Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
Entró en su dormitorio, iluminado por la lámpara, y deshizo la cama; se sentó luego en el borde de ésta y vaciló sólo un instante antes de abrir el cajón de la mesilla de noche. El frasco rodó un poco con el movimiento del cajón; después se detuvo. Diana lo cogió con reticencia.
Aquella medicación permanecía en el organismo sólo unas horas, lo justo para permitirle dormir. Su médico le había dado su palabra, se lo había jurado, y dado que era él quien le había quitado el resto de la medicación, Diana le creía.
Aun así… el frasco seguía lleno.
Ahora, Diana se resistía incluso a tomar una aspirina. A pesar de que sus pensamientos desperdigados no conocían sosiego y de su incapacidad para concentrarse mucho tiempo en una sola cosa, a pesar de tener las emociones a flor de piel y los sentidos tan afinados que casi le causaban dolor, prefería aquel estado a lo que había vivido con anterioridad.
Se había deslizado insensiblemente a través de más de veinte años de su vida. Y no quería que eso volviera a ocurrir.
Pero necesitaba desesperadamente dormir y temía lo que podía ocurrir si no dormía. De modo que se echó un par de píldoras en la mano y se las tragó, acompañándolas con un sorbo de agua de la botella que había sobre la mesilla de noche.
Se metió en la cama y apagó la lámpara; después se reclinó sobre la almohada. Sintió el impulso de acercarse a la ventana, como había hecho tantas noches antes, pero con esfuerzo logró ignorarlo.
Dormir. Necesitaba dormir. Todo aquello le parecería lógico si lograba dormir.
Su mente siguió persiguiéndose en círculos algún tiempo (se negaba a mirar el reloj de la mesilla de noche para ver cuánto tiempo había pasado), pero al cabo de un rato se aquietó.
Y por fin se quedó dormida.
Abrió los ojos y se sentó en la cama. Curiosamente, no le sorprendió hallarse en el tiempo gris.
Sabía que todavía era de noche, aunque su dormitorio estuviera iluminado por ese crepúsculo extrañamente plano e incoloro que ya conocía. Era siempre igual, en el tiempo gris. Nunca había luz o oscuridad, sólo… grisura.
Pensó que había dormido horas, pero no se molestó en mirar el reloj de la mesilla de noche. No le mostraría nada. Una do las características verdaderamente espeluznantes del tiempo gris era que allí no había tiempo. Aquí. Los relojes, digitales o no, no tenían esfera ni rasgo alguno.
Aquel lugar, estuviera donde estuviera, se hallaba fuera del tiempo; a esa conclusión había llegado Diana. Sentía, sin embargo, que era un lugar de tránsito, un lugar entre el mundo de los vivos que conocía y lo que venía después.
No era exactamente el dominio de lo espiritual del que le había hablado Quentin. Era más bien como la puerta, el corredor que conectaba los dos mundos.
Apartó las mantas y salió de la cama, consciente del frío de la habitación, un frío que traspasaba incluso la mullida moqueta y helaba sus pies. Sabía que debía buscar sus zapatillas o sus zapatos, encontrar una chaqueta o al menos una bata, pero no se molestó. Sabía que no cambiaría nada. Siempre hacía frío en el tiempo gris. Un frío que calaba hasta los huesos.
Salió del dormitorio y se fijó con vago interés, sin llegar a detenerse, en lo insulsa que parecía la casita sin colores ni sombras. Tenía que ir a otro sitio.
Abandonó la cabaña y se detuvo en el sendero que partía de su puerta. Y esperó. Allí fuera, las luces parecían extrañas y amortiguadas, no brillantes, sino de una tonalidad más clara de gris. Las flores y los arbustos plantados en macetas y parterres que rodeaban por completo la casita estaban misteriosamente quietos y tenían aquella misma apariencia unidimensional, tomo la copia en gris de una fotografía que antaño fue de colores vivos.
Ni un soplo de aire agitaba el frío crepúsculo, a pesar de que había un leve olor, ligeramente desagradable. Diana nunca había podido identificar aquel olor, aunque en cierto modo le resultaba familiar. No se oían los ruidos nocturnos, ni el pulso de la vida. Nunca se oían.
– Diana.
Se volvió un poco y miró a la niña que permanecía a unos pasos de ella. Una niña muy bonita, con lo que parecía, en aquella grisura incolora, un cabello muy rubio que rodeaba su cara en forma de corazón.
– Hola. -Diana reparó en el sonido hueco de su propia voz, casi un eco. Era distinta a la voz de la niña, que sonaba perfectamente clara. Eso también era normal en el tiempo gris.
– Tienes que venir conmigo -dijo la niña.
Diana sacudió la cabeza ligeramente, no porque quisiera negarse, sino por impaciencia.
– La última vez que seguí a uno de vosotros, fue a una tumba.
La niña frunció el ceño.
– Pero Jeremy estaba al otro lado. En tu lado. Tú conoces la diferencia. Y conoces las reglas.
Diana las conocía, y las recordaba con toda claridad. En el tiempo gris, su memoria era perfecta, su comprensión absoluta. A pesar de su sobrecogedora extrañeza, el tiempo gris era un lugar en el que se sentía dueña de sí misma. Pero también conocía los peligros que entrañaba.
– Sé que no es seguro para mí estar aquí, entre dos tiempos. Entre dos mundos.
– No puedes quedarte mucho tiempo -contestó la niña-. Mantener la puerta abierta es peligroso, ésa es una de las normas. Y si la cierras mientras todavía estás dentro, te quedarás atrapada aquí. Supongo que no te gustaría.
– No. Supongo que no.
La niña sonrió.
– Entonces será mejor que nos demos prisa.
– ¿Cómo te llamas? -preguntó Diana, porque siempre lo hacía.
– Becca.
Diana asintió con la cabeza.
– Está bien, Becca. ¿Eras tú quien me llamaba?
– Sí.
– ¿Porqué?
– Hay una cosa que tienes que ver. -Frunció de nuevo las cejas-. Y tenemos que darnos mucha prisa.
– Otras veces he pasado horas aquí -protestó Diana, pero aun así siguió a Becca cuando ésta dio media vuelta y echó a andar hacia los establos lejanos.
– Lo sé. Pero estar de nuestro lado aquí, aquí en El Refugio, es mucho más peligroso para ti. Además, eso llegará pronto y no dejará que te quedes.
– ¿Eso? Becca…
– Por aquí. Date prisa, Diana.
Diana, que sabía por experiencia que era inútil protestar, siguió a su guía. Siempre era así: la llevaban a sitios, insistían en que viera lo que querían mostrarle, en que hicieran lo que le pedían. O simplemente en que les escuchara.
Había escuchado a muchos, a lo largo de los años.
– ¿Por qué es más peligroso para mí estar aquí mientras estoy en El Refugio? -preguntó con la esperanza de obtener al menos una respuesta.
– Porque empezó aquí.
– ¿Qué empezó aquí?
– Todo.
Diana se preguntó si había esperado que la respuesta tuviera sentido. Mala suerte, si así era.
– No lo entiendo, Becca.
– Lo sé. Pero lo entenderás.
Diana apretó el paso, como había hecho la niña, y la siguió hasta el primero de los tres edificios que componían los establos de El Refugio. Recorrieron el largo y silencioso pasillo, pasando junto a las caballerizas, con sus puertas de dos hojas medio abiertas. Diana no tuvo que mirar para saber que todas las cuadras estaban vacías.
Sabía también que allí se guardaba una docena de caballos. Allí, en aquel establo de El Refugio. No allí, en el tiempo gris.
Le había costado algún tiempo acostumbrarse a aquello.
Allí no había animales, no porque carecieran de la energía o de la esencia espiritual que sobrevivía a la muerte, creía Diana, sino porque las criaturas no humanas rara vez permanecían en el tiempo gris, atrapadas entre dos mundos debido a la mala conciencia, a la ira o a asuntos pendientes. Eso sólo lo hacían las personas.
– Ya no falta mucho -dijo Becca mirando hacia atrás.