El Misterio De La Casa Aranda
- Автор: Тристанте Джеронимо
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
Víctor lo negó; no era especial. Dijo a la chica que era tan miserable como los clientes que explotaban a aquellas jóvenes por un puñado de pesetas, pero ella insistió de nuevo, mirándolo con sus profundos ojazos, en que él era diferente. Doña Rosa y las demás putas le habían reprendido porque últimamente no iba mucho por allí. No se le permitió pagar. Se había convertido en una especie de esperanza para las mujeres de la calle, que lo adoraban. No sabía cómo tomárselo, la verdad. Decidió que nada hacía malo luchando por aquellas desgraciadas y se permitió algo de autocondescendencia.
Algo más animado que la tarde anterior llegó a la sede del ministerio en Sol. De inmediato bajó a los calabozos para entrevistarse con Fernando Hernández. Cuando entró en la celda en que permanecía recluido el joven músico, el detective sintió una oleada de indignación.
El pretendiente de Aurora permanecía recostado en el camastro respirando con dificultad, pero al ver entrar al policía se arrebujó bajo la manta y de un salto se alejó cuanto pudo del agente. Parecía un animalillo asustado, semiescondido en el extremo de la cama. Tenía un ojo morado, le sangraba el labio y mantenía el brazo derecho pegado al cuerpo como si lo tuviera lastimado.
– No tema, hombre.
– Le recuerdo muy bien; usted me golpeó con el bastón.
– Estaba usted fuera de sí, alguien tenía que reducirle o hubieran terminado por lastimarlo. ¿Quién le ha hecho eso?
– No sé, compañeros suyos. No se presentaron, la próxima vez les pediré sus tarjetas -respondió el músico en un tono irónico que agradó al subinspector Ros.
– ¡Cascales! -llamó Víctor al agente que solía hacer las veces de carcelero.
– Sí, señor -dijo el guardia que apareció de improviso en el umbral de la puerta.
– Avise a un médico ahora mismo. Este hombre necesita asistencia.
El guardia no se movió.
– ¿Qué pasa? -dijo con fastidio el detective.
– Señor, no sé si debo… Ordenes de arriba.
– Y yo le ordeno que avise a un médico. Asumo la responsabilidad. Tengo que interrogar a este hombre, es de vital importancia que hable con él, y por obra de mis propios compañeros, no se encuentra en condiciones. Volveré dentro de dos horas; si para entonces no lo ha visto un médico decente, prepárese -concluyó Víctor mientras salía del calabozo indignado.
El subinspector decidió hacer tiempo en su despacho, dedicado a repasar sus notas y releer el libro maldito. Estaba convencido de que era la clave de aquel caso. Pensó en el Indiano, don Diego Vicente Reinosa. Recordó la declaración de doña Remedios, la madre de Gregorio. Según la mujer decía, la aparición del misterioso holandés originó que la relación entre el Indiano y su esposa se tornara violenta y tempestuosa. Sin duda, aquel extranjero de ojos azules formaba parte del pasado del excéntrico millonario. Debía intentar averiguar lo que pudiera sobre el encarcelamiento de aquel forastero que tanto había importunado a don Diego Vicente Reinosa.
Parecía que el Indiano había salido corriendo de su casa de ultramar; ¿qué debió de haber hecho para tener que huir así?
Entonces, al hallarse bloqueada, su mente pasó al otro caso que se le había asignado. Estaba comprobado que María Ángeles de Pelayo era la víctima que habían encontrado bajo el montículo de tierra. ¿Por qué un tipo que asesina prostitutas mata de pronto a una joven decente?
Necesitaba hablar con los padres de la víctima, pero don Cosme se había cerrado en banda al respecto. Pensó que debía entrevistarse con demasiada gente y que de momento no sabía si podría hacerlo. Sin ir más lejos, en el caso de la casa encantada tenía que hablar con don Donato Aranda, el marido atacado. Con la excusa de que éste no estaba en condiciones de declarar, la familia de Aurora lo mantenía alejado, con la consiguiente pérdida de un tiempo que el policía estimaba muy, pero que muy valioso.
También necesitaba hablar con Aurora, la joven que, como una posesa, intentara asesinar a su propio marido.
Sumido en estos pensamientos, llegó al despacho que compartía con don Alfredo. Se sentó tras saludar a su compañero y le refirió lo acontecido la noche anterior en el palacio del marqués de Salamanca. Primero le habló de la entrevista mantenida con don Cosme y luego le narró el incidente de la pintura roja.
– Me temo que ese joven lo tiene muy mal. No me extraña que le hayan dado fuerte; no es bueno importunar a la gente importante.
– Estoy harto de la gente importante y sus aires de grandeza -masculló el joven subinspector mientras introducía el llavín en un cajón de su mesa para abrirlo.
– Pues así son las cosas, mi joven amigo -repuso don Alfredo.
El veterano inspector miró a Víctor. Su joven compañero, boquiabierto, contemplaba el cajón que acababa de abrir. De hecho, aún mantenía asido el tirador con su mano derecha, como si hubiera quedado paralizado.
– ¿Qué pasa? -preguntó intrigado Blázquez.
– No…, no…, no está -murmuró el joven detective.
– ¿No está? No está, ¿qué?
– El libro, el libro maldito. ¡Ha desaparecido!
Capítulo 13
– ¿Desaparecido? ¿Cómo desaparecido? -inquirió sorprendido don Alfredo.
– ¡El libro! ¡Lo dejé aquí mismo ayer por la tarde! ¡Cerrado bajo llave!
– No puede ser -dijo el inspector Blázquez.
Víctor quedó pensativo por un instante. Una línea se marcaba en su frente como muestra de su enfado y confusión. Estaba muy sorprendido.
– ¡Vamos, Alfredo, creo que sé dónde está! -exclamó de pronto.
Los dos hombres tomaron sus bastones y sombreros y bajaron a toda prisa las escaleras. Subieron a un coche de alquiler.
– ¡A la calle San Nicolás, rápido! -ordenó el joven subinspector.
Llegaron en unos minutos a la tétrica casa que tantos quebraderos de cabeza les estaba ocasionando. Abrió Nuria, y tras apartarla a un lado, los dos entraron con decisión en aquel lugar maldito. Víctor se dirigió a la biblioteca seguido por don Alfredo.
– Pero ¿qué pasa? ¿Qué es este alboroto? -alcanzó a decir doña Ana Escurza, que se encaminaba ya a su encuentro.
Víctor quedó paralizado delante de la estantería. Ladeaba la cabeza como si reprobara aquella desagradable situación, negando la realidad. Parecía enojado.
– Me temo que mis sospechas eran fundadas. ¡Aquí está! -dijo señalando un libro que tomó en sus manos al momento.
– Pero ¿qué hacen aquí? -dijo doña Ana, quien se interrumpió al instante al ver a don Víctor-. Un momento…, el libro, yo se lo di a usted.
Entró el mayordomo, Gregorio, acompañado de Clara.
Doña Ana siguió hablando.
– ¿Qué hace aquí eso? Usted se lo llevó, don Víctor.
El policía, que había terminado de examinar el libro con su lupa, sentenció:
– Es el mismo.
Clara dijo:
– Gregorio, llame a mi padre; está arriba, hablando con don Donato.
– ¡No puede ser! ¡No puede ser! -comenzó a gritar doña Ana-. ¡Esto es cosa de fantasmas! ¡El libro ha vuelto solo! ¿Es que nunca nos vamos a librar de esa maldita cosa?
– Tranquilícese, doña Ana -trató de calmarla Blázquez tomándola por el brazo.
Mientras tanto, Nuria, la cocinera, y el caballerizo habían acudido, alarmados por los gritos de su señora.
– ¿Qué ocurre? -quiso saber don Augusto haciendo también su entrada en la biblioteca.
– El libro -respondió don Alfredo-. Mi compañero, el subinspector, lo tenía a buen recaudo en un cajón de su mesa y ha aparecido aquí.
– ¿Cómo? -se asombró el aristócrata.