Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
– Sí, soy una miedica -dijo Madison con firmeza-. Tampoco me gustan los bichos, ni las serpientes, ni nada que dé asco. -Se agachó y cogió a Angelo, que había empezado a gimotear un poco, y se dijo que, si cogía al perro, era para reconfortarle a él y no a sí misma.
– Bueno -dijo Becca-, yo lo único que te digo es que será mejor que nos ayudes a intentar detenerlo cuando vuelva. Porque si no…
Madison esperó y observó a Becca volverse con el ceño fruncido hacia la cabaña que se alzaba a unos metros de distancia.
– Sí no -prosiguió Becca suavemente-, esta vez no serán sólo huesos lo que encuentren. Lo que vean. Será mucho más.
Quentin se paseaba por la salita de su suite, inquieto y no poco acongojado. Diana se había replegado inmediatamente sobre sí misma después de decirle, con el rostro inexpresivo y los ojos bien cerrados, que había pasado casi toda su vida medicándose, y, después del día que había pasado, él no se había atrevido a urgiría a seguir hablando.
Aún no, al menos.
A decir verdad, se alegraba de tener tiempo para intentar aclarar lo que ella le había contado hasta el momento. Quería ayudarla, necesitaba hacerlo, y no tenía nada en lo que apoyarse para seguir adelante, excepto el instinto, que le apremiaba a indagar cautelosamente, a formular preguntas cuando ella parecía dispuesta a sincerarse y a ofrecerle datos sobre fenómenos paranormales hasta donde parecía capaz de aceptarlos. Era lo único que tenía para guiarse, eso y lo que ella le contaba sobre su vida y sus experiencias.
Si alguna vez había oído una historia de terror, era aquélla.
Dos tercios de su vida medicándose.
Santo cielo.
A Quentin le costaba trabajo no culpar a sus médicos, y más aún a su padre, por no tener suficiente amplitud de miras como para considerar al menos, desde el principio, la posibilidad de que a Diana no le pasara nada malo. Pero no lo habían hecho. Enfrentados a lo inexplicable, a vivencias y comportamientos que no entendían y que les asustaban, habían actuado velozmente, con todo el presunto conocimiento de la medicina moderna, para «resolver» sus «problemas».
Incluso antes de que Diana alcanzara la pubertad, por el amor de dios.
Y la habían dejado sólo viva a medias. Habían hecho de ella un remedo pálido, incoloro, vago y desapasionado de la Diana que estaba destinada a ser.
Dios, no era de extrañar que mirara el mundo con aquellos ojos cargados de recelo y desconfianza. Liberada por fin de los fármacos que embotaban su entendimiento, estaba lúcida por primera vez desde su infancia. Por primera vez era verdaderamente consciente del mundo que la rodeaba. Y no sólo estaba lúcida, sino también dolorosamente alerta, con la sensibilidad descarnada de la mayoría de las personas con facultades paranormales.
Ahora lo sabía. Lo que estuviera dispuesta a admitir en voz alta o incluso conscientemente carecía de importancia: ahora sabía que la habían mantenido viva a medias, menos que eso. Sabía que aquellos en quienes más había confiado habían traicionado esa confianza, aunque hubiera sido en nombre del amor y de la preocupación y con las mejores intenciones. No la habían mantenido a salvo, la habían mantenido drogada y dócil. Habían intentado embotar a fuerza de machacarlas las aristas agudas y únicas que la hacían ser quien era.
Para que pudiera estar sana. Como todo el mundo.
Aquello, aquella conciencia pavorosa de todo lo que había perdido, había resonado en su voz mientras le hablaba.
«Ahora tengo treinta y tres años. Haz la cuenta.»
Quentin pensó que debía de ser como despertarse de un coma o de un sueño nebuloso y descubrir que todo lo sucedido ¿interiormente era irreal. Que el mundo había seguido girando, que el tiempo había pasado… y que ella había perdido años.
Años.
Quentin estuvo paseando un rato más por la habitación, cada vez más inquieto. Por fin se descubrió en el dormitorio en sombras, frente a la ventana, contemplando la noche. Y sólo entonces se dio cuenta de que desde allí veía la cabaña de Diana, de que su suite del tercer piso estaba lo bastante alta como para rebasar los matorrales y los árboles ornamentales que había entre El Refugio y la casita.
«Vigila.»
Se quedó quieto y contuvo el aliento mientras intentaba concentrarse y oír el leve susurro que sonaba en su cabeza.
«Tienes que vigilar esta noche.»
Pasó un rato y Quentin se permitió respirar de nuevo al darse cuenta de que no habría más. Sólo la toma de conciencia, la comprensión. De que tenía que quedarse vigilando esa noche, por el bien de Diana.
Quizá por su seguridad.
Desde allí divisaba tanto la puerta delantera como el pequeño patio privado, claramente visible porque las puertas de todas las cabañas estaban bien iluminadas, lo mismo que los senderos que las conectaban con El Refugio. Tanto por comodidad como por seguridad.
Sin tomar siquiera la decisión consciente de hacerlo, Quentin se concentró, focalizó sus sentidos. Todo se emborronó un instante y a continuación la cabaña se destacó en relieve, claramente, sobre el paisaje que lo rodeaba. La puerta parecía tan cercana que era como si Quentin pudiera estirar el brazo y girar el pomo.
Dado que sólo tenía que afinar su visión, sus otros sentidos permanecían más o menos en estado latente. Sólo oía silencio. No notaba ningún olor. Cuando apoyó un hombro contra el marco de la ventana, no fue consciente del contacto. Su mente permanecía silenciosa e inmóvil.
Bishop le había advertido que no hiciera aquello. Afinar un solo sentido a expensas de los demás exigía un precio doloroso. Quentin lo sabía. Sabía que, si seguía así durante horas, al día siguiente tendría un dolor de cabeza espantoso, que sus sentidos del olfato, el gusto, el tacto y el oído estarían abotargados, quizá durante todo el día. Sabía que, agotados por el esfuerzo, los ojos le dolerían y reaccionarían ante la luz.
Existía también el peligro, creía Bishop, de perder por completo algunas capacidades. Una cosa era concentrar energía extra en los sentidos para afinarlos, y otra bien distinta sofocar completamente uno o más de esos sentidos durante un período largo de tiempo. Equilibrio. Todo consistía en mantener el equilibrio.
Quentin lo sabía. Pero no le importaba.
Necesitaba vigilar a Diana, y eso fue lo que hizo. Apoyado contra el marco de la ventana, perdida incluso la conciencia de la habitación en la que se hallaba, vigilaba.
Y esperaba.
– Si no lo creía ya, no cabe duda de que ahora creerá que estás loca -masculló Diana para sí misma mientras se secaba, tras salir de la ducha-. Menuda ocurrencia, contarle todos esos detalles espeluznantes. Todo el mundo sabe que a uno no le atiborran con drogas durante un par de décadas si no tiene un montón de problemas.
Lo peor era que no estaba completamente segura de cuál había sido la reacción visceral de Quentin. Sí, se había mostrado en apariencia comprensivo y piadoso, había dicho lo que debía decir, había insistido en que el hecho de que hubiera pasado la mayor parte de su vida medicándose no significaba que estuviera enferma. Sólo que los médicos no habían entendido nada.
Oh, sí, eso Diana lo creía. Seguramente tanto como lo creía él. Pero no sabía a ciencia cierta qué pensaba Quentin. No creía que se le diera muy bien interpretar las expresiones de los demás, debido sobre todo a falta de práctica; mientras se deslizaba por la vida en su nube medicamentosa, lo que pensaran o sintieran los otros no le había parecido, a menudo, importante.
Ahora, en cambio, sí le importaba. No sabía por qué, o al menos no quería reconocerlo ante sí misma, pero le importaba lo que Quentin pensara de ella. Y sin duda él pensaba que estaba irreparablemente trastornada. Eso no debería haberle dolido, porque siempre lo había sabido.
Pero ahora también lo sabía él.
Enfadada consigo misma y tan cansada que sus pensamientos se movían en círculos aún más que de costumbre, se puso unos pantalones de pijama de seda y una camisola a juego. Todavía era bastante temprano, pero sentía la necesidad urgente de dormir.