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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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Quedó recostado contra la puerta batiente que mantenía la caseta cerrada. Angus golpeaba desde el otro lado, con los ojos dirigidos hacia arriba. Bon permanecía rígida detrás de él, ladrando con una insistencia firme y aguda. El muerto se acercaba.

– Vamos a caminar, Jude. Vamos a dar un paseo por el camino de la noche.

Jude sintió que vacilaba, que se rendía otra vez a la voz fantasmal, que caía de nuevo bajo el poder de la visión de la hoja de plata que cortaba la oscuridad de un lado a otro.

Angus golpeó la rejilla metálica con tanta fuerza que rebotó y se cayó de lado. El impacto sacó a Jude de su trance.

Angus quería salir. Ya estaba otra vez sobre las cuatro patas ladrándole al muerto, golpeando con las patas delanteras la barrera de tela metálica.

Entonces Jude tuvo una idea salvaje, sólo pensada a medias. Recordó algo que había leído el día anterior por la mañana, en uno de sus libros sobre ocultismo. Trataba de animales poseídos. Algo acerca de cómo podían comunicarse directamente con los muertos.

El fantasma estaba a los pies de Jude. La cara demacrada y blanca de Craddock era rígida, congelada en una expresión de desprecio. Los garabatos negros bailaban delante de las cuencas de los ojos.

– Escucha, ahora. Escucha el sonido de mi voz.

– Ya he escuchado bastante -dijo Jude.

Estiró la mano hacia arriba y encontró tras de sí el cerrojo de la caseta. Lo descorrió.

Un instante después, Angus saltó contra la puerta. Se abrió con un fuerte ruido, y el perro se lanzó hacia el muerto emitiendo un sonido que Jude nunca había escuchado antes al animal, un gruñido entrecortado y áspero que salía del profundo barril que era su pecho. Bon pasó a toda velocidad un momento después, con la lengua colgando y los negros labios retraídos para mostrar los dientes.

El muerto dio un paso atrás tambaleándose, con ademán de confusión en el rostro. En los segundos que siguieron, a Jude le resultó difícil entender lo que en realidad estaba viendo. Angus saltó hacia el viejo, y en ese momento pareció que no era un perro, sino dos. El primero era el delgado y fuerte pastor alemán que siempre había sido. Sin embargo, unida a ese pastor alemán había una oscuridad negra como el azabache, con la forma de un perro plano y sin rasgos característicos, pero de alguna manera sólida. Una sombra viviente.

El cuerpo material de Angus se sobreponía a la sombra con forma canina, pero no perfectamente. El perro de sombra sobresalía por los bordes, especialmente en la zona del hocico y la boca abierta. Este segundo y oscuro Angus atacó al muerto una fracción de segundo antes que el Angus real, saltando sobre su lado izquierdo, lejos de la mano que sostenía la cadena de oro y la hoja de plata que se balanceaba. El muerto lazó un grito, un chillido ahogado, furioso, y giró sobre sí, asombrado. Retrocedió. Empujó a Angus para alejarlo de sí, le golpeó en el hocico con un codo. Pero no, no estaba empujando a Angus, sino al otro, al perro negro que se movía y se inclinaba como la sombra proyectada por la llama de una vela.

Bon se lanzó hacia el otro lado de Craddock. Ella era también dos perros, tenía también su propio gemelo de sombra moviéndose a su lado. Cuando saltó, el viejo la golpeó con la cadena de oro. La hoja de plata en forma de media luna gimió en el aire. Atravesó la pata delantera derecha de Bon, por encima del hombro, sin dejar marca. Pero luego se hundió en el perro negro que había junto a ella, y le enganchó la pata. La Bon de sombra quedó atrapada y, por un momento, dio fuertes tirones que la deformaban hasta convertirla en algo que no era exactamente un perro, no era exactamente… nada. La hoja se desprendió para volver a la mano del muerto. Bon lanzó un aullido, un grito horroroso y agudo de dolor. Jude no supo qué versión de la perra aullaba, si el pastor alemán o la sombra.

Angus se lanzó contra el muerto otra vez, con las mandíbulas abiertas, derecho a la garganta, a la cara. Craddock no pudo girar con la suficiente rapidez como para alcanzarlo con el cuchillo que se balanceaba. El Angus de sombra le puso las patas delanteras sobre el pecho y empujó. El muerto tropezó y cayó sobre el sendero de la entrada. Cuando el perro negro arremetió, se estiró, adelantándose casi un metro más allá del pastor alemán al que estaba unido, alargándose y afinándose como una sombra al final del día. Sus colmillos negros se cerraron de golpe a pocos centímetros de la cara del muerto. El sombrero de Craddock voló. Angus -los dos, el pastor alemán y el perro del color de la medianoche unido a él- se subió encima y lo arañó con sus patas.

El tiempo dio un salto.

El muerto estaba sobre sus pies otra vez, apoyado de cualquier manera en la camioneta. Angus había saltado a través del tiempo con él; se agachaba y atacaba. Oscuros dientes destrozaban la pernera de los pantalones del espectro. Una sombra líquida caía de los arañazos de la cara del muerto. Cuando las gotas chocaban contra el suelo, crepitaban y echaban humo como si fuera aceite al caer sobre una sartén caliente. Craddock lanzó una patada, dio en el blanco y Angus rodó, para volver a erguirse de inmediato.

El animal se agachó, con un profundo gruñido hirviendo en su interior y la mirada fija en Craddock y en la cadena de oro con la hoja en forma de media luna en un extremo que el fantasma hacía oscilar con fiera tenacidad. Esperaba la oportunidad de atacar. Los músculos del lomo del enorme perro estaban tensos bajo el brillante pelaje corto, listos para el salto. El animal negro unido a Angus se lanzó primero, apenas una fracción de segundo antes, con la boca muy abierta y los dientes tratando de morder la entrepierna del muerto, buscando sus testículos. Craddock chilló.

Lo esquivó.

El aire tembló con el ruido de una puerta al cerrarse de golpe. El viejo estaba dentro de su Chevy. Su sombrero había quedado en el camino de tierra, aplastado.

Angus golpeó el lateral de la camioneta y ésta se meció sobre la suspensión. Luego, Bon arremetió contra el otro lado del vehículo, arañando el acero desesperadamente con las patas. Su respiración cubría de vaho la ventana, la baba mojaba el cristal, como si se tratara de una furgoneta auténtica. Jude no sabía cómo había llegado al otro lado. Un momento antes estaba junto a él, agazapada, preparada para el ataque.

Bon resbaló, dio la vuelta, trazando un círculo completo, y se lanzó otra vez sobre la furgoneta. Al otro lado del vehículo, Angus atacó al mismo tiempo. Un instante después, sin embargo, el Chevy desapareció, y los dos perros chocaron entre sí. Sus cabezas se golpearon audiblemente, y cayeron al suelo, sobre el barro congelado en el que había estado la furgoneta hasta apenas un segundo antes.

Pero no se había ido. No del todo. Los reflectores seguían allí, dos círculos de luz flotando en el aire. Los perros volvieron a saltar, arremetiendo contra aquellas luces. Cuando vieron que atacaban algo inmaterial, se pusieron a ladrar furiosamente contra ellas. Bon tenía el lomo arqueado, el pelo erizado, y se apartó de las luces flotantes e incorpóreas al tiempo que ladraba. Angus ya no tenía apenas garganta para ladrar, y cada aullido sonaba más ronco que el anterior. El cantante advirtió que los gemelos de sombra de sus perros habían desaparecido junto con la camioneta, o habían regresado al interior de los cuerpos reales, donde tal vez habían estado siempre escondidos. El hombre supuso -la idea le pareció sumamente razonable- que aquellos canes negros unidos a Bon y a Angus eran sus almas.

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