Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
– Becca, ¿se trata de ti?
– Te he llamado yo, ¿no?
– Las dos sabemos que eso no significa nada. Una vez tuve un guía que me llamó una docena de veces, y nunca se trataba de él.
Becca se detuvo en medio del pasillo y se volvió para mirarla fijamente.
– Esta vez, se trata de ti.
– ¿De mí?
– Sí.
– ¿Qué quieres decir? -Diana cruzó los brazos sobre el pecho y se frotó los antebrazos, intentando entrar en calor. No sirvió de nada. Nunca servía.
– Estabas destinada desde siempre a venir aquí, Diana. A El Refugio. Llevas toda tu vida atada a este sitio.
– ¿Cómo es posible? Nunca había estado aquí.
– Conexiones.
– ¿Se supone que eso tiene sentido? Porque no lo tiene.
Becca sacudió la cabeza ligeramente, pero dijo:
– Las cosas tienen que suceder como suceden. Cuando suceden. ¿Crees que fue un accidente que el médico te quitara las medicinas cuando lo hizo? ¿Que ha pasado el tiempo justo para que tu mente se aclare y para que todos esos fármacos desaparezcan de tu cuerpo?
– ¿El tiempo justo?
– El tiempo justo para que estuvieras lista cuando llegaras aquí.
Diana cobró conciencia de un nuevo frío, más hondo. Allí pasaba algo malo, había algo distinto. Diana llevaba más de veinte años hablando con guías… y las conversaciones nunca se desarrollaban así.
Como Jeremy y sus huesos, la mayoría de ellos la necesitaban para que actuara de su parte. Para que encontrara algo por ellos. Para que pasara alguna información. Para que zanjara sus asuntos pendientes. No se trataba de ella. Nunca se trataba de ella.
Becca asintió con la cabeza como si hubiera oído aquellos pensamientos inarticulados.
– Parece distinto, ¿verdad? Eso es porque estás aquí, aquí de verdad, en carne y hueso. Has podido hacerlo otras veces, cuando perdías la conciencia, pero nunca estando dormida. Cuando estabas dormida, era como… como un sueño. Sólo estabas aquí en parte, en este lado. Las medicinas impedían que el resto de ti cruzara a esta orilla.
– Yo no estoy muerta -dijo Diana lentamente.
– No, claro que no. No se trata de eso. Es hora, Diana. Es hora de que empieces a recordar los lugares a los que vas cuando duermes o pierdes la conciencia. Hora de que te des cuenta de que puedes hacerlo. Lo que llevas haciendo casi toda tu vida. Hora de que vengas aquí y conozcas eso, y empieces a encontrar las respuestas que necesitas. Todo forma parte de tu viaje.
Confusa, Diana dijo:
– Pero no me acordaré. Cuando esté despierta. Nunca me acuerdo.
– Nunca te acordabas antes, por las medicinas. No podían impedir que hicieras lo que tenías que hacer, pero te impedían recordar. Piénsalo. No has perdido la conciencia desde que te quitaron la medicación.
– El dibujo. La pintura.
– Él te lo explicó. Eso fue distinto. Era como soñar despierta.
Diana se quedó callada.
– Si ahora te permites recordar, si te permites comprender y creer, no habrá más pérdidas de conciencia, Diana. No tendrá por qué haberlas. Seguirá siendo más fácil abrir la puerta y venir aquí cuando estés dormida, pero podrás hacerlo cuando estés despierta. Siempre que quieras. Si crees.
– No es tan sencillo.
– ¿No? Ya casi lo has conseguido. Estás recordando tus sueños -dijo Becca.
– Pesadillas -dijo Diana involuntariamente-. Y no las recuerdo, sólo… me asustan.
– Así tiene que ser.
Aquella voz dulce, grave, infantil hizo que Diana se sintiera recorrida por otro de aquellos profundos escalofríos, y resistió el impulso de dar un paso atrás.
– Tú me has llamado -dijo-. Me has traído aquí. ¿Por qué?
– Para enseñarte una cosa. Para que empieces a creer de verdad.
– ¿Para enseñarme qué?
– Un lugar secreto.
– Becca…
– Hay secretos por todas partes, Diana. Recuérdalo. -Señaló hacia un lado, donde la puerta del cuarto de arreos del establo permanecía cerrada-. Uno de ellos está ahí. Dile a él que lo busque. Dile que está escondido ahí.
– ¿Qué hay escondido ahí? Becca…
La niña ladeó la cabeza con expresión solemne.
– En el desván también. Allí arriba hay algo que tienes que ver. Es importante, Diana. Es muy importante.
– ¿Por qué? -La pregunta apenas había salido de sus labios cuando un súbito destello la hizo parpadear. Por un instante, por una fracción de segundo, creyó oler a heno, pensó que la grisura que la rodeaba había cambiado-. ¿Porqué, Becca? -repitió rápidamente.
– Porque es la verdad. Y tienes que saber la verdad. Hasta que no la sepas, no entenderás lo que está pasando aquí.
Otro destello le trajo el olor del heno y los caballos y la visión de los fluorescentes que bordeaban longitudinalmente el pasillo del establo. Sintió de pronto que un calorcillo atenazaba sus antebrazos y se dio cuenta al instante de lo que estaba sucediendo.
Estaban tirando de ella.
– ¿Qué es, Becca? ¿Cuál es la verdad?
Otro destello. Luego otro. Ahora veía a Quentin a la luz brillante de los destellos, de pie ante ella.
– No puedo decírtelo, Diana. Tienes que descubrirlo por ti misma. Tú y él. Le necesitas. Porque…
– … ya viene -dijo Diana al abrir los ojos.
– ¿Quién viene? -preguntó Quentin, cuyas manos apretaban con fuerza los antebrazos desnudos y helados de Diana.
Un caballo resopló allí cerca, sobresaltándola, y el olor fuerte pero agradable del heno y los animales se adensó repentinamente en sus fosas nasales. Los tubos fluorescentes del pasillo brillaban tanto que le hacían daño en los ojos. Se preguntó vagamente si permanecían encendidos toda la noche, y luego llegó a la conclusión de que seguramente los había encendido Quentin al entrar tras ella en el establo unos minutos, o quizás unas horas, antes.
Notaba los pies helados. Se sentía helada.
– ¿Qué estás haciendo aquí, Diana? Son las cinco de la mañana.
Ella le miró parpadeando, perpleja por un instante, con la mente en blanco. Pero luego se acordó.
Se acordó de todo.
– Estaba siguiendo… -murmuró.
– ¿Siguiendo qué?
– Qué no. A quién.
Quentin arrugó más aún el ceño, pero antes de decir nada más se quitó la sudadera de cremallera que llevaba puesta.
– Toma, ponte esto. Tienes la piel helada.
Diana se miró, bruscamente consciente de su escueto atuendo. La camisola de seda se ceñía a su carne helada como una segunda piel, sin dejar nada a la imaginación. Sintió que sus mejillas se acaloraban, se puso rápidamente la chaqueta y quedó envuelta en el calor y el olor del cuerpo de Quentin.
– Dios mío, tienes los pies casi azules -dijo él-. El encargado de los establos solía tener unas botas de sobra y a veces algunos zapatos en el cuarto de arreos, pero estará cerrado. Tengo que llevarte de vuelta a la cabaña.
Comprendiendo más por intuición que por cualquier ademán de Quentin que éste se disponía a cogerla en brazos para llevarla a la cabaña, Diana dio un paso hacia el cuarto de arreos.
– La puerta no está cerrada con llave -dijo-. No… no podemos irnos aún.
– ¿Por qué no?
Ella no respondió; se acercó a la puerta, sólo confusamente consciente de que tenía los pies entumecidos y de que apenas sentía el empedrado bajo ellos. Giró el pomo y pisó el suelo de madera del cuarto de arreos.
Fue Quentin quien pulsó el interruptor de la luz al entrar tras ella, diciendo:
– Estupendo, siguen guardando cosas de sobra aquí. -Cruzó el espacioso cuarto, al fondo del cual, en una estantería baja, había botas de montar y varios pares de zapatos.
Diana miraba a su alrededor. ¿Un lugar secreto? ¿Había allí un escondite? Lo único que veía era un cuarto de arreos, una habitación de unos cinco metros por seis atestada de sillas de montar colocadas en soportes, de bridas y ronzales, de sogas colgadas de escarpias y de numerosas bandejas que, dispuestas sobre los estantes, contenían cepillos, peines, punzones de herrero y otros utensilios para el cuidado de los caballos.