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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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Luego sólo hubo silencio y los gemidos del niño. En la hierba de la montaña quedaban siete zoántropos, cuatro muertos por Terminus Est, creo, y tres por el alzabo. En las fauces de la bestia vi el cuerpo de Casdoe, cabeza y hombros ya devorados. El viejo que había conocido a Fechin yacía arrugado como un muñeco; el famoso artista habría transformado esa muerte en algo hermoso, mostrándola desde una perspectiva que nadie más hubiera podido descubrir y corporizando en esa cabeza deformada la dignidad y la futilidad de toda vida humana. Pero Fechin no estaba allí. Junto al viejo yacía el perro, con las mandíbulas ensangrentadas.

Busqué al niño. Para mi horror, se había apretado contra el lomo del alzabo. Sin duda la cosa lo había llamado con la voz de su padre, y él había acudido. Ahora los cuartos traseros del alzabo temblaban espasmódicamente y los ojos estaban cerrados. Cuando tomé al niño por el brazo, la lengua de la bestia, más ancha y gruesa que la de un buey, brotó de la boca como para lamerle la mano; luego los hombros le temblaron con tal violencia que di un paso atrás. La lengua, que no había vuelto del todo a la boca, yacía fláccida en la hierba.

Aparté al niño y le dije: —Ya se ha terminado, Severian chico. ¿Estás bien?

Severian asintió y empezó a llorar, y durante largo rato lo tuve en brazos y caminé de un lado a otro. Por un momento pensé en usar la Garra, aunque en la casa de Casdoe me había fallado como tantas veces antes. Pero de haber tenido éxito, ¿quién podía predecir el resultado? Yo no deseaba revivir a los zoántropos ni al alzabo, y ¿qué vida podría otorgarse al cuerpo decapitado de Casdoe? En cuanto al viejo, hacía tiempo que estaba a las puertas de la muerte; ahora había muerto, y rápido. ¿Me habría agradecido que volviera a convocarlo sólo para morir de nuevo uno o dos años mas tarde? La gema refulgía al sol, pero su fulgor era mero brillo solar y no la luz del Conciliador, el gegenschein del Sol Nuevo, y volví a guardarla. El niño me miraba con ojos muy abiertos.

TerminusEst estaba ensangrentada hasta la guarda y más. Me senté en un árbol caído y mientras pensaba qué hacer la limpié con madera podrida, y luego afilé y aceité la hoja. Ni los zoántropos ni el alzabo me importaban nada, pero dejar que las bestias desmembraran los cuerpos de Casdoe y el viejo me parecía una vileza.

La prudencia, también, aconsejaba no hacerlo. ¿Y si aparecía otro alzabo, y después de deglutir la carne de Casdoe se lanzaba tras el chico? Sopesé la posibilidad de llevarlos de nuevo a la cabaña. Sin embargo era una distancia considerable; no podía transportarlos a los dos juntos, y lo más seguro era que cualquiera de los dos que dejara atrás habría sido violado antes de que yo regresara. Atraídos por la visión de tanta sangre, los teratornis carroñeros ya revoloteaban sobre nosotros, cada uno sostenido por alas tan anchas como la vela mayor de una carabela.

Durante un rato examiné la tierra, buscando algún lugar suficientemente blando como para cavar con el bastón de Casdoe; al final llevé los dos cadáveres a una franja de suelo rocoso cercana a un curso de agua, y los cubrí con un túmulo. Debajo de él yacerían, esperaba, casi un año, hasta que alrededor de la fiesta de la Sacra Katharine el deshielo barriera los huesos de hija y padre.

Severian chico, que al principio sólo había observado, se propuso cargar guijarros hasta que el túmulo quedó completo. Mientras nos lavábamos la arena y el sudor en el arroyo, preguntó: —¿Tú eres mi tío?

—Soy tu padre —respondí—, al menos por ahora. Cuando a alguien se le muere el padre, y es joven como tú, ha de tener uno nuevo. Ése soy yo.

Asintió, abstraído; y súbitamente recordé que, hacía apenas dos noches, había soñado con un mundo en el que todos estaban unidos por lazos de sangre, pues descendían de la misma pareja de colonos. Yo, que desconocía el nombre de mi madre, y el de mi padre, bien podía estar emparentado con ese niño que se llamaba igual que yo, o para el caso con cualquiera que conociese. El mundo con que había soñado era, para mí, la cama en la que había yacido. Ojalá pudiera describir lo serios que estábamos allí, junto a la risa del arroyo, lo solemne y limpio que se lo veía a él con la cara mojada y las gotitas que le chispeaban en las pestañas de los grandes ojos.

XVIII — Severian y Severian

Bebí toda el agua que pude, y le dije al niño que debía hacer lo mismo, que en las montañas había muchos lugares secos, que quizá no volviera a beber hasta la mañana siguiente. Él había preguntado si ahora no volveríamos a casa; y aunque hasta entonces yo había planeado rehacer nuestra ruta desde la casa que fuera de Casdoe y Becan, le dije que no, pues sabía que para él sería terrible ver de nuevo aquel techo, y el campo y el pequeño jardín, y tener que dejarlos por segunda vez. A su edad incluso podía figurarse que la madre y el padre, la hermana y el abuelo todavía estaban allí dentro de algún modo.

Sin embargo, no podíamos descender mucho más; ya estábamos muy por debajo del nivel en que el viaje se volvía peligroso para mí. El brazo del arconte se alargaba cien leguas y aun más allá, y ahora era muy posible que Agia decidiera que los dimarchi me persiguieran.

Al nordeste se alzaba el pico más alto que había visto hasta ese momento. Una mortaja de nieve le cubría no sólo la cabeza sino también los hombros, y le bajaba casi hasta la cintura. Yo no podía decir, y tal vez no pudiera decirlo nadie, qué rostro orgulloso era el que miraba al oeste por encima de tantas cumbres menores; pero había gobernado seguramente en los más tempranos de los grandes días de la humanidad, disponiendo de energías capaces de modelar el granito como el cuchillo del tallador modela la madera. Mirando su imagen, tuve la impresión de que incluso los avezados dimarchi, que tan bien conocían las agrestes tierras altas, deberían tenerle miedo. Así que hacia él nos encaminamos, o más bien hacia el alto paso que unía la drapeada tela de su túnica con la montaña donde Becan se había establecido una vez. Por el momento el ascenso no era difícil, y empleamos más fuerzas en caminar que en trepar.

A menudo el niño Severian me tomaba de la mano cuando no necesitaba mi apoyo. No soy ducho en apreciar los años de los niños, pero me pareció que él estaba en la edad en que de haber sido uno de nuestros aprendices, habría acabado de ingresar en la escuela del maestro Palaemon; es decir, era lo bastante mayor para caminar bien, y para entender y hablar y hacerse entender.

Estuvo una guardia o algo así sin decir nada más que lo que ya he referido. Luego, mientras bajábamos por una cuesta abierta y herbosa bordeada de pinos, un lugar muy parecido al de la muerte de su madre, me preguntó: —Severian, ¿quiénes eran esos hombres?

Comprendí de quiénes hablaba.

—No eran hombres, aunque una vez lo fueron y todavía se les parecen. Eran zoántropos, una palabra que designa a las bestias con forma humana. ¿Entiendes lo que digo?

El niño asintió, solemne, y luego preguntó: —¿Por qué no llevaban ropa?

—Porque, como te dije, ya no son seres humanos. Los perros nacen perros y los pájaros nacen pájaros, pero hacerse humano es un logro; uno lo tiene que pensar. Tú lo has estado pensando los últimos tres o cuatro años, por lo menos, Severian chico, aunque quizá nunca hayas pensado en que lo pensabas.

—Los perros sólo buscan cosas para comer —dijo el niño.

—Exacto. Pero eso plantea la cuestión de si hay que obligar a las gentes a que piensen, y hace mucho tiempo algunos decidieron que no. Podemos obligar a un perro, a veces, a actuar como un hombre: a caminar en dos patas, llevar collar y cosas así. Pero no debemos ni podemos obligar a un hombre a actuar como un hombre. ¿Nunca has querido dormirte, por más que no tenías sueño ni estabas cansado? El niño asintió con la cabeza.

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