La torre de cristal [Tower of Glass - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1407-4
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La torre de cristal [Tower of Glass - es]». Краткое содержание книги:
Una de las novelas más apasionantes de la época dorada de Robert Silverberg, en “La torre de cristal” se muestran nuevamente las soberbias dotes del autor para la caracterización de sus personajes, entrando sin esfuerzo aparente en lo más recóndito de sus motivaciones.
Me dice: “Vivimos encerrados aquí. Vienes, copulamos, te marchas. Nunca vamos a ningún lugar juntos. Me gustaría que salieras conmigo. Parte de tu educación. Tengo tendencia a educar a la gente, ¿lo sabías, Manuel? Hacer que abran sus mentes a otras cosas. ¿Has estado alguna vez en una Ciudad Gamma?”
“No.”
“¿Sabes lo que es?”
“Supongo que un lugar donde viven gammas.”
“Exacto. Pero, en realidad, no lo sabes. No lo sabrás hasta que no hayas estado en una.”
“¿Peligrosa?”
“No. Nadie molestaría a unos alfas en Ciudad Gamma. A veces, se molestan un poco entre ellos, pero eso es diferente. Somos de una casta superior, no se acercan a nosotros.”
“Quizá no molesten a un alfa —le digo—, pero ¿y yo? Seguramente, no querrán turistas humanos.”
Lilith dijo que me disfrazaría. De alfa. Eso tenía una especie de picante. Tentación. Misterio. Quizá mantuviera el brillo del romance para Lilith y para mí, una especie de juego. “¿No se darán cuenta del engaño?”, pregunté. Y ella me dijo: “No miran demasiado a los alfas. Tenemos un concepto de las distancias sociales. Los gammas mantienen las distancias sociales, Manuel.”
“De acuerdo, bien, iré a Ciudad Gamma.”
A partir de aquel día, nos pasamos una semana planeándolo. Lo arreglé todo con Clissa: “Me voy a la Luna —le dije—, no volveré en un par de días, ¿vale?”. Sin problemas. Clissa pasaría el tiempo con sus amigos de Nueva Zelanda. A veces, me pregunto cuánto sospecha Clissa. Oh, lo que diría si lo supiese. A veces tengo la tentación de decirle: “Clissa, tengo una amante androide en Estocolmo, es de alto espectro en la cama, con un cuerpo fantástico, ¿qué te parece?”. Clissa no es burguesa, pero es sensible. Podría sentirse rechazada. O quizá Clissa, con su gran amor hacia los androides oprimidos, diría: “Qué amable por tu parte, Manuel, hacer tan feliz a una de ellos. No me importa compartir tu amor con una androide. Tráela alguna vez a tomar el té, ¿quieres?” Me lo pregunto.
Llega el día. Voy a casa de Lilith. Entro, está desnuda. “Quítate la ropa”, dice. Sonrío. Directa. Claro. Claro. Me desnudo y me acerco a ella. Hace un pequeño paso de danza y me deja abrazando el aire.
“Ahora no, tonto. Cuando volvamos. ¡Ahora, tenemos que disfrazarte!”
Tiene un tubo pulverizador. Primero lo pone en neutral y cubre la placa espejo de mi frente. “Los androides no llevan estas cosas. Fuera las clavijas de los lóbulos”, dice. Me las quito, y rellena la abertura con gel. Luego empieza a pulverizarme de rojo. “¿Tengo que afeitarme el cuerpo?”, pregunto. “No —dice ella—, pero no te desnudes delante de nadie.” Me cubre por completo de un rojo brillante. Androide al instante. Luego me extiende un pulverizador termal del pecho a los muslos. “Ahí fuera hará frío —dice—. Los androides no llevan mucha ropa. Toma esto. Vístete.”
Me tiende un traje. Una camisa de cuello alto, pantalones ajustados como una segunda piel. Ropa de androide, evidentemente, y estilo alfa, además, “No tengas una erección —me dice—. Romperías los pantalones.” Se ríe y me frota por delante.
“¿De dónde has sacado la ropa?”
“Se la pedí prestada a Thor Vigilante.”
“¿Le dijiste para qué?”
“No —dice ella—, claro que no. Sólo le dije que la necesitaba. A ver qué aspecto tienes ahora. Estupendo. ¡Estupendo! Un alfa perfecto. Camina por la habitación. Atrás. Bien. Contonéate un poco más. Recuerda, eres el producto final de la evolución humana, la mejor versión de homo sapiens que haya salido jamás de una probeta, con todos los puntos fuertes de los humanos y ninguna de sus taras. Eres Alfa… Mmmm. Necesitamos un nombre, por si alguien pregunta. —Lilith piensa un momento—. Alfa Levítico Saltador —dice—. ¿Cómo te llamas?”
“Alfa Levítico Saltador”, digo.
“No. Si alguien te lo pregunta, di Levítico Saltador. Ya sabrán que eres un alfa. Los demás te llamarán Alfa Saltador. ¿Queda claro?”
“Queda claro.”
Ella se viste. Primero un pulverizador termal, luego una malla dorada sobre los pechos hasta medio muslo. Nada más. Los pezones sobresalen por las aberturas de la malla. Abajo, tampoco queda mucho oculto. No es lo que yo llamaría ropa de invierno. A los androides les debe de gustar el invierno más que a nosotros.
“¿Quieres verte antes de que salgamos, Alfa Saltador?”
“Sí.”
Ella tira al aire polvo de espejo. Cuando las moléculas se organizan, me veo de cuerpo entero. Impresionante. Un buen ejemplar de alfa, un guaperas de rojo ronda por la ciudad. Lilith tiene razón: ningún gamma se atreverá a jugar conmigo. Ni siquiera a mirarme a los ojos.
“Vamos, Alfa Saltador. Vamos de visita a Ciudad Gamma.”
Afuera. Al otro lado. A la periferia de la ciudad, con vistas a un agua gris azotada por el viento. Olas blancas en el puerto. Primera hora de la tarde, pero ya ha anochecido: una hora del día gris y sucia, niebla baja, el brillo de las farolas borroso y sucio. Otras luces llegan de los edificios alejados, o flotan sobre el agua: rojas, verdes, azules, naranjas, encendiéndose y apagándose, pidiendo atención a gritos, una flecha aquí, el signo de una trompeta allá. Vibraciones. Humos. Sonidos. La cercanía de mucha gente. Un chirrido en la masa gris. Carcajadas lejanas, también borrosas. Múltiples retazos de voz perdiéndose en la niebla:
—¡Suelta o te coagulo!
—Vuelve a la cuba. Vuelve a la cuba.
—¡Ralentizador! ¿Quién quiere ralentizador?
—Los apiladores no lo saben.
—¡Ralentizador!
—¡Búho! ¡Búho! ¡Búho!
Casi la mitad de la población de Estocolmo está compuesta por androides. ¿Por qué se reúnen aquí? Y quizá en otras nueve ciudades. Guetos. No tienen por qué hacerlo. Mundo transmat: vive donde quieras, puedes trabajar de todas maneras. Pero nos gusta estar entre los nuestros, dice ella. Y aun así, se estratifican en sus guetos. Los alfas allí atrás, en las buenas casas antiguas, y los betas en la mezcolanza del centro. Y luego los gammas. Los gammas. Bienvenido a Ciudad Gamma.
Calles pavimentadas con guijarros, húmedos, resbaladizos, lodosos. ¿Medievales? Edificios grises desconchados, fachada contra fachada, apenas un callejón entre ellos. Un riachuelo de agua fría y sucia bajando por el sumidero desde la parte superior. Ventanas de cristal. Pero no todo es arcaico aquí: una mezcla de estilos, todo tipo de arquitecturas, olla podrida, bullabesa, los siglos veintidós, diecinueve, dieciséis, catorce, todos juntos. Las redes colgantes de rutas aéreas a prueba de agua. Vías deslizantes oxidadas en algunas de las calles retorcidas. El zumbido de los acondicionadores de aire pasados de fase, bombeando una niebla verdosa al aire invernal. Sótanos barrocos de gruesos muros. Lilith y yo bajando por locos senderos en zigzag. Un demonio debió de diseñar esta ciudad. El duende de lo perverso.
Rostros que flotan.
Gammas. Por todas partes. Miran, pasan rápidamente, vuelven a mirar. Pequeños ojos sombríos, como de pájaros, crispados-crispados-crispados, asustados. Asustados de nosotros. Las distancias sociales, ¿eh? Mantienen las distancias sociales. Acechan, miran, pero cuando nos acercamos, intentan volverse invisibles. Cabezas gachas. Ojos desviados. Alfas alfas alfas. ¡Atención a todos los gammas!
Somos como torres junto a ellos. Nunca me había dado cuenta de lo regordetes que son los gammas. Qué bajos, qué anchos. Y qué fuertes. Esos hombros. Esos músculos abultados. Cualquiera de ellos podría hacerme pedazos. Las mujeres también parecen fuertes, aunque están construidas con más gracia. ¿Acostarme con una chica gamma? Más fogosa que Lilith, quizá… ¿es posible? ¿Golpes y saltos, gemidos de clase baja, nada de inhibiciones? Y olor a ajo, sin duda. Olvida esa idea. Son bastas. Bastas. Como Quenelle con mi padre, seguro. Dejémoslo correr. Hay pasión de sobra en Lilith. Y es limpia. Probablemente, no merece la pena ni pensar en ello. Los gammas se mantienen alejados de nosotros. Dos elegantes alfas en la ciudad. Tenemos piernas largas. Tenemos estilo. Tenemos gallardía. Nos temen.