La torre de cristal [Tower of Glass - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1407-4
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La torre de cristal [Tower of Glass - es]». Краткое содержание книги:
Una de las novelas más apasionantes de la época dorada de Robert Silverberg, en “La torre de cristal” se muestran nuevamente las soberbias dotes del autor para la caracterización de sus personajes, entrando sin esfuerzo aparente en lo más recóndito de sus motivaciones.
—¿Para qué? ¿Para hacer bebés?
—El sexo y la reproducción son dos cosas muy diferentes, Thor. La gente tiene sexo sin bebés y bebés sin sexo siempre que quiere. El sexo es una fuerza social. Un deporte, un juego. Una especie de magnetismo cuerpo a cuerpo. Es lo que me da poder sobre Manuel Krug.
Bruscamente, su tono de voz cambió, perdió el matiz dialéctico, se hizo más suave.
—¿Quieres que te enseñe cómo es? Quítate la ropa.
Él dejó escapar una carcajada nerviosa.
—¿Lo dices en serio? ¿Quieres practicar el sexo conmigo?
—¿Por qué no? ¿Tienes miedo?
—No seas absurda. Simplemente, no esperaba…, quiero decir…, parece incongruente, dos androides acostándose juntos, Lilith…
—¿Porque somos cosas hechas de plástico?—replicó ella con fríaldad.
—No quiero decir eso. ¡Evidentemente somos de carne y hueso!
—Pero hay ciertas cosas que no debemos hacer, porque nosotros venimos de la Cuba. Ciertas funciones corporales quedan reservadas a los Hijos del Vientre. ¿No?
—Estás tergiversando mi postura.
—Lo sé. Quiero educarte, Thor. Estás intentando manipular el destino de toda una sociedad, e ignoras una de sus motivaciones básicas fundamentales. Vamos, desnúdate. ¿Nunca has sentido deseo hacia una mujer?
—No sé qué es el deseo, Lilith.
—¿De verdad?
—De verdad.
Ella meneó la cabeza.
—¿Y tú crees que deberíamos obtener la igualdad con los humanos? ¿Tú quieres votar, quieres que los alfas entren en el Congreso, quieres tener derechos civiles? Pero vives como un robot. Como una máquina. Eres un argumento viviente para mantener a los androides en su lugar. Te has cerrado a uno de los aspectos más importantes de la vida humana, y te dices que esas cosas son sólo para los humanos. Los androides no tienen que molestarse con ello. ¡Es una idea peligrosa, Thor! Nosotros somos humanos. Tenemos cuerpos. ¿Por qué Krug nos dio genitales, si no quería que los usásemos?
—Estoy de acuerdo con todo lo que dices. Pero. …
—Pero ¿qué?
—El sexo me parece irrelevante. Y sé que es un argumento condenatorio contra nuestra causa. No soy el único alfa que piensa así, Lilith. No lo mencionamos demasiado, pero… —Apartó la vista de ella—. Quizá los humanos tengan razón. Quizá seamos inferiores, artificiales, sólo un tipo de robot inteligente hecho de carne y hueso…
—Te equivocas. Levántate, Thor. Ven aquí.
Caminó hacia ella. Lilith le cogió las manos y las guió hacia sus pechos desnudos.
—Apriétalos —dijo—. Con suavidad. Juega con los pezones. ¿Ves cómo se endurecen, cómo se yerguen? Es un síntoma de que respondo a tu contacto. Es una manera que tienen las mujeres de demostrar deseo. ¿Qué sientes cuando me tocas los pechos, Thor?
—La suavidad. La piel fría.
—¿Qué sientes por dentro?
—No lo sé.
—¿Se te acelera el pulso? ¿Notas alguna tensión? ¿Un nudo en el estómago? Ven. Tócame la cadera. La nalga. Desliza la mano arriba y abajo. ¿Hay algo, Thor?
—No estoy seguro. Soy tan nuevo en esto, Lilith…
—Desnúdate —dijo.
—Así parece muy mecánico. Frío. ¿No se supone que el sexo va precedido de un cortejo, luces tenues, susurros, música, poesía?
—Entonces, sabes algo al respecto.
—Un poco. Lo que he leído en los libros. Conozco los rituales. Los detalles.
—Podemos empezar por los detalles. Mira, he apagado las luces. Tómate un flotador, Thor. No, un disruptor, no. Al menos la primera vez. Un flotador. Bien. Ahora, un poco de música. Desnúdate.
—¿No se lo contarás a nadie?
—¡Qué tonterías dices! ¿A quién se lo iba a contar? ¿A Manuel? ¿Quieres que le diga “querido, querido, te he sido infiel con Thor Vigilante”?—Se rió, traviesa—. Será nuestro secreto. Puedes considerarlo una lección de humanidad. Los humanos practican el sexo, y tú quieres ser más humano, ¿no? Yo te descubriré el sexo.
Le dedicó una sonrisa astuta. Empezó a quitarle la ropa.
La curiosidad le dominó. Sintió que el flotador le afectaba el cerebro, llevándole hacia la euforia. Lilith tenía razón: la asexualidad de los alfas era una paradoja entre gente que proclamaba ser humana con tal intensidad. ¿O tal vez no había tantos alfas asexuales como él pensaba? ¿O quizá, embebido por los trabajos que le encargaba Krug, no había desarrollado sus emociones? Pensó en Sigfrido Archivista, llorando en la nieve junto a Casandra Núcleo, y se lo preguntó.
Sus ropas cayeron. Lilith le estrechó entre sus brazos.
Frotó su cuerpo frío contra el de Vigilante. Él sintió sus muslos fríos contra los suyos, el tambor tenso y frío de su vientre rozando el suyo, los nudos duros de sus pezones rozándole el pecho. Se examinó a sí mismo en busca de algún rastro de respuesta. No supo muy bien qué había encontrado, aunque no podía negar que disfrutaba con las sensaciones táctiles del contacto mutuo. Ella tenía los ojos cerrados. Sus labios se entreabrieron y buscaron los suyos. Deslizó la lengua entre los dientes de él. Thor le pasó las manos por la espalda y, en un impulso repentino, hundió los dedos en los globos que eran sus nalgas. Lilith se puso rígida y se estrechó aún más contra él, apretándose en vez de frotarse. Siguieron así unos minutos. Luego, ella se relajó y se apartó.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Algo?
—Me ha gustado —respondió, tentativo.
—Pero ¿te ha excitado?
—Creo que sí.
—Pues no lo parece.
—¿Cómo lo sabes?
—Te lo enseñaré —sonrió ella.
Se sentía increíblemente absurdo y extraño, alejado de su propia identidad, incapaz de volver, o incluso de ver, al Thor Vigilante que conocía y comprendía. Desde el principio, casi desde que dejó la Cuba, se había considerado a sí mismo más adulto, más sabio, más competente, más seguro, que sus camaradas alfas: un hombre que comprendía el mundo y su lugar en él. ¿Y ahora? En media hora, Lilith le había convertido en algo torpe, ingenuo, estúpido… e impotente.
Ella le puso las manos en la entrepierna.
—Tu órgano no se ha puesto rígido —dijo—, así que, obviamente, no te excitó mucho lo que te…—Ella se detuvo—. Oh. Sí. Ahora, ¿lo ves?
—Fue cuando me tocaste.
—No es lo que se dice sorprendente. Entonces, ¿te gusta? Sí. Sí.
Movió los dedos con habilidad. Vigilante tuvo que reconocer que la sensación le parecía interesante, y el repentino y sorprendente despertar de su masculinidad en las manos de ella era un efecto muy notable. Pero siguió al margen de sí mismo, un observador alejado y distante, tan involucrado en aquello como si estuviera asistiendo a una conferencia sobre las costumbres de apareamiento de los proteoides centaurinos.
Ella volvía a estar muy cerca de él. Su cuerpo se movía, deslizándose, temblando un poco, estremeciéndose con una tensión apenas reprimida. Él la estrechó entre sus brazos. Volvió a recorrerle la piel con las manos.
Ella le guió hacia el suelo.
Se tumbó sobre ella, apoyándose en rodillas y codos para no presionarla con todo su peso. Las piernas de Lilith le rodearon. Sus muslos se cerraron en torno a sus caderas. Deslizó la mano entre sus cuerpos para agarrarle, guiarle hacia su interior. Empezó a subir y bajar la pelvis. El cogió el ritmo en seguida, y acompañó los impulsos con los suyos propios.
Así que esto es el sexo, pensó.
Se preguntó cómo se sentiría una mujer cuando le introducían en el cuerpo algo largo y duro. Evidentemente, lo disfrutaban. Lilith jadeaba y se estremecía bajo el efecto de algo que parecía placer. Pero le parecía extraño que desearan tal cosa. ¿Tan emocionante era meterte dentro de una mujer? ¿Era éste el tema de la poesía? ¿Por esto los hombres se habían retado a duelo, por esto habían renunciado a reinos?