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Enfriar El Miedo

Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:

Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
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Quentin movió la cabeza de un lado a otro.

– No tengo modo de saberlo con certeza. Las facultades parapsicologías son tan únicas como los individuos que las poseen. La liberación inconsciente de energía acumulada podría manifestarse casi de cualquier forma. ¿Qué cosas extrañas te has despertado haciendo?

– Una vez estaba en un lago. Con el agua hasta la cintura. -Se estremeció-. En aquella época no sabía nadar. Ahora, sí.

Él arrugó el ceño.

– ¿Qué más?

– Conducir el Jaguar de mi padre. Muy deprisa. Tenía catorce años.

– Dios mío.

– Sí. Me llevé un susto de muerte.

– Cuándo recuperaste la conciencia, ¿no guardabas ninguna sensación de adonde ibas ni por qué?

– No, sólo… -Fue ahora Diana quien frunció el ceño-. Sólo un… impulso, un tirón.

– ¿Un tirón?

– Sí. Como si algo, o alguien, supongo, me hubiera, estado llamando, arrastrándome hacia sí.

– ¿Adónde te dirigías?

– Tenía tanto miedo que apenas me daba cuenta de dónde estaba.

– Piensa. Intenta recordar.

– ¿Es importante?

– Podría serlo.

Diana se concentró e intentó orillar el terror y la angustia que guardaba en la memoria y recordar algo más que emociones. ¿Qué había hecho? Frenaba el coche, buscaba una señal, tenía las manos frías y sudorosas sobre el volante y el corazón le latía con violencia. En la oscuridad, antes de que amaneciera, todo le parecía ajeno y se sentía tan sola que no había palabras para expresarlo.

– Estaba en una autopista interestatal -dijo cuando una señal de tráfico brilló entre sus recuerdos-. Me dirigía al sur. Tardé más de una hora en encontrar un teléfono y llamar a mi padre. No… no le hizo mucha gracia. Estaba tan asustado como yo, o eso me pareció. -Hizo una pausa y luego añadió-: A la semana siguiente, hubo una clínica nueva. Un nuevo doctor. Un nuevo tratamiento.

– Lo siento, Diana.

Ella le miró.

– En aquel momento estaba más que dispuesta a probar cualquier tratamiento que me propusieran los médicos. Tenía catorce años, Quentin, y me despertaba en una autopista interestatal a las cinco de la mañana, conduciendo el Jaguar de mi padre a casi ciento ochenta kilómetros por hora. Tenía miedo de estar intentando matarme. Creo que mi padre temía lo mismo.

– ¿Y los médicos?

– ¿Si creían que tenía tendencias suicidas? -Ella levantó los hombros y los dejó caer-. Algunos sí, a lo largo de los años, estoy segura. Pero nunca hice las cosas que los pacientes con tendencias suicidas suelen hacer. Nunca intenté cortarme las venas o hacerme daño de ninguna otra manera. Dejando a un lado las pérdidas de conciencia, desde luego. Nunca intenté atiborrarme de fármacos. Nunca hablaba de matarme, nunca hacía dibujos que indicaran que tenía el suicidio en la mente, o bajo ella.

– ¿Qué hay de las pérdidas de conciencia? ¿Son frecuentes?

– No han sido tantas, en realidad. Puede que dos al año y, casi siempre, cuando salgo de ellas, estoy en mi cama o sentada en una silla. Como si me hubiera quedado dormida. Y hubiera soñado cosas que nunca recuerdo.

– El subconsciente suele ser un buen guardián y tiende a protegernos de lo que no podemos o no queremos soportar -dijo Quentin-. Pero me sorprendería que, ahora que sabes que tienes facultades extrasensoriales, no se te abrieran unas cuantas puertas. Puede que empieces a recordar esos sueños. Y esas experiencias.

Aquella posibilidad daba miedo, pensó Diana. Quizás incluso más que no recordar nada.

– Uno de mis médicos -dijo-, se convenció de que las pérdidas de conciencia eran causadas por una reacción adversa a uno o más medicamentos que me habían recetado. Eso fue hace casi un año.

– ¿Te quitó la medicación?

Ella asintió con la cabeza.

– Los primeros dos meses fueron… un infierno. Me retiraron los fármacos bajo supervisión, así que tuvieron que hospitalizarme. Que vigilarme. Muchos de esos medicamentos me los habían recetado para aquietar mi mente y mantenerme en calma.

– Sedantes -dijo Quentin-. Ansiolíticos. Antidepresivos.

– Sí. Cuando me los quitaron todos, aunque fuera poco a poco, fue como si me dieran cuerda. Perdí diez kilos porque no podía estarme quieta. Hablaba tan deprisa que nadie entendía lo que decía. No pegaba ojo y nada retenía mi atención más de un par de minutos seguidos. Mi padre quería que volvieran a medicarme por el estado en que estaba. Pero el doctor se mantuvo firme, afortunadamente. Y después de las primeras semanas mi mente se aclaró por fin lo suficiente como para que yo también pudiera mantenerme firme.

– ¿Cuánto tiempo llevabas medicándote? -preguntó Quentin al cabo de un momento.

Diana no quería decírselo, pero por fin contestó:

– Me prescribieron los primeros fármacos cuando tenía once años. Desde ese momento, siempre había algo, normalmente más de un medicamento cada vez. Pero siempre alguno. Ahora tengo treinta y tres años. Haz la cuenta.

– Más de veinte años. Has pasado dos tercios de tu vida drogada.

– Y más o menos el mismo tiempo sin memoria -contestó ella.

Capítulo ocho

Madison dijo:

– No creo que esto sea buena idea.

– ¿Por qué no? -quiso saber Becca-. Tenemos que hacer algo y no nos queda mucho tiempo. Créeme, no querrás estar aquí cuando eso vuelva.

– ¿Estás segura de que va a volver?

– Claro que estoy segura. Siempre vuelve.

– Puede que esta vez…

Becca movió la cabeza de un lado a otro.

– Seguirá volviendo hasta que lo paren. Y no podrán pararlo hasta que lo sepan. Hasta que lo entiendan.

Madison titubeó. Luego dijo con pesadumbre:

– Pero parecía tan asustada… Cuando él la dejó sola, hace un rato, y ella cerró la puerta con llave. Aunque sea una persona mayor. Parecía muy asustada.

– Lo sé. Pero ella puede cambiar las cosas, o al menos puede intentarlo. Es ella a quien estábamos esperando, estoy segura. Vio a Jeremy y eso es lo que importa, lo que tenemos que recordar. Creo que también ha visto a Missy…

– ¿Quién es Missy?

– Tú todavía no la conoces -respondió Becca-. Lleva aquí aún más tiempo que Jeremy. Pero suele quedarse en el tiempo gris y no sale mucho, ni siquiera cuando alguien abre la puerta.

– ¿Por qué? ¿No se siente sola ahí dentro?

– Supongo que sí. Pero le da más miedo lo que pasa aquí fuera. Supongo que es porque sabía lo que iba a pasarle antes de que le pasara.

– ¿En serio?

– Aja. Ella era especial, como tú. Supongo que esta vez está intentando con todas sus fuerzas encontrar un modo de detenerlo.

– ¿Para poder marcharse de El Refugio?

– Supongo que sí.

– Pues yo supongo que no será fácil, o ya lo habría hecho -dijo Madison, irritada de pronto.

Becca se echó a reír.

– ¿Te pone nerviosa que diga tanto «supongo»? Mi madre lo decía todo el rato. A mí también me sacaba de quicio. Pero ahora me gusta decirlo, supongo que porque me recuerda a ella.

– ¿Tu mamá no está aquí? -preguntó Madison, cuya compasión, siempre pronta, se había despertado repentinamente.

– No, no está aquí, en El Refugio. Está a este lado de la puerta, pero yo no puedo verla, claro. No puedo hablar con ella. Se suponía que íbamos a quedarnos unos días más, ella, mi hermano y yo. Ellos se quedaron mucho tiempo, buscándome. Pero no pudieron encontrarme, claro. Tarde o temprano tenían que irse a casa. Así que se fueron.

– ¿Y te dejaron aquí?

– Bueno, no podían llevarme con ellos. No podían verme. Y aunque hubieran podido, yo no tenía ningún hueso que enseñarles, como Jeremy.

Madison miró a su nueva amiga con inquietud.

– Me alegro de que no tengas ningún hueso, Becca, porque no me gustaría verlo.

– Qué miedica.

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