Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
– Siéntate, Diana. -Quentin la cogió del brazo y la condujo a uno de los dos largos bancos que, colocados de espaldas el uno al otro, había en medio de la habitación. Ella se sentó en el extremo más próximo del banco y cogió las zapatillas que él sostenía antes de que Quentin pudiera sentarse a su lado.
– Yo lo haré. Tú echa un vistazo por aquí.
El la miró con el ceño fruncido.
– ¿Qué es lo que tengo que buscar?
Diana vaciló sólo un instante antes de responder:
– Un secreto. -Se inclinó para ponerse las zapatillas deportivas, casi nuevas pero decididamente grandes que Quentin le había buscado.
– Aquí casi todo está a la vista -dijo él mientras miraba a su alrededor-. Excepto aquel botiquín de allí, no veo nada cerrado. ¿Qué clase de secreto podría haber oculto aquí?
Diana no advirtió en su tono de voz signo alguno de que estuviera siguiéndole la corriente y, al incorporarse y levantar la mirada, sólo vio en su semblante un vivo interés. Pero, aun así, temía hablar más de lo necesario, al menos de momento.
No porque la asustara que él pensase que estaba loca, sino porque temía convencerse ella misma de su locura si empezaba a hablar.
– ¿Diana?
– ¿Qué hacías tú aquí, de todos modos? -preguntó ella bruscamente.
Quentin contestó con naturalidad:
– Anoche miré por mi ventana y me di cuenta de que desde allí veía tu cabaña. Y algo me dijo que vigilara. Esa vocecilla que oigo a veces. Así que eso hice. Te vi salir y dirigirte hacia los establos hace un rato. Me pareció buena idea seguirte. -Hizo una pausa y añadió-: No ha sido una pérdida de conciencia, ¿verdad? Tenías los ojos cerrados. Estabas caminando en sueños.
– Algo así.
– ¿Algo así? Diana…
– Por favor, ¿podrías echar un vistazo por aquí?
Quentin no se movió.
– ¿Tiene esto algo que ver con los asesinatos? ¿Con las desapariciones?
Ella respiró hondo.
– Dímelo tú. Una… guía… me trajo hasta aquí. Una niña de unos doce años. Dijo que se llamaba Becca.
Quentin respondió sin apenas titubear:
– Rebecca Morse desapareció de El Refugio hace nueve años. Nunca se ha encontrado ni rastro de ella.
– Entonces creo que esto tiene algo que ver con… los asesinatos. Porque ella me trajo hasta aquí. En el tiempo gris.
– ¿Y qué te dijo?
– Que este sitio guardaba un secreto. -Diana paseó la mirada por la habitación limpia y silenciosa-. Me dijo que había secretos por todas partes. Que te dijera que buscaras lo que había escondido aquí.
– ¿Yo? ¿Me llamó por mi nombre?
– No. Dijo «él». Pero se refería a ti. -Diana se estremeció y se ciñó aún más la chaqueta. Debería haberse sentido perdida entre tanta tela, pero la chaqueta era cálida y olía agradablemente a Quentin, y ello le producía una sensación de seguridad que le resultaba extraña y desconocida. Deseaba poder deleitarse en ella-. Hay algo oculto aquí, Quentin, y tenemos que encontrarlo.
Todavía inmóvil, él dijo:
– En ese caso, hay que llamar a Nate y hablar luego con la directora de El Refugio. Antes de hacer nada. Esto es propiedad privada, Diana, y estamos aquí a deshora y sin permiso.
– Ya lo creo que sí -dijo una voz agria desde la puerta.
Capítulo nueve
Cullen Ruppe era un hombre moreno, de algo más de cincuenta años, recio de hombros y brazos y poseedor de las caderas estrechas y las piernas fornidas propias de un jinete experimentado. Era también (informó Nate a Quentin en voz baja) proclive a dárselas de gruñón, razón por la cual, posiblemente, parecía empeñado en amargar la vida a todo el mundo.
– Nadie iba a registrar su cuarto de arreos sin permiso de la gerencia o, en todo caso, de una orden judicial.
– No puedo conseguir una orden -le dijo Nate a Quentin en voz baja cuando se reunió con él junto a la entrada del extenso establo, dejando a Ruppe con cara de pocos amigos en la puerta del cuarto de arreos-. No, basándome en la palabra de una posible médium que, hasta donde sabemos, podría ser simplemente sonámbula.
Quentin bajó también la voz al decir:
– Yo la creo, Nate. Creo que tenemos que registrar ese cuarto de arreos.
– Sí, sé que la crees. La cuestión es ¿qué le digo a Steph… a la señorita Boyd… para convencerla?
– Dijiste que anoche, cuando hablaste con ella, estuvo muy amable.
– Sí, pero esta situación no le hace ninguna gracia. ¿Y ahora quieres que la despierte al amanecer para que nos dé autorización? Mira, ¿qué esperas encontrar ahí en realidad?
– No lo sé. Algo. Algo que nos ayude a descubrir quién mató a Missy y a Jeremy Grant… y quién sabe a cuántos más.
– Esperas mucho de un cuarto de arreos de mala muerte, Quentin. Aquí entra y sale gente durante todo el día, constantemente. ¿Qué podría haber escondido ahí dentro?
– No lo sé -repitió Quentin-. Pero creo que tenemos que averiguarlo.
Nate frunció los labios y exhaló un suspiro ligeramente impaciente. Parecía cansado, cosa nada extraña; podía haber dormido cinco o seis horas antes de que la llamada de Quentin le sacara de la cama, pero era más probable que hubiera estado trabajando en su despacho hasta mucho después de medianoche.
– Me estás poniendo en un buen aprieto -dijo por fin-. Los dos sabemos que, si queremos registrar minuciosamente esa habitación, habrá que mirar debajo de las planchas del suelo y detrás de las paredes. Y si después de todo eso no encontramos nada, los propietarios del hotel van a poner el grito en el cielo.
– Lo sé. No te lo pediría, Nate, si no estuviera convencido de que encontraremos algo que merecerá la pena.
El policía se quedó mirándole un momento en silencio; después suspiró de nuevo.
– Ah, mierda. Está bien. Iré a despertar a la señorita Boyd, a ver si se me ocurre alguna explicación razonable que darle. ¿Tienes alguna sugerencia?
Quentin estaba más o menos acostumbrado a inventar explicaciones razonables para justificar «corazonadas» o pistas extrasensoriales, puesto que los miembros de la Unidad de Crímenes Especiales se veían a menudo en esa tesitura, pero en esta ocasión estaba bloqueado. Entre la información que poseía sobre los niños muertos o desaparecidos, no había ni un solo dato que los relacionara de manera sospechosa con aquellos establos. Ni uno solo.
Y sin conexión, no había orden judicial.
– Ojalá, pero… Lo siento.
– Y supongo que la señorita Brisco no estará dispuesta a que se haga público todo ese rollo de sus facultades extrasensoriales.
– Lo dudo. Apenas está empezando a creerlo ella misma.
– Pero lo cree lo suficiente como para insistir en que hay algo escondido en ese cuarto de arreos. ¿Es que se lo dijo otro fantasma?
Al llegar Nate, Diana había vuelto ya a su cabaña, a instancias de Quentin, para vestirse, y por esa razón el policía no había hablado con ella aún. Sobre ninguno de sus… encuentros, incluido el de la tarde anterior. Razón por la cual, probablemente, Nate parecía contrariado.
Probablemente.
– Se lo dijo el fantasma de otra de las niñas desaparecidas, Nate. Rebecca Morse. Supongo que te acordarás de ella. Trabajaste en su caso.
Nate había fruncido el ceño.
– Sí. Sí, trabajé en ese caso. La niña salió a jugar al jardín una mañana y nadie reconoció haberla visto desde que salió de la terraza trasera. Nunca encontramos ni rastro de ella. Mi jefe de aquel momento llegó a la conclusión de que la había secuestrado su padre. Había habido un divorcio muy feo. Pero a él tampoco pudimos encontrarle.
– Créeme, el padre no la secuestró. O, en todo caso, Rebecca no salió de El Refugio. -Quentin miró a Ruppe y añadió-: Esperaré aquí mientras tú hablas con la señorita Boyd, si no te importa.