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Enfriar El Miedo

Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:

Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
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– Señor, ¿me está pidiendo que interfiera en la investigación?

– Desde luego que no. -Wallace parecía ofendido, pero también acosado-. No le estoy sugiriendo que oculte nada de valor a la policía, simplemente que eche un vistazo antes que ellos. Que expurgue lo que su sentido común le diga que de ningún modo puede ser relevante para la investigación. Y que me informe si encuentra algo… extraño.

– ¿Extraño, señor?

– Algo que le parezca raro, eso es todo. Nada que tenga que ver con ese asesinato, obviamente.

Stephanie tenía un instinto muy fino, y en ese momento su instinto prácticamente estaba haciendo el pino para llamar su atención. Intentar «guiar» a la policía para que no advirtiera las discrepancias en la contabilidad era una cosa, y rebuscar activamente en los documentos para informar a Wallace, otra bien distinta. Y tremendamente sospechosa.

¿Qué esperaba Wallace que encontrara?

– Stephanie, le estoy pidiendo en términos perfectamente razonables que tenga presente el interés de sus empleados, eso es todo.

Stephanie sintió la tentación de forzar a Wallace a que fuera más explícito, a que le explicara con más detalle a qué se refería, pero al final decidió no hacerlo. Por un lado, Wallace tenía tendencia a salirse por la tangente. Por otro, Stephanie no quería, en realidad, que se preocupara por sus actividades hasta el punto de coger un avión en California para plantarse allí. Al menos, hasta que descubriera de qué iba todo aquello.

Si había algo que los hijos de militares aprendían desde muy pronto era que cuanta más información se tenía más probable era tomar la decisión acertada. Nadie podía sorprenderte si sabías dónde se ocultaba.

En otras palabras, protegerse los flancos. Y el trasero, si la ocasión lo requería. Manteniendo un tono tranquilo, aunque levemente impaciente, dijo:

– Muy bien, señor. Echaré un vistazo abajo y le informaré si veo algo fuera de lo corriente. Y trabajaré tan estrechamente con la policía como sea posible para mantenerme al tanto de la investigación.

– Bien. -Wallace parecía, más que satisfecho, un tanto receloso, como si fuera consciente de que Stephanie no había cantado la canción de guerra de su equipo-. Bien. Espero informes regulares, Stephanie. Pase lo que pase.

– Sí, señor. -Ella cruzó los dedos-. Ahora que se acerca el fin de semana, no creo que se avance gran cosa hasta el lunes, por lo menos. Le llamaré entonces para darle noticias.

– Muy bien.

Stephanie colgó el teléfono, se recostó en la silla y, apoyando los pies sobre la mesa, se quedó pensando en aquello.

Punto primero: había discrepancias en las cuentas de El Refugio y posiblemente también en otros documentos. Punto segundo: a Douglas Wallace, director de la división inmobiliaria del riquísimo grupo de inversores propietario de El Refugio, le preocupaba que la persona equivocada encontrara algo sospechoso si rebuscaba entre aquel papeleo. Punto tercero: lo que preocupaba a Wallace, fuera lo que fuese, podía o no tener que ver con el asesinato de un niño de ocho años acaecido una década antes. Pero, en cualquiera de los dos casos, Wallace estaba algo asustado y lo disimulaba mal.

Lo cual era una mala noticia, se mirara por donde se mirara.

En resumen: Stephanie Boyd estaba en un atolladero.

– Mierda -masculló-. Sabía que este trabajo era demasiado bueno para ser verdad.

– No puedes culparte -dijo Diana.

– Lo sé, racionalmente. -Quentin se encogió de hombros-. Me digo a mí mismo que debo olvidarlo y seguir adelante con mi vida. Bien sabe dios que lo mismo me dicen los demás. Pero ya sea por mis facultades paranormales, por mi mala conciencia o por simple instinto, el caso es que algo dentro de mí ha insistido durante todos estos años en que tenía que encontrar al asesino de Missy. Y dejarla descansar en paz. Es algo que tengo que hacer. Algo que estoy destinado a hacer.

Diana recordó la cara delgada y los ojos tristes que había visto y dibujado, y dijo lentamente:

– Ojalá pudiera decirte que ya descansa en paz. Pero…

– Pero no puedes. La viste, lo que significa que sigue en el limbo, a falta de una palabra mejor. Después de todos estos años, no ha podido seguir adelante.

– ¿Hacia dónde?

Él sonrió ligeramente.

– ¿Quieres que diga que al cielo?

– No lo sé. ¿Sería cierto?

– Ésa es una pregunta a la que yo no puedo responder. Las cosas que sé del futuro no me revelan nada sobre el ámbito de lo espiritual. Ni sobre el más allá. De momento, al menos.

Diana arrugó el entrecejo. Bebió un sorbo de su té, ya frío, Y dijo:

– Mi dibujo de Missy. Lo hice antes de verla.

Quentin sabía qué estaba pensando.

– Es una forma de escritura automática. Tu subconsciente y tus facultades paranormales estaban funcionando más o menos automáticamente.

– ¿Por qué?

– Tenemos unas cuantas teorías. Casi siempre es el estrés lo que desencadena la escritura o el dibujo automático. Sólo conozco un par de personas con facultades paranormales capaces de utilizar a voluntad ese don; en los demás, suele manifestarse porque algo se ha reprimido.

Ella le miraba con fijeza.

– Tus facultades llevan intentando emerger casi toda tu vida. Intentándolo. Entre los fármacos, las terapias y tu resistencia, han sido reprimidas una y otra vez. Rechazadas, aprisionadas. Pero algo tan poderoso siempre, tarde o temprano, encuentra un camino para escapar de lo que lo retiene. Antes has dicho algo sobre pérdidas de conciencia.

Diana frunció el ceño, inquieta.

– ¿Sí?

– Sí. Imagino que las pérdidas de conciencia comenzaron en algún momento durante los primeros años de tu juventud, durante el período de caos físico y emocional de la adolescencia. Y que o se han ido haciendo más fuertes con el paso del tiempo, o suelen ocurrir cuando estás sometida a niveles de estrés infrecuentes.

– Lo último -contestó ella a regañadientes.

Quentin no permitió que advirtiera lo mucho que le alegraba aquella información. Si las pérdidas de conciencia eran erráticas y estaban relacionadas con el estrés, era menos probable que las facultades de Diana estuvieran convirtiéndose en un peligro para ella.

Menos probable. No imposible.

– ¿Lo que significa? -insistió ella.

– Lo que significa, o significa probablemente, que pierdes la conciencia únicamente cuando tus facultades no encuentran otro modo de liberarse.

Diana dejó su taza sobre la mesa baja y se reclinó hacia atrás, cruzando los brazos sobre el pecho.

– Está bien, ahora sí que me estás asustando. Hablas como si esas supuestas facultades mías tuvieran voluntad propia.

– Energía, Diana. Tu cerebro está diseñado de forma natural para captar la energía, y también tiene que ser capaz de liberarla. Piensa en una olla llena de agua hirviendo que empieza a llenarse de vapor. Si la tapa está bien cerrada, la presión puede aumentar hasta alcanzar una fuerza destructiva, hasta que el propio recipiente corre peligro. Hay que dejar escapar parte del vapor.

– De acuerdo, pero…

– La energía que captas debe tener una espita, cosa que tú instintivamente siempre has sabido. Si no puedes ofrecerle esa válvula de escape conscientemente, permitiéndote experimentar visiones como la que has tenido hoy, entonces tu subconsciente encontrará una forma de hacerlo por tu propio bien. Las pérdidas de conciencia.

– No recuerdo qué pasa en esos momentos. -Ella vaciló. Después añadió-: Pero me… me he despertado en sitios extraños. Haciendo, a veces, cosas extrañas.

– No me sorprende. Esos apagones psíquicos son una respuesta extrema, lo que significa que, antes de que ocurran, el nivel de energía ha de ser tremendo.

– ¿Qué ocurre entonces? ¿Cuándo se ha… desencadenado la pérdida de conciencia? -Diana no estaba segura de qué pesaba más en ella, si la curiosidad o el miedo.

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