¿Qué papel desempeñaba el misterioso libro? ¿Estaría maldito aquel volumen?
Una cosa era segura: lo iba a averiguar. Al haber quemado el libro había lanzado un órdago que podía resultar definitivo: si el libro no volvía a aparecer podría afirmar que aquello no era en absoluto un negocio del otro mundo; y en caso de que volviera a su lugar en la biblioteca, el joven había ideado la manera de saber si aquel era un trabajo de manos humanas o supraterrenales.
Llegó a casa de los Aranda deseoso de entrevistarse con don Donato. Tras saludar a Nuria -que, como siempre, le abrió la puerta solícita- se dio de bruces con Clara, que al parecer lo esperaba.
– Buenas tardes, Clara -saludó muy atento a la vez que entregaba el bastón y el sombrero a la criada.
– Viene usted a ver a Donato, ¿verdad?
– En efecto.
– Es un buen hombre. Creo que todo esto le ha superado.
– Me temo que esto nos está superando a más de uno.
– Pues a usted se le ve desenvolverse bien.
– Hago lo que puedo. ¿Y sus padres?
– Ahora vendrán. Han ido a merendar con unos amigos. Si me sigue, lo acompañaré a la habitación donde se recupera Donato.
Los dos jóvenes subieron lentamente la escalera.
– ¿Y su compañero? -preguntó ella buscando un tema de conversación.
– No ha podido venir. El cumpleaños de una nieta es una causa de fuerza mayor.
Al oírle, Clara sonrió como dándole la razón. Llegados al primer piso, giraron a la izquierda. Alcanzaron una puerta al final del largo pasillo. Ella llamó y se escuchó una voz grave que decía: «adelante».
– ¿Puedo entrar con usted?
– ¿Como espía al servicio de sus padres?
Ella volvió a sonreír.
– No. Me preocupa mi hermana. También Donato. Y el pobre Fernando. Además, me gusta verle trabajar, ver cómo juega con los demás para llevarlos a donde usted quiere.
Él sintió que se azoraba. La joven lo advirtió y le miró divertida.
– Bueno, Clara, me temo que después de tanta lisonja no me queda más remedio que dejarla pasar conmigo, sea o no una espía. Pero eso de que yo juego con la gente no es del todo cierto. -Una nueva sonrisa iluminó el corazón del policía-. Bien, vamos -añadió.
El joven se hizo a un lado para dejar paso franco a su amada. Enseguida vio al convaleciente don Donato, incorporado en el lecho gracias a una montaña de almohadas. Parecía estar leyendo la prensa en el momento de la llegada del detective. Era Aranda un joven bien parecido, llevaba un costoso batín de seda roja sobre el pijama y tenía un rostro despejado y resuelto, lo que, junto con sus ojos plenos de determinación, daba a su dueño el aspecto de un hombre decidido y ambicioso. Era de cabello moreno, tez oscura y barbilla poderosa, marcada, de hombre acostumbrado a ganar.
– Don Víctor -comenzó muy serio-, perdone que no le haya recibido antes, pero…
– No se excuse, no se excuse. Lo importante es que se ponga bien.
– Estoy en ello -contestó con un halo de tristeza en la mirada.
El detective y Clara tomaron asiento en dos sillas junto al lecho del doliente. Donato Aranda llevaba un brazo en cabestrillo, pero por lo demás tenía buen aspecto. Era un joven de fuerte complexión.
– ¿Leyendo la prensa?
– Compruebo el valor de mis acciones. Me ayuda a distraerme.
– ¿Y cómo se da la cosa? -inquirió Víctor para ir ganándose la confianza del testigo.
– Bien, como casi siempre. Los Fondos Públicos cerraron bien ayer, los Pequeños a 12,35 y los Bonos del tesoro a 60,70. Me ha ido peor con las sociedades; Agosto 2000 cerró ayer al 0,003.
– Como si me hablara usted en chino -reconoció Víctor, lo cual arrancó una carcajada en la joven y en Aranda.
– No es tan difícil como parece. El secreto es invertir un poco en todos los valores. Así nunca se pierde.
– Sí, pero para ello hará falta mucho dinero, ¿no?
– Ahí no le falta razón, don Víctor.
Clara contemplaba al policía admirada. Se había metido al testigo en el bolsillo en un santiamén charlando con él sobre asuntos que le eran familiares a su interlocutor.
– ¿Cómo se encuentra? -preguntó el sabueso.
– Bien; el médico dice que las heridas, aun siendo graves, no son mortales, ni mucho menos, así que aquí me tiene, deseando levantarme.
Víctor sacó su bloc de notas y dijo:
– Me alegra que sea usted un hombre activo, decidido. ¿Ha visto ya a su esposa?