Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
– ¿Sospechas de Ruppe?
– Estaba aquí hace veinticinco años. Está aquí ahora. Es lo único que sé. -Sospechaba también del hecho de que Ruppe hubiera aparecido allí en un momento en que, de no haberla seguido él, Diana se hallaba sola e indefensa. Tal vez el encargado de los establos no hubiera supuesto ninguna amenaza para ella, pero Quentin no estaba dispuesto a darlo por seguro.
A fin de cuentas, tenía que haber una razón que explicara por qué sus propias facultades le habían impulsado a seguir a Diana hasta allí. Quizá sólo necesitaba despertarla, sustraerla del tiempo gris para que no permaneciera en él demasiado tiempo. O quizás un peligro de carne y hueso amenazaba a Diana.
Quentin no lo sabía. Aún.
– Teniendo en cuenta lo poco que tenemos -dijo Nate con otro suspiro-, no puedo reprocharte que te agarres a un clavo ardiendo.
– Sé que Ruppe fue interrogado después del asesinato de Missy. Leí el informe. -Lo había memorizado.
– Entonces sabrás que, en aquel momento, la policía no encontró nada sospechoso relacionado con él.
– Lo sé. Pero, como te decía, estaba aquí entonces. Y está aquí ahora. Aunque sólo sea por eso, puede que sepa algo que no sabe que sabe.
Nate se quedó pensando un momento y por fin asintió con la cabeza.
– Sí, tal vez. Suele pasar. Pero no le interrogues, Quentin, aún no. Según dice, se despertó a la hora de siempre y al bajar de su apartamento encontró a dos huéspedes fisgoneando en el cuarto de arreos, así que tiene derecho a desconfiar y a estar enfadado. No empeoremos las cosas hasta que haya motivos para hacerlo, ¿de acuerdo?
Quentin asintió con la cabeza.
– Entendido.
– ¿Estás bien? Pareces un poco…
Quentin pensó que probablemente parecía un mucho y no un poco, y haciendo una mueca dijo:
– Tengo jaqueca. Una jaqueca de mil demonios. -Además, notaba los oídos como forrados de algodón, lo mismo que los senos nasales, y los ojos le ardían y le dolían. Definitivamente, estaba pagando el precio por toda una noche de vigilia.
– Deberías tomarte algo -dijo Nate.
– Sí, sí, lo haré. -Quentin no se molestó en explicarle que los analgésicos no servían para nada en aquellos casos. Nada servía, excepto el tiempo y el descanso.
Nate se encaminó hacia el edificio principal, y Quentin y Ruppe se miraron el uno al otro desde casi la mitad del largo pasillo del establo. Quentin sabía que, indudablemente, Ruppe tenía cosas que hacer; dirigir un establo que comprendía tres cuadras distintas y albergaba a más de treinta caballos era una tarea a tiempo completo, aunque la mayor parte del trabajo sucio lo hicieran otros. Los caballos estaban ya inquietos a la espera de su comida matinal, y hacían resonar sus cascos, resoplando suavemente. El personal de mantenimiento aparecería en cualquier momento para darles de comer y empezar a limpiar las caballerizas.
En el portafolios que colgaba junto al cuarto de arreos había anotadas tres excursiones a caballo previstas para ese día, así como media docena de clases para jinetes principiantes que, en futuras salidas, querían hacer algo más que aferrarse al caballo como si de ello dependiera su vida.
Estaba claro que Ruppe no tenía tiempo de quedarse allí la mañana entera, y mucho menos aún de enzarzarse en un rifirrafe con la policía o con Quentin. Pero era igualmente obvio que era muy celoso de su autoridad y que no estaba dispuesto a ceder terreno, a no ser que se viera obligado a ello por orden de la directora.
Quentin conocía a los de su clase. Se las había visto a menudo con personas así en sus años como agente federal. Sabía también que Nate tenía razón al decir que aquél no era momento para interrogar al encargado de los establos, por más que deseara hacerlo.
Nate probablemente diría, con mucho tacto, que a fin de cuentas no había prisa: Missy llevaba muerta veinticinco años, y eso no cambiaría por unas pocas horas más, unos días o incluso unas semanas.
Probablemente.
Pero el desasosiego que Quentin había sentido la noche anterior se había convertido bruscamente esa mañana en un presentimiento profundo y frío cuando Diana había abierto los ojos de repente para hacer una afirmación que le había sonado extrañamente familiar.
«Ya viene.»
Y había tenido que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para permitir que Diana se apartara de su vista. Para dejar que se alejara de él y volviera a recorrer los senderos bien iluminados que llevaban a su cabaña a fin de cambiarse de ropa. Porque eso era exactamente lo que Missy le había dicho veinticinco años atrás.
La última vez que la vio con vida.
Ellie Weeks comía una tostada y bebía té caliente, y añoraba el café solo que solía constituir su tentempié de por las mañanas. Pero el embarazo y el café solo no parecían hacer buenas migas, al menos en su caso, y beber té era infinitamente preferible a vomitar hasta la primera papilla. Además, la gobernanta de El Refugio, la señora Kincaid, llevaba unos días vigilándola muy de cerca, y Ellie no podía permitirse hacer nada que pareciera ni tan siquiera remotamente sospechoso.
De nuevo, al menos.
En el comedor de personal, Alison Macón acercó su silla a la de Ellie y susurró:
– ¿Te has enterado de lo de anoche?
Ellie miró un momento a la otra camarera con perplejidad; después asintió con la cabeza.
– Sí. Han encontrado unos viejos huesos en uno de los jardines.
Alison pareció visiblemente desilusionada por no ser la portadora de tan dramática noticia, pero aun así logró que su susurro sonara teatral.
– Era un chico. Un niño pequeño, según creo. Encontraron su reloj enterrado con él.
Enfrascada en sus problemas y sus preocupaciones, Ellie respondió:
– Tuvo mala suerte.
– Pero, Ellie, están diciendo que fue asesinado.
– También dicen que fue hace años -repuso Ellie.
– Pero ¿tú no tienes miedo?
– ¿Por qué iba a tenerlo?
Alison pareció pasmada, pero sólo un instante.
– Podría haber un asesino aquí, en El Refugio.
– Sí, y también puede que se fuera hace mucho tiempo. Probablemente se fue. ¿Para qué iba a quedarse aquí y dejar que lo cogieran?
Alison se estremeció visiblemente.
– Pues yo tengo miedo -dijo.
– Entonces ten cuidado. Quédate en el hotel. Si tienes que salir sola, no te alejes por los senderos.
– De verdad no tienes miedo, ¿no?
– De verdad que no. -De eso no, en cualquier caso. La existencia de un asesino sin rostro que quizá siguiera allí años después de cometer un crimen no tenía ni punto de comparación con las preocupaciones, muy reales, que atormentaban a Ellie.
Un bebé.
«No puedo criar a un bebé. Yo sola, no. Tampoco puedo abortar. ¿Qué más queda?»
– Eres tan valiente…-dijo Alison con admiración.
– Si tú lo dices. -Ellie apuró su taza con la esperanza de que le asentara el estómago revuelto y empujó su silla hacia atrás-. Queda un cuarto de hora para que empiece nuestro turno. Voy a salir a tomar un poco el aire primero. Nos vemos en el cuarto de suministros.
Alison asintió con un gesto de la cabeza, pero distraídamente, con la mirada ya fija en el otro extremo de la sala, en otra camarera que tal vez no estuviera aún al corriente del hallazgo de la víspera.
Ellie se levantó y miró con mucha intención su reloj de modo que la viera la señora Kincaid; se detuvo un momento, pensativa, y decidió que tenía tiempo. Luego salió del comedor con paso enérgico, como si fuera a algún sitio en concreto.
El comedor de personal estaba en uno de los pisos más bajos del ala sur, junto con las cocinas y otras áreas de mantenimiento. En aquella ala había también unas pocas habitaciones pequeñas, reservadas para los relativamente pocos empleados de limpieza y mantenimiento que vivían y trabajaban en El Refugio.