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La torre de cristal [Tower of Glass - es]

Электронная книга - «La torre de cristal [Tower of Glass - es]». Краткое содержание книги:

Simeon Krug, un poderoso industrial que construyó su imperio con la creación y producción en serie de androides, está empleando todos sus recursos en erigir una gigantesca torre de cristal destinada a contestar un mensaje ininteligible proveniente de las estrellas. Los androides, seres humanos concebidos artificialmente, han desarrollado una compleja religión centrada en la figura de su creador, esperando de él la redención que les otorgue los mismos derechos que los seres humanos normales. Pero Simeon Krug no está interesado en las aspiraciones de sus creaciones, y la marea de las fuerzas sociales que se desata resulta incontenible.
Una de las novelas más apasionantes de la época dorada de Robert Silverberg, en “La torre de cristal” se muestran nuevamente las soberbias dotes del autor para la caracterización de sus personajes, entrando sin esfuerzo aparente en lo más recóndito de sus motivaciones.
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—Krug… Krug…

Llegó Clissa. Llevaba puesta una prenda envolvente, nebulosa color verde, que dejaba ver sus pechos pequeños, sus caderas huesudas, sus hombros estrechos.

—No me dijiste que ibas a…

—No lo sabía.

—¡Habría preparado algo!

—No necesito nada especial. Sólo me he dejado caer por aquí. ¿Y Manuel…?

—No está.

—¿No? ¿Dónde ha ido?

Clissa se encogió de hombros.

—Fuera. Negocios, supongo. No regresará hasta la hora de cenar. ¿Quieres que te ponga…?

—No. No. Tienes una casa muy bonita, Clissa. Cálida. Auténtica. Manuel y tú debéis de ser muy felices aquí. —Contempló su esbelta silueta—. Además, es un lugar estupendo para tener hijos. La playa…, el sol…, los árboles.

Un androide les llevó dos sillas brillantes como espejos, que abrió y fijó con un rápido movimiento de las manos. Otro puso en marcha la catarata en el lado interior de la casa. Un tercero encendió una estaquilla aromática, y el olor a clavo y a canela se extendió por el patio. Un cuarto ofreció a Krug una bandeja con dulces de aspecto lechoso. Él meneó la cabeza. Siguió de pie. Clissa hizo lo mismo. Parecía incómoda.

—Aún somos recién casados, ya lo sabes —dijo—. Podemos esperar un poco antes de tener hijos.

—¿Tras dos años de matrimonio?

—Bueno…

—Al menos, conseguid los certificados. Podríais empezar a pensar en hijos. Quiero decir, ya es hora de que vosotros…, de que yo…, un nieto…

Clissa le ofreció la bandeja de los dulces. Su tez era pálida. Sus ojos, como ópalos sobre una máscara de hielo. Él negó con la cabeza de nuevo.

—De todos modos, los androides se encargan de todo el trabajo de la educación del niño. Y si no quieres engordar, podrías tenerlo ectogenéticamente, así…

—Por favor —dijo ella son suavidad—. Ya hemos discutido esto antes. Hoy estoy muy cansada.

—Lo siento.

Se maldijo a sí mismo por presionarla demasiado. Su viejo error. La sutileza no era su principal virtud.

—¿Te encuentras bien?

—Sólo es fatiga —respondió Clissa, sin convencerle.

Parecía estar esforzándose por mostrar más energía. Hizo un gesto, y uno de los betas empezó a ensamblar un montón de aros metálicos brillantes, que rotaban misteriosamente sobre un eje oculto. Una nueva escultura, pensó Krug. Un segundo androide reajustó las paredes, y Clissa y él quedaron bañados por un cono de cálida luz ambarina. La música vibraba en el aire, surgiendo de una nube de diminutos altavoces que flotaban, finos como el polvo, sobre el patio.

—¿Cómo va tu torre?—preguntó Clissa.

—Maravillosa. Maravillosa. Deberías verla.

—Quizá vaya la semana que viene. Si no hace demasiado frío por allí. ¿Habéis llegado ya a los quinientos metros?

—Y más. Sube sin cesar. Pero no suficientemente de prisa. Me muero por verla acabada, Clissa. Por poder usarla. La impaciencia acabará conmigo.

—Hoy pareces un poco tenso —dijo—. Arrebolado, emocionado. Deberías ir un poco más despacio de vez en cuando.

—¿Yo? ¿Ir más despacio? ¿Tan viejo soy?—Comprendió que estaba gritando—. Mira, quizá tengas razón—siguió con voz más tranquila—. No sé. Será mejor que me marche ya. No quería molestarte. Simplemente, me apetecía veros. —Plip plip. Bum—. Dile a Manuel que no era nada importante, ¿de acuerdo? Sólo quería saludaros. Por cierto, ¿cuándo fue la última vez que le vi? ¿Hace dos semanas, tres? Poco después de que saliera de esa sala de derivación. Un hombre tiene que visitar a su hijo de vez en cuando.

En un impulso, la atrajo hacia él y la estrechó ligeramente.

Se sintió como un oso abrazando a un duende del bosque. Su piel, a través de la prenda envolvente, estaba fría. Era todo huesos. Con un apretón rápido, podría partirla en dos. ¿Cuánto pesaba, cincuenta kilos? ¿Menos? Un cuerpo de niña. Quizá ni siquiera podía tener hijos. Krug se descubrió a sí mismo intentando imaginar a Manuel en la cama con ella, y rechazó la idea, consternado. Le besó la mejilla helada.

—Cuídate —dijo—. Yo haré lo mismo. Nos cuidaremos y descansaremos mucho. Saluda a Manuel de mi parte.

Entró precipitadamente en el transmat. Ahora, ¿adónde? Krug se sentía febril; le ardían las mejillas. Estaba a la deriva, flotando en el vientre amplio del mar. Diferentes coordenadas le atravesaban la mente. Frenético, eligió una y la introdujo en la máquina. Plip. Plip. Plip. El siseo escamoso del ruido estelar amplificado le invadía el cerebro. 2-5-1, 2-3-1, 2-1. ¿Hola? ¿Hola? La fuerza theta lo devoró. Lo llevó al interior de una inmensa cueva polvorienta.

A docenas de kilómetros sobre su cabeza estaba el techo. Había paredes, metálicas, reflectoras, de un color amarillo pardusco, que se curvaban hacia un lejano punto de unión. Luces potentes brillaban y parpadeaban. Sombras de bordes definidos manchaban el aire. Se oían ruidos de construcción: cras, tank, ping, babúm. El lugar estaba lleno de androides ajetreados. Se arremolinaron en torno a él admirados, asombrados, susurrando.

—Krug… Krug… Krug…

¿Por qué me mirarán siempre así los androides? Los observó con el ceño fruncido. Sabía que sudaba por todos los poros. Las piernas le temblaban. Debería pedirle una píldora refrescante a Spaulding; pero Spaulding no estaba allí. Aquel día, Krug saltaba solo.

Un alfa apareció ante él.

—No se nos dijo que esperásemos el placer de su visita, señor Krug.

—Un capricho. Simplemente, pensé venir a echar un vistazo. Perdóname… ¿tu nombre?

—Rómulo Fusión, señor.

—¿Cuántos androides trabajan aquí, Alfa Fusión?

—Setecientos betas, señor, y nueve mil gammas. El personal alfa es muy escaso. La mayoría de las funciones de supervisión las realizan los sensores. ¿Qué prefiere ver? ¿Los coches lunares? ¿Los módulos de Júpiter? ¿La nave, quizá?

La nave. La nave. Krug comprendió. Estaba en Denver, en el principal centro ensamblador de vehículos que Empresas Krug tenía en Norteamérica. En aquella espaciosa catacumba se manufacturaban muchas clases de máquinas de transporte, para cubrir todas las necesidades que el transmat no podía llenar: reptadores oceánicos, deslizadores para el viaje por la superficie, planeadores estratosféricos, transportadores para cargas pesadas, módulos de inmersión para utilizar en mundos con altas presiones, sistemas de impulso iónico para saltos espaciales a corta distancia, sondas interestelares, cajas gravitatorias… Además, durante los últimos siete años, un equipo técnico elegido con esmero había estado construyendo el prototipo de la primera nave tripulada con destino a las estrellas. Últimamente, desde el comienzo de la torre, la nave se había convertido en un hijo adoptivo entre los proyectos de Krug.

—La nave —asintió Krug—. Sí. Por favor. Vamos a verla.

Pasillos de betas se abrieron ante él mientras Rómulo Fusión le guiaba hacia el pequeño deslizador en forma de lágrima. El alfa se puso a los controles, y se movieron sin ruido por el suelo de la planta, pasando junto a hileras de vehículos de todas clases a medio construir, hasta llegar a una rampa que descendía hacia un nivel más bajo todavía de aquel taller subterráneo. Bajaron. El deslizador se detuvo. Salieron.

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