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La torre de cristal [Tower of Glass - es]

Электронная книга - «La torre de cristal [Tower of Glass - es]». Краткое содержание книги:

Simeon Krug, un poderoso industrial que construyó su imperio con la creación y producción en serie de androides, está empleando todos sus recursos en erigir una gigantesca torre de cristal destinada a contestar un mensaje ininteligible proveniente de las estrellas. Los androides, seres humanos concebidos artificialmente, han desarrollado una compleja religión centrada en la figura de su creador, esperando de él la redención que les otorgue los mismos derechos que los seres humanos normales. Pero Simeon Krug no está interesado en las aspiraciones de sus creaciones, y la marea de las fuerzas sociales que se desata resulta incontenible.
Una de las novelas más apasionantes de la época dorada de Robert Silverberg, en “La torre de cristal” se muestran nuevamente las soberbias dotes del autor para la caracterización de sus personajes, entrando sin esfuerzo aparente en lo más recóndito de sus motivaciones.
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“¡Pero reduce los equipos de trabajo!”

“Los gammas tienen derecho a hacer lo que quieran con sus vidas, ¿no, Alfa Saltador? No aceptarás el argumento de que son simples propiedades, y que toda autolesión practicada por un gamma es un delito contra su propietario, ¿verdad?”

“No. No. Claro que no, Alfa Meson.”

“Ya me parecía a mí que no pensarías así”, responde Lilith.

El adicto al ralentizador se mueve en estúpidos círculos en torno a nosotros, canturreando algo tan despacio que no puedo conectar una sílaba con otra, no entiendo lo que dice. Se detiene. Una sonrisa gélida tarda horas en recorrerle los labios. Hasta que está medio formada, creo que es una mueca. Se sienta sobre los talones. Alza la mano, con los dedos flexionados. Obviamente, la mano se dirige hacia el pecho izquierdo de Lilith. Ninguno de los dos nos movemos.

Ahora capto el canturreo del gamma:

“A…A…A…A…A…G…A…A…C…A…A…U…”

¿Qué intenta decir?

Lilith sacude la cabeza. No tiene importancia.

Se aparta un paso cuando la mano está a diez centímetros de su seno. Un entrecejo fruncido empieza a ocupar el lugar de la sonrisa en el rostro del gamma. Parece ofendido. Su canturreo adquiere un tono interrogante.

“A…U…A…A…U…G…A…U…C…A…U…U…”

Un sonido de pasos lentos, arrastrados, me llega desde detrás. Un segundo adicto al ralentizador se aproxima: una chica, que viste una capa que le cuelga de los hombros. Arrastra los jirones varios metros por detrás de ella, pero le deja al descubierto los muslos y la espalda. Se ha teñido el pelo de verde, y lo lleva recogido en una especie de tiara. Su rostro está pálido, parece agotada. Sus ojos apenas son dos rendijas. Tiene la piel brillante por el sudor. Flota hacia nuestro primer amigo y le dice algo con una sorprendente voz de barítono. Él responde con tono soñador. No entiendo nada de lo que dicen. ¿Es por la droga ralentizadora, o hablan una especie de dialecto gamma? Parece que está a punto de suceder algo desagradable. Hago un gesto a Lilith, sugiriendo que nos marchemos, pero ella sacude la cabeza. Quédate. Míralos.

Los androides se han enzarzado en un baile grotesco. Se rozan con las yemas de los dedos, suben y bajan las rodillas. Una gavota para estatuas de mármol. Un minueto para elefantes de peluche.

Canturrean el uno para el otro. Se rodean el uno al otro. Los pies del hombre se enredan con la capa de la chica. Ella se mueve. Él se queda quieto. La capa se desgarra, dejando a la chica desnuda en la calle. Lleva un cuchillo entre los senos, colgando de un cordón verde. Tiene la espalda llena de cicatrices. ¿Ha sido azotada? Se excita ante su propia desnudez. Veo cómo lentamente los pezones se le ponen rígidos. Ahora el hombre está junto a ella. Alza la mano con dolorosa lentitud, y arranca el cuchillo de su cordón. Con la misma parsimonia, roza el metal frío contra la entrepierna de la chica, contra su vientre, contra su frente. El signo sagrado. Lilith y yo estamos junto a la pared, cerca de la entrada de la consulta del médico. El cuchillo me pone nervioso.

“Deja que se lo quite”, digo.

“No. No. Aquí sólo eres un visitante. No es asunto tuyo.”

“Entonces vámonos, Lilith.”

“Espera. Mira.”

Nuestro amigo canta de nuevo. Letras, como antes: “U… C… A…U…C…G…U…C…C…”.

Adelanta el brazo, luego lo encoge. La punta del cuchillo señala hacia el abdomen de la chica. Por la tensión de sus músculos, sé que el golpe llevará toda su fuerza; esto no es un paso de baile. La hoja está sólo a unos centímetros de la piel de ella cuando corro hacia el androide y se la quito de la mano.

Empieza a gemir.

La chica no comprende aún que ha sido salvada. Deja escapar un aullido profundo, que quizá pretendía ser un grito. Se deja caer al suelo, agarrándose los pechos con una mano, poniéndose la otra entre los muslos. Se retuerce a cámara lenta.

“No debiste intervenir —dice Lilith, furiosa—. Ven conmigo. Será mejor que nos vayamos.”

“¡Pero la habría matado!”

“No es asunto tuyo. No es asunto tuyo.”

Me tira de la muñeca. Me doy la vuelta. Empezamos a alejarnos. De reojo, advierto que la chica se está levantando. Las brillantes luces del cartel de Poseidón Mosquetero, el médico, se reflejan en sus flacos costados desnudos. Lilith y yo damos dos pasos; luego, oímos un gruñido. Volvemos la vista. La chica, al levantarse, lo ha hecho con el cuchillo en la mano, y lo ha clavado en el vientre del hombre. Metódicamente, lo lleva de la cintura al pecho. Lo ha destripado, y el hombre se va dando cuenta poco a poco. Deja escapar un sonido gorgoteante.

“Tenemos que irnos ya”, dice Lilith.

Corremos hacia la esquina. Al llegar, grito. La puerta de Alfa Mosquetero se abre. Una figura flaca y macilenta, de la altura de un alfa, con un enmarañado cabello gris y ojos saltones, sale de ella. ¿Este es el famoso médico? Corre hacia los adictos al ralentizador. La chica se arrodilla junto a su víctima, que aún no ha caído. La sangre de él le tiñe de púrpura la piel brillante. Ella canturrea, ¡G! ¡A! ¡A! ¡G! ¡A! ¡G! ¡G! ¡A! ¡C!

“Aquí dentro”, dice Lilith, y nos agachamos en un portal oscuro.

Pasos. Un olor seco a cosas marchitas. Telarañas. Entramos en profundidades desconocidas. A lo lejos, mucho más abajo, el brillo de luces amarillas. Bajamos y bajamos y bajamos.

“¿Qué es este lugar?”, pregunto.

“Un túnel de seguridad. Construido durante la Guerra de la Cordura, hace doscientos años. Parte de un sistema que recorre todo el subsuelo de Estocolmo. Los gammas se han apoderado de él.”

Como una cloaca.

Oigo sonoras carcajadas, jirones incoherentes de conversaciones. Aquí hay tiendas, con puertas como ranuras tras las que parpadean unas lamparillas. Los gammas vuelven la vista para mirarnos. Algunos de ellos nos hacen el signo uno-dos-tres al cruzarse con nosotros. Dominada por un miedo que no entiendo, Lilith hace que avancemos frenéticamente. Cambiamos de túnel, entrando en un pasaje que cruza el primero en ángulo recto.

También por aquí vagan los adictos al ralentizador.

Un varón gamma, con el rostro pintado de franjas azules y rojas, se detiene para cantar, quizá para nosotros:

¿Con quién me casaré? ¿Quién se casará conmigo? Fuego en la asquerosa cuba, fuego volando libre. Mi cabeza mi cabeza mi cabeza mi cabeza mi cabeza.

Se arrodilla y tiene una arcada. Un fluido azul le brota de los labios, casi hasta nuestro pies.

Avanzamos. Oímos un grito reverberando:

“¡Alfa! ¡Alfa! ¡Alfa! ¡Alfa!”

Dos gammas copulan en un nicho. Tienen los cuerpos brillantes y resbaladizos por el sudor. Contra mi voluntad, miro las caderas que embisten, escucho el choque de la carne contra la carne. La chica golpea rítmicamente la espalda de su compañero con las palmas de las manos. ¿Protesta por una violación, o demuestra su placer? Nunca llego a averiguarlo, porque un ralentizado sale tambaleándose de entre las sombras y cae sobre ellos, organizando un caos de miembros entrelazados. Lilith tira de mí. De repente, la deseo como nunca. Pienso en los firmes pechos bajo su ropa. Pienso en la ranura desnuda, húmeda. ¿Buscaremos algún nicho para copular entre los gammas? Le pongo la mano en las nalgas, tensas mientras camina. Lilith sacude las caderas. “Aquí no —dice—. Aquí no. Nosotros también debemos mantener las distancias sociales.”

Una cascada de luz deslumbrante desciende del techo del túnel. Burbujas rosadas aparecen y estallan, liberando olores ácidos. Una docena de gammas salen corriendo de un pasaje lateral, se detienen conmocionados al comprender que casi chocan contra dos alfas visitantes, hacen señales de respeto, y siguen corriendo, mientras gritan, ríen y cantan.

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