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La torre de cristal [Tower of Glass - es]

Электронная книга - «La torre de cristal [Tower of Glass - es]». Краткое содержание книги:

Simeon Krug, un poderoso industrial que construyó su imperio con la creación y producción en serie de androides, está empleando todos sus recursos en erigir una gigantesca torre de cristal destinada a contestar un mensaje ininteligible proveniente de las estrellas. Los androides, seres humanos concebidos artificialmente, han desarrollado una compleja religión centrada en la figura de su creador, esperando de él la redención que les otorgue los mismos derechos que los seres humanos normales. Pero Simeon Krug no está interesado en las aspiraciones de sus creaciones, y la marea de las fuerzas sociales que se desata resulta incontenible.
Una de las novelas más apasionantes de la época dorada de Robert Silverberg, en “La torre de cristal” se muestran nuevamente las soberbias dotes del autor para la caracterización de sus personajes, entrando sin esfuerzo aparente en lo más recóndito de sus motivaciones.
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—Aquí —dijo Rómulo Fusión.

Krug observó un curioso vehículo de cien metros de largo, con plumas estabilizadoras que iban desde el afilado morro de aguja hasta la cola de aspecto agresivo. El casco, rojo oscuro, parecía hecho de guijarros conglomerados. Tenía una textura ruda y granulada. No había ninguna ventanilla a la vista. Los eyectores de masa eran de forma convencional, ranuras rectangulares abiertas a lo largo de la parte trasera.

—Dentro de tres meses estará lista para un vuelo de prueba —dijo Rómulo Fusión—. Estimamos que la capacidad de aceleración será una constante de 2,4 g, con lo que la nave alcanzará pronto una velocidad no muy inferior a la de la luz. ¿Quiere entrar?

Krug asintió. El interior de la nave parecía cómodo y nada atípico: vio un centro de control, un área de recreo, un compartimento de energía y otros rasgos que hubieran sido normales en cualquier otra nave espacial contemporánea.

—Puede acomodar a una tripulación de ocho personas —le informó el alfa—. Durante el vuelo, un campo deflector automático rodeará la nave para salvaguardarla de todas las partículas flotantes, que podrían ser enormemente destructivas a tales velocidades, por supuesto. La nave se autoprograma por completo. No necesita supervisión. Éstos son los contenedores de personal.

Rómulo Fusión le señaló las cuatro hileras dobles de unidades congeladoras. Cada una medía dos metros y medio de largo y un metro de ancho, y estaban situadas contra una de las paredes.

—Funcionan con tecnología convencional de animación suspendida —le explicó—. El sistema de control de la nave, a una señal de la tripulación o desde la estación terrestre, empezará a bombear fluido refrigerante de alta densidad en los contenedores, haciendo que la temperatura corporal del personal descienda hasta el grado deseado. Harán el viaje inmersos en un fluido frío, que servirá tanto para ralentizar los procesos vitales como para aislar a la tripulación de los efectos de la aceleración constante. La inversión del estado de animación suspendida es igual de sencillo. El período máximo de sueño profundo es de cuarenta años; en caso de viajes más largos, la tripulación será despertada a intervalos de cuarenta años, sufrirá un programa de ejercicios similar al que se utiliza para entrenar a los nuevos androides, y volverá a los contenedores tras un breve intervalo de consciencia. Así, se puede llevar a cabo un viaje de duración infinita con la misma tripulación.

—¿Cuánto tardará esta nave en llegar a una estrella situada a trescientos años luz?—preguntó Krug.

—Incluyendo el tiempo de alcanzar la velocidad máxima y el necesario para la deceleración —respondió Rómulo Fusión—, calculo que unos seiscientos veinte años. Contando con los efectos de dilatación temporal relativos, el tiempo aparente en la nave no debería ser de más de veinte o veinticinco años, lo que significa que el viaje se podría realizar durante un solo período de sueño profundo de la tripulación.

Krug gruñó. Eso estaba muy bien para la tripulación. Pero si enviaba la nave a NGC 7293 en la siguiente primavera, no volvería a la Tierra hasta el siglo xxxv. Él no estaría allí para recibirla. No tenía elección.

—¿Estará terminada para volar en febrero?

—Sí.

—Bien. Empieza a elegir la tripulación: dos alfas, dos betas y cuatro gammas. Irán a un sistema elegido por mí a principios del diecinueve.

—Como ordene, señor.

Salieron de la nave, Krug pasó la mano por el casco granuloso. Su obsesión por la torre y el rayo de taquiones le habían impedido seguir el progreso del trabajo en la nave. Ahora, lo lamentaba. Habían hecho un trabajo magnífico. Comprendió que su asalto a las estrellas tendría que seguir dos direcciones. Cuando la torre estuviera terminada, podía intentar comunicarse en tiempo real con los seres que, según Vargas, habitaban en NGC 7293. Entretanto, su nave tripulada por androides emprendería el lento viaje hacia allí. ¿Qué enviaría a bordo? Un informe completo sobre los logros del hombre. Sí, cubos a granel, bibliotecas enteras, todo el repertorio musical, un centenar de sistemas informativos de alta redundancia. Que la tripulación fuera de cuatro alfas y cuatro betas. Tendrían que ser expertos en técnicas de comunicación. Mientras dormían, él les enviaría mensajes de taquiones, detallando los conocimientos que esperaba conseguir gracias al contacto de la torre con el pueblo de las estrellas. Quizá, para cuando la nave llegara a su destino, aproximadamente en el año 2850, sería posible proporcionar a la tripulación diccionarios del lenguaje de la raza a la que visitaban. Incluso enciclopedias enteras. ¡Anales de los seis siglos de contacto mediante rayo de taquiones entre los terrestres y los habitantes de NGC 7293!

Krug palmeó el hombro de Rómulo Fusión.

—Buen trabajo. Tendrás noticias mías. ¿Dónde está el transmat?

—Por aquí, señor.

Plip. Plip. Plip.

Krug volvió a saltar hacia el emplazamiento de la torre.

Thor Vigilante ya no estaba conectado a la computadora del centro de control. Krug le encontró dentro de la torre, en el cuarto nivel, supervisando la instalación de una hilera de mecanismos que parecían bolas de mantequilla engarzadas en una cadena de cuentas de cristal.

—¿Qué es esto?—quiso saber Krug.

Vigilante pareció sorprendido ante la repentina aparición de su amo.

—Cortocircuitos —dijo, recuperándose con rapidez—. En caso de un flujo de positrones excesivo…

—Vale, vale. ¿Sabes dónde he estado, Thor? En Denver.

En Denver. He visto la nave espacial. No me había dado cuenta: casi la han terminado. Hay que encajarla ahora mismo en la secuencia de proyectos.

—¿Señor?

—Alfa Rómulo Fusión está al mando allí. Va a elegir una tripulación de cuatro alfas y cuatro betas. tas. Los lanzaremos la primavera que viene, en animación suspendida, sueño frío. En cuanto enviemos las primeras señales a NGC 7293. Ponte en contacto con él, coordinadlo todo. ¿De acuerdo? Ah, otra cosa. Aunque vamos más de prisa de lo previsto, aún no estoy satisfecho, quiero más rapidez.

Bum. Bum. La nebulosa planetaria NGC 7293 brilló tras la frente de Krug. El calor de su piel evaporaba el sudor tan pronto como le brotaba de los poros. “Me estoy excitando demasiado”, se dijo.

—Cuando acabéis el trabajo de esta noche, Thor, escribe una solicitud de personal para incrementar en un cincuenta por ciento los grupos de trabajo. Envíala a Spaulding. Si necesitas más alfas, no lo dudes. Pide. Alquila. Gasta. Lo que sea. —Bum—. Quiero que se reprograme todo el plan de construcción. Hay que terminar tres meses antes de lo previsto. ¿De acuerdo?

Vigilante parecía algo aturdido.

—Sí, señor Krug —dijo débilmente.

—Bien. Sí. Bien. Sigue trabajando así de bien, Thor. Estoy muy orgulloso y satisfecho. —Bum. Bum. Bum. Plip. Bum—. Si hace falta, te conseguiremos hasta al último beta capacitado del hemisferio occidental. Del oriental. Del mundo. ¡Hay que acabar la torre!—Bum—. ¡Tiempo! ¡Tiempo! ¡Nunca hay suficiente tiempo!

Krug se marchó con rapidez. Fuera, en el frío aire de la noche, el frenesí le abandonó en parte. Se quedó quieto un instante, saboreando la brillante belleza esbelta de la torre, iluminada sobre el fondo negro de la tundra. Alzó la vista. Vio las estrellas. Cerró el puño y lo agitó.

¡Krug! ¡Krug! ¡Krug! ¡Krug!

Bum.

Al transmat. Coordenadas: Uganda. Junto al lago. Quenelle le esperaba. Cuerpo suave, pechos grandes, muslos separados, vientre palpitante. Sí. Sí. Sí. Sí. 2-5-1, 2-3-1, 2-1. Krug saltó hacia el otro lado del mundo.

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