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Enfriar El Miedo

Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:

Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
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– ¿Podía haber una razón?

Él se encogió de hombros.

– Pudo ser porque los otros niños y yo pasábamos mucho tiempo montando a caballo, y ella nunca venía porque le daban miedo los caballos. O porque el verano se estaba acabando y estábamos todos un poco aburridos, un poco cansados de la compañía de los demás. Da igual. El caso es que me la quité de en cima. -Hizo una pausa y luego añadió con voz firme-: La hora de la muerte se fijó en menos de dos horas después de aquello.

– ¿Y nadie la vio en todo ese tiempo?

– Nadie reconoció haberla visto. Para ser del todo justos es probable que nadie se fijara en ella. Era… Tenía el don de deslizarse junto a los demás sin que la vieran.

– ¿Cómo un fantasma?

– Como un fantasma.

En la intimidad de su despacho, Stephanie Boyd hizo una mueca mientras sostenía el teléfono junto a su oreja. Se le daba bien guardarse sus ideas y sus sentimientos, pero era un alivio relajarse físicamente, aunque no pudiera hacerlo de palabra. Con aquel hombre, al menos.

Su jefe había reaccionado mal, como era de esperar, ante la noticia de que se habían hallado los restos de un niño en los terrenos de El Refugio. Y su reacción no había hecho más que empeorar cuando había comprendido las probables consecuencias de la investigación policial que había en marcha.

– ¿No podría detenerlos, Stephanie?

– ¿Cómo? -preguntó ella, reprimiendo las ganas de ponerse sarcástica-. La policía está obligada por ley a investigar una cosa así, y yo no tengo autoridad para impedírselo. Y, dicho sea de paso, no creo que ningún juez ni ningún político de por aquí lo intentara tampoco, teniendo en cuenta que se trata de la muerte de un niño.

Respiró hondo.

– Dejando a un lado, naturalmente, el hecho de que, si mostráramos cualquier reticencia a descubrir la verdad sobre esta tragedia, ello sólo podría dañar aún más la reputación de El Refugio, estamos obligados moralmente a hacer todo lo que podamos.

– Desde luego. Desde luego. -Doug Wallace se esforzó por fingir que le importaba el asesinato, cometido hacía mucho tiempo, de un niño pequeño. Y casi lo consiguió. Casi.

Stephanie mantuvo un tono de voz enérgico y profesional.

– Dadas las circunstancias, creo que lo mejor es que cooperemos plenamente con las autoridades. El capitán de policía al mando de la investigación me ha asegurado que hará todo lo que esté en su mano para llevar a cabo las pesquisas con la mayor discreción posible. -Decidió no mencionar al agente del FBI, que, a fin de cuentas, estaba allí extraoficialmente.

Wallace suspiró.

– Sí, eso ya lo he oído otras veces.

– ¿Tengo su permiso para ofrecer nuestra cooperación a la policía, para poner a su disposición nuestros archivos? -insistió ella.

– Santo dios. ¿De veras es necesario?

Stephanie ladeó inconscientemente la cabeza.

– ¿Hay algún problema, señor Wallace?

Él se quedó callado un segundo o dos. Después dijo:

– Stephanie, usted es consciente de que la mayoría, si no todos nuestros clientes, valoran mucho su intimidad.

– Sí, señor. -Stephanie se detuvo allí y aguardó. Sabía por experiencia que el silencio producía a menudo respuestas que las preguntas insistentes no lograban extraer de los demás.

– Hemos tenido algunos clientes muy importantes.

– Sí, señor.

Wallace suspiró de nuevo, impaciente.

– Uno de los servicios que ofrecemos es la discreción, Stephanie. La reputación misma de El Refugio se basa en eso. Es nuestra especialidad, es decir, lo que atrae a la gente a un lugar tan apartado. Así que, sí un cliente muy importante se registra con una acompañante que no es su esposa, nosotros respetamos su intimidad. Si una actriz que se está recuperando de una operación de cirugía estética o de las desafortunadas consecuencias de una aventura insensata desea que su presencia permanezca… en fin… en secreto, nosotros cumplimos. Si un grupo de hombres de negocios necesita un lugar discreto y seguro donde discutir el futuro de su compañía, nosotros se lo ofrecemos.

– Sí, señor.

– Maldita sea, Stephanie, nosotros sólo nos ocupamos de nuestros asuntos. Y nuestros papeles lo reflejan.

Ella dijo con firmeza:

– Señor, dudo mucho que los documentos archivados acerca de las situaciones que describe sean relevantes para la investigación policial y que, por tanto, puedan interesar a la policía.

Wallace masculló un exabrupto en voz alta.

– Stephanie, lo que intento decirle es que en el pasado ha habido ocasiones en las que no se ha guardado ningún archivo. Ni oficial, ni extraoficialmente.

– Señor, nunca se me ha informado de que algo parecido formara parte de mis deberes -contestó ella, crispada.

– No, por supuesto que no. Ahora ya no hacemos esas cosas -se apresuró a decir Wallace-. Para esas situaciones más delicadas tenemos un libro aparte, de cuya existencia me consta que está informada, puesto que yo mismo se lo dije. Pero en otros tiempos hubo ocasiones lamentables en las que los empleados de El Refugio aceptaban… eh… gratificaciones adicionales… a cambio de mantener el nombre o la situación de un huésped enteramente fuera de los libros.

Stephanie se preguntó con cierta acritud en qué se había metido. Le había parecido un trabajo tan encantador…

– Entiendo, señor.

El tono de Wallace era tenso, pero firme.

– No sé si esos policías piensan examinar a conciencia nuestros libros y otros archivos, ni sé qué esperan encontrar, pero cualquiera que estuviera familiarizado con la contabilidad del hotel notaría sin duda ciertas… discrepancias.

Stephanie comprendió lo que quería decir.

– Como comida y bebida cobradas a habitaciones que supuestamente no estaban ocupadas. O como servicios de balneario reservados y sin cobrar.

– Sí, sí, exacto, ese tipo de cosas. -Wallace exhaló un suspiro-. Le aseguro que todos esos pagos eran anotados y contabilizados de acuerdo con la ley. Nosotros nos limitábamos meramente a proteger el anonimato de nuestros clientes.

Y Stephanie creía en el conejito de Pascua. Se preguntaba cuántos secretos guardaba aquel lugar. Y cuáles le estallarían en la cara en cuanto quedaran al descubierto.

– Sí, señor. -No había, en realidad, mucho más que pudiera decir, al menos mientras conservara su empleo.

El señor Wallace carraspeó.

– Lo que quiero decir, desde luego, es que si la policía mira detenidamente nuestros libros es posible que encuentre cosas que desvíen su atención sin ninguna necesidad de la investigación de la trágica muerte de ese muchacho.

– ¿Qué espera que haga, señor? -preguntó ella secamente.

– Usted está ahí -dijo Wallace en tono persuasivo-. Puede… guiar… a la policía. Mantenerles concentrados en los detalles relevantes para la investigación.

– ¿Guiarles, señor?

– No se haga la tonta, Stephanie. Puede asegurarse de que a la policía no se le permite manosear indiscriminadamente nuestras cuentas y archivos. Límites. Hay que marcar límites.

– Ya me han pedido acceso a los archivos de personal y a los documentos históricos almacenados en el sótano.

– No veo de qué modo podría ser eso relevante.

– Me han asegurado que se trata simplemente del procedimiento rutinario. La policía necesita saber quién estaba aquí en el momento del asesinato de ese niño, y dado que han pasado diez años les harán falta todos los papeles que puedan encontrar.

– Debe usted ver esos archivos primero, Stephanie.

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