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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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Víctor pasó la tarde embebido en la lectura del volumen, más por afán de investigación que por el disfrute de aquella perla literaria. Debían de ser las nueve y cuarto cuando don Horacio hizo su aparición en el despacho donde Víctor, algo decepcionado por la falta de progresos, permanecía absorto en el texto a la luz de un quinqué.

– Vaya, joven, leyendo… Así me gusta.

– Es el libro del caso de los Aranda.

Don Horacio, sorprendentemente, no prestó mucha atención al oscuro ejemplar de la obra de Dante y dijo:

– Hemos de darnos prisa. Quiero que hablemos esta misma noche con don Cosme de Pelayo, el padre de la chica esa.

– María de los Ángeles.

– La misma; ¿está seguro de que ese cuerpo corresponde con las características de la joven?

– He leído la denuncia y el informe y me temo que sí, que es ella, aunque antes querría hablar con el padre, si es posible. Hay algunas cosillas que me gustaría comprobar antes de confirmar la certeza. Si me deja usted hacer, claro.

– Que Dios nos perdone por el disgusto que vamos a dar a ese hombre. Haga lo que tenga que hacer, pero no se me extralimite. Asiste esta noche a una reunión social, pero creo que nos atenderá, ya que se trata de un asunto tan importante. Vamos, y que sea lo que Dios quiera.

Capítulo 12

De camino al palacete del marqués de Salamanca y en medio del traqueteo que el adoquinado producía en el coche de caballos de don Horacio, Víctor no pudo evitar romper el silencio para decir:

– Perdone, señor comisario, pero si se me permite, me gustaría hacerle una pregunta que…

– Diga, joven, diga.

– Pues bueno, el caso es que usted mismo me ordenó que no continuara con las pesquisas sobre las prostitutas muertas, y ahora, en cambio, se muestra interesado en el caso.

El bueno de don Horacio Buendía rió a carcajadas. Parecía divertido.

– Claro, hombre. Según parece, ese tipo asesinó a María de los Ángeles de Pelayo, una joven de buena familia.

– ¿Sabía usted que, según mis cálculos, este vil asesino ha matado a más de veinte prostitutas en menos de dos años y medio?

– Sí, claro, he leído su informe con toda atención. ¿Y…?

– Pues que no se interesa usted por la muerte de veinte chicas y, en cambio, la de una sola provoca que nos tomemos en serio el caso.

– ¿Otra vez con esas tonterías? Creo que ya se lo expliqué claramente en mi despacho: esas pobres descarriadas no le importan a nadie; ahora bien, no podría permitirme que se supiera que no se ha investigado la muerte de la hija de don Cosme de Pelayo por mi culpa. Eso podría costarme el puesto.

– Ya.

– Sí, joven -añadió Buendía con tono condescendiente-. Sé lo que piensa, pero la vida es así y siempre será así; ¿o acaso no sabe usted, a su edad, que el ejército, la Iglesia, la policía y hasta el mismo Gobierno están al servicio de los poderosos?

– Sí, lo sé.

– Pues entonces, hombre, déjese de tonterías y trinque a este asesino. No piense tanto, actúe, amigo, actúe.

– ¿Y el caso de la calle San Nicolás?

– También, claro. Además, ahí trabaja usted con Blázquez. Está usted perfectamente cualificado para llevar adelante los dos trabajos. Y no se hable más.

En aquel momento, el coche llegaba a la pequeña rotonda que daba la bienvenida al palacio del marqués de Salamanca, un moderno y llamativo palacete situado en Recoletos, al que acudían por decenas los carruajes de los ilustres invitados a la recepción de aquella noche. Los dos policías bajaron ante la puerta. El palacio estaba construido en dos alturas y mostraba bien a las claras que era la casa de un hombre pudiente. Don Horacio y Víctor accedieron a la balaustrada que, formada por tres amplias puertas de grandes cristaleras, daba paso al lujoso recibidor. Al ver que no vestían de etiqueta -Víctor llevaba un traje beige de mezclilla y don Horacio una levita gris oscura-, uno de los sirvientes se les acercó y les pidió que se identificaran.

Don Horacio hizo saber al criado quién era y le pidió que avisara al mismísimo marqués. Así lo hizo. Mientras esperaban algo cohibidos por el ir y venir de señoras y caballeros por aquella amplia estancia, Víctor reparó en los lujosos vestidos de las damas, que lucían sus más vistosas alhajas. También destacaba la elegancia de los caballeros, todos ellos vestidos, cómo no, de frac. El joven policía pensó que uno solo de aquellos trajes valía más que su sueldo de dos meses. Ironías del destino.

– Hombre, don Horacio -dijo el marqués tendiendo la mano al comisario al que todo Madrid conocía.

El anfitrión de aquella recepción era un hombre maduro, calvo y con el pelo, que aún conservaba en las sienes, plateado. Bajo su prominente nariz, a modo de pegote, se delineaban unos finos labios que más parecían una simple línea horizontal situada sobre su saliente barbilla que una auténtica cavidad bucal. Don Horacio le presentó a Víctor y dijo:

– Señor marqués, disculpe usted nuestra llegada de esta manera pero debemos ver urgentemente a uno de sus invitados: don Cosme de Pelayo.

– ¡Cómo! ¿Ha ocurrido algo?

– Me temo que así es; se trata de su hija, que desapareció hace más de un año. Creo que tenemos noticias para él.

El marqués hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y con expresión apenada contestó:

– Esperen un momento, ahora mismo vendrá.

Tras la marcha del anfitrión, un criado los llevó a los jardines de la parte trasera del palacio, donde una fuente rodeada de un amplio seto proporcionaba algo de frescor en aquella calurosa noche de agosto. Algunas parejas pelaban la pava aquí y allá y en un par de grupos algunos invitados charlaban en animada conversación, atendidos con esmero por los solícitos sirvientes del marqués.

– Bien podían habernos llevado a algún despacho, éste no es un asunto menor, ni mucho menos -comentó con fastidio el comisario.

Víctor observó que todos los miraban con mala cara, como indicándoles de manera silenciosa pero firme que estaban fuera de lugar. Al fondo, sentados en un banco, vio a don Augusto y a doña Ana Escurza hablando con un grupo de aristócratas. Se dio la vuelta para que no le vieran la cara. No tenía ganas de hablar con aquella gente.

Al poco acudió don Cosme. Era un individuo grande, enorme, de amplia cabeza, calvo y con una sola ceja negra y poblada que, surcando su frente, le daba un aire fiero y amenazador. Tendió una de sus enormes manazas y estrechó con firmeza las de los dos policías. Al parecer, y según decía don Horacio, aquel hombre había ganado una verdadera fortuna comerciando con las Américas. Poseía una flotilla comercial anclada en Pajares.

– ¿Ha sucedido algo malo?

– Me temo que sí, don Cosme -contestó don Horacio en tono servicial-. Tenemos noticias sobre su hija, María de los Ángeles.

El rico comerciante miró a uno y otro lado, como el que teme ser escuchado, abrazó por el hombro a don Horacio y se encaminó con él hacia una zona donde la vegetación del jardín se hacía más tupida. Allí, lejos de oídos indiscretos, se sentó en un banco que quedaba al abrigo de un inmenso baladre e indicó a los policías que tomaran asiento. Víctor permaneció de pie. Quería poder observar las facciones del hombre en cuestión.

– Ustedes dirán.

Don Horacio habló quedamente:

– Mire, don Cosme. Han aparecido los restos de una mujer. Hemos repasado los archivos, y pensamos que puede tratarse de su hija.

– ¿Mi hija? ¡Qué tontería! ¡Mi hija no está muerta! ¿De dónde se sacan ustedes que ese cuerpo puede ser de mi María de los Ángeles?

Víctor tomó la palabra. Intentó hablar respetuosamente.

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