Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]
- Автор: Азимов Айзек
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1646-8
- Переводчик: Eduardo Goligorsky
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:
—No lo sabía —dijo el Primer Ministro.
—¿No sabía que fue derrotado?
—No, que se hubiese presentado como candidato… ¿Por qué no se me informó de eso? Dada su posición actual, Shekt puede resultar muy peligroso.
Los labios de Balkis se curvaron en una débil sonrisa impregnada de tolerancia.
—Shekt inventó el sinapsificador, y sigue siendo el único hombre con verdadera experiencia en su manejo —replicó—. Siempre ha estado vigilado, y a partir de ahora estará más vigilado que nunca. No olvide que un traidor en nuestras filas cuya identidad nos sea conocida puede causar un daño al enemigo que nos resultará más beneficioso que cualquier bien que pueda hacernos un hombre leal… Y ahora sigamos analizando los hechos. Shekt ha sinapsificado a un espacial. ¿Por qué? Hay un solo fin para el que puede utilizarse el sinapsificador, y es el de mejorar la capacidad intelectual. ¿Por qué ha obrado de esa manera? Porque es la única forma de vencer a los cerebros de nuestros científicos que ya han sido mejorados mediante la acción del sinapsificador. Eso significa que el Imperio tiene por lo menos vagas sospechas sobre lo que está ocurriendo actualmente en la Tierra. Bien, Su Excelencia, ¿le parece que eso es algo secundario?
La frente del Primer Ministro estaba perlada de sudor.
—¿Lo cree de veras?
—Los hechos ofrecen un rompecabezas que sólo puede ser montado de una manera. El espacial sometido a tratamiento con el sinapsificador es un hombrecillo de aspecto tan vulgar que nadie se fijaría dos veces en él…, lo cual es un auténtico golpe de genio, porque un viejo gordo y calvo puede seguir siendo el espía más temible y experimentado del Imperio. Oh, sí… Sí. ¿A qué otro podrían confiar una misión semejante? Pero hemos seguido lo mejor posible a ese desconocido —cuyo seudónimo es Schwartz, por cierto—, y ahora pasemos a examinar la segunda serie de informes.
—¿Los que hacen referencia a Bel Arvardan? —preguntó el Primer Ministro contemplando la carpeta.
—Sí —asintió Balkis—, los que hacen referencia al doctor Bel Arvardan, eminente arqueólogo del heroico Sector de Sirio, el espacial llegado de esos mundos llenos de fanáticos y valientes caballeros… —La última frase fue pronunciada en un tono claramente despectivo—. Bien, no tiene importancia… De todos modos, tenemos aquí un extraño contraste casi poético con el tal Schwartz: no estamos ante una figura anónima, sino ante una personalidad muy destacada. No es un intruso clandestino, sino que llega flotando sobre el oleaje de la publicidad. Quien nos alerta contra él no es un técnico insignificante, sino nada menos que el mismísimo Procurador de la Tierra.
—¿Cree que todo eso tiene una relación, Balkis?
—Su Excelencia podría tomar en consideración la posibilidad de que uno estuviera destinado a apartar nuestra atención del otro. O en caso contrario, y puesto que las clases gobernantes del Imperio tienen una considerable experiencia en todo lo referente a las intrigas, nos hallaríamos ante un ejemplo de dos métodos distintos de disfraz. En el caso de Schwartz las luces están apagadas, pero en el caso de Arvardan los reflectores apuntan a nuestros ojos. En ninguno de los dos debemos ver nada… Bien, ¿de qué nos previno exactamente Ennius con respecto a Arvardan?
El Primer Ministro se rascó la nariz con expresión pensativa.
—Dijo que Arvardan había venido a la Tierra para organizar una expedición arqueológica apoyada por el Imperio, y que deseaba entrar en las Zonas Vedadas por motivos puramente científicos. Afirmó que no había ni la más mínima intención sacrílega, y que si podíamos detenerle sin recurrir a la violencia él respaldaría nuestra postura ante el Consejo Imperial… Fue más o menos eso, ¿no?
»De modo que tenemos que vigilar muy atentamente a Arvardan, ¿pero con qué finalidad? Para evitar que entre en las Zonas Vedadas sin autorización, ¿no? Tenemos al jefe de una expedición arqueológica que no dispone de hombres, nave o equipos. Tenemos a un espacial que no se queda en el Everest, que es el sitio en el que debería estar, sino que sea por el motivo que sea anda vagabundeando de un lado a otro por la Tierra…, y que hace su primera escala en Chica. ¿Y cómo desvían nuestra atención de todos estos hechos tan extraños y sospechosos? Pues incitándonos a vigilar cuidadosamente algo que no tiene ni la más mínima importancia. Ah, Su Excelencia, y hay algo más: fíjese en que Schwartz estuvo recluido durante seis días en el Instituto de Investigaciones Atómicas…, y que después huyó. ¿No le parece muy raro? De pronto la puerta quedó abierta, de repente no había centinelas en los pasillos… Qué negligencia tan extraña, ¿verdad? ¿Y qué día eligió Schwartz para escapar? Pues precisamente el mismo día en el que Arvardan llegó a Chica. Es una segunda coincidencia que llama la atención.
—Entonces usted cree que… —murmuró el Primer Ministro con voz tensa.
—Creo que Schwartz es un agente espacial venido a la Tierra, que Shekt es el intermediario de los traidores asimilacionistas que hay entre nosotros, y que Arvardan está encargado de mantener los contactos con el Imperio. Observe la habilidad con la que fue planeado el encuentro entre Schwartz y Arvardan. Se permitió que Schwartz huyera y, después de que hubiese transcurrido el plazo apropiado, su enfermera —que por una coincidencia adicional y nada sorprendente es la hija de Shekt— salió en su búsqueda. Si algo llegaba a fallar en su bien calculado plan, resulta evidente que ella habría dado con Schwartz de repente y que éste se habría convertido en un pobre enfermo, lo que habría satisfecho la curiosidad de cualquier posible espectador. De hecho, dos conductores de aerotaxi demasiado curiosos recibieron la explicación de que era un enfermo, y por una ironía del destino eso arruinó sus planes. Ahora preste mucha atención, Su Excelencia… Schwartz y Arvardan se encuentran por primera vez en el local de alimentómatas, pero aparentemente no se fijan el uno en el otro. Se trata de un encuentro preliminar cuyo único fin es indicar que hasta el momento todo ha marchado bien y que ya pueden dar el siguiente paso… Al menos no nos subestiman, algo de lo que creo podemos sentirnos un poco orgullosos. Bien, Schwartz sale del local… Arvardan sale pocos minutos después para seguir a Schwartz y se encuentra con la señorita Shekt. Todo está calculado al segundo. Después de representar una farsa en beneficio de los dos conductores de aerotaxi a los que he mencionado antes, los dos se dirigen hacia los grandes almacenes Dunham, donde se reúnen con Schwartz. ¿Qué mejor lugar que unos grandes almacenes? Son el punto ideal para una cita: ofrecen una intimidad que no podría hallarse ni en una caverna de las montañas. Demasiado visibles como para despertar sospechas, demasiado llenos de gente como para permitir la vigilancia… Magnífico, realmente magnífico… Yo también sé reconocer los méritos de mi oponente, Su Excelencia.
El Primer Ministro se removió nerviosamente en su sillón.
—Si nuestro enemigo es tan astuto acabará triunfando.
—Imposible, porque ya está derrotado —replicó Balkis—. Y en este aspecto todo el mérito corresponde a nuestro querido Natter.
—¿Quién es Natter?
—Un agente insignificante al que habrá que aprovechar al máximo después de esto, ya que ayer no pudo comportarse mejor. Su misión consistía en vigilar a Shekt, para lo que había instalado una frutería delante del Instituto. Durante la última semana recibió instrucciones específicas de observar el desarrollo del caso Schwartz. Natter estaba ahí cuando Schwartz, a quien conocía por fotografías y porque había podido verle fugazmente cuando entró por primera vez en el Instituto, se escapó. Natter vigiló todos sus movimientos logrando pasar inadvertido, y dando muestras de una admirable intuición acabó llegando a la conclusión de que el único objetivo de la «fuga» consistía en concertar una entrevista con Arvardan. Natter no se sintió en condiciones de averiguar nada gracias al encuentro porque estaba solo, por lo que decidió impedir que se produjera. Los dos conductores de aerotaxi que habían oído decir a la señorita Shekt que Schwartz estaba enfermo pensaron que se trataba de un caso de fiebre de radiación, y Natter aprovechó esa idea con la rapidez de un auténtico genio. En cuanto observó que el encuentro tenía lugar en los grandes almacenes denunció el caso de fiebre, y las autoridades locales de Chica fueron lo bastante inteligentes como para colaborar inmediatamente, bendita sea la Tierra…