La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
– ¿Y entonces qué pasó? ¿Disteis un paseo por el mundo de los recuerdos?
Rachel pensó en todo aquello que habitaba el mundo de sus recuerdos: los besos, los abrazos… el anhelo de algo más.
– Eh…
– ¡Dios mío, te estás sonrojando! ¿Qué demonios hicisteis los dos en el jardín? Espero que hayáis sido suficientemente inteligentes como para no romper el preservativo en esta ocasión.
– ¡Mel!
– Lo siento -y realmente parecía sentirlo, lo cual era toda una novedad-. Supongo que lo que pasa es que me sorprende que os llevéis tan bien cuando durante años he tenido que ser yo la que llevara a Em…
– Lo sé -Rachel se cubrió los ojos con la mano-, lo sé -repitió más suavemente-, y te estamos muy agradecidos…
– Ahora incluso hablas por él, ¿eh?
Rachel no tenía la menor idea de a qué se debía el extraño humor de su hermana, pero tampoco tenía tiempo para pensar en ello.
– ¿Quieres saber lo que pasó entre nosotros o no?
– Claro que sí. Si has sido suficientemente estúpida como para hacer algo con un hombre que rezuma resentimiento y parece estar muriéndose por marcharse a donde quiera que antes estuviera.
– Hay circunstancias atenuantes…
– Dime una.
Intentando no entrar en demasiados detalles personales, Rachel le habló de Manuel Asada, de su fuga, del accidente, de las cartas y de todo lo que Ben le había contado.
– Así que ahora ya sabes por qué está aquí.
– Muy bien, pues yo tampoco pienso irme de esta casa -anunció Melanie.
– Claro que te vas a ir. Perderás tu trabajo si no vuelves mañana a trabajar. Yo aquí estoy bien. Nos veremos pronto.
– Sí -Mel se acercó a la puerta, pero antes de salir, regresó al lado de su hermana para darle un enorme abrazo.
Nunca se habían dicho que se querían. Y tampoco se lo dijeron en aquel momento, pero no era extraño, puesto que Rachel jamás se lo había dicho a nadie, excepto a Emily.
Ni una sola vez.
Cuando Mel salió, Rachel miró a su alrededor, preguntándose qué le había impedido hacerlo. ¿El miedo? ¿O la incapacidad para darse a los demás? Quizá fueran las dos cosas.
Como no le estaba gustando nada lo que estaba concluyendo acerca de ella, decidió dejarlo de momento. En aquella etapa de su vida, había cosas más importantes que el amor. Mucho más.
Para deshacerse de la terrible tensión que la invadía, necesitaba una carrera. Era imposible que corriera todavía, pero su fisioterapeuta había dicho que pronto comenzaría a caminar. Se dirigió al jardín. Era muy grande para una ciudad como South Village y, antes del accidente, Emily y ella pasaban mucho tiempo allí. Desde que no podía arrodillarse para arrancar las malas hierbas, estaba muy abandonado. Pero arrancar las malas hierbas siempre había sido una terapia relajante y podía utilizarla en aquel momento.
De modo que se dirigió hacia el jardín trasero, caminando lentamente por el camino empedrado. Resbalaba un poco, pero decidió no dejar que nada la detuviera.
Excepto su propia estupidez. Cuando el bastón se le resbaló, ella también cedió por el peso de la escayola y terminó cayéndose al suelo con un buen golpe.
Por un instante, permaneció sentada en medio del jardín. Había perdido la sandalia y el sombrero de paja. Las gafas de sol las tenía en la barbilla. El trasero le dolía, pero era de esperar, teniendo en cuenta cuál había sido su aterrizaje. La pierna y el brazo escayolados parecían estar adecuadamente protegidos, pero se había arañado la rodilla y el codo. Era curioso, había sido arrollada por un coche y no había sentido nada durante al menos cuatro días. Y se caía de pronto en el jardín y le entraban ganas de echarse a llorar.
Riéndose de sí misma, intentó levantarse… Y descubrió que no podía. La pierna escayolada estaba doblada en tal ángulo que no podía incorporarse sin ayuda y el bastón había caído fuera de su alcance.
Pero se negaba a llamar a Emily, que en aquel momento estaba escuchando música en el piso de arriba. Y tampoco podía llamar a Ben, que estaba en la improvisada habitación de revelado que se había montado en el cuarto de baño. Haciendo un enorme esfuerzo y con un poco de inventiva, consiguió rodar sobre sí misma y agarrar el bastón. Después, y eso le llevó un buen rato, consiguió colocar la pierna escayolada de manera que le permitiera apoyarse sobre la rodilla buena, que cada vez le sangraba más.
Mientras estaba de rodillas, intentando averiguar cómo iba a poder levantarse, oyó el canto de los pájaros y el zumbido de las abejas a su alrededor, y se dio cuenta de pronto de que la vida continuaba. Por mucho que no pudiera dibujar, o que su hija se hubiera convertido en una extraña, o que su ex amante estuviera en su propia casa, dirigiéndole unas miradas que le robaban la respiración, la vida continuaba.
Y también debía continuar viviendo ella. De pronto, se sintió mucho más ligera y menos furiosa de lo que se había sentido desde que había sufrido el accidente. Apretando los dientes, empleó las últimas energías que le quedaban en levantarse. Lo había conseguido, ella sola. Y estaba temblando de pies a cabeza, pero con una enorme sonrisa en los labios, cuando apareció Ben.
Como tenía el sol tras él, lo único que podía distinguir Rachel era su oscura silueta caminando hacia ella.
– ¿Qué ha pasado? -le preguntó en tono imperioso.
– Nada, me he caído y…
– ¿Estás bien?
– Aparte del orgullo herido y del dolor del trasero, sí.
– No puedes aceptar tus limitaciones, ¿verdad? -alargó el brazo hacia ella-. No, tú no. Tú tienes que salir y demostrar que no existen porque jamás estarás dispuesta a apoyarte en alguien.
– Caramba, supongo que no vas a besarme.
Ben no se molestó en responder mientras iba examinado todo su cuerpo. Su rostro permanecía impasible, pero Rachel estaba teniendo serias dificultades para hacer lo mismo. Sentía los dedos de Ben en las costillas, todos y cada uno de ellos. Rozaba con los nudillos la parte interior de sus senos y aparentemente su libido estaba funcionando a pleno rendimiento porque tenía los pezones endurecidos. Miró a Ben para comprobar si lo había notado.
– He dicho que estoy bien.
Por la respuesta de Ben mientras le sacudía la ropa, bien podría haber estado hablando con una pared. Pero entonces sus ojos se encontraron. Y al ver el calor infernal que reflejaban los de Ben, Rachel tragó saliva. ¿De verdad pensaba que no lo había notado?
Sí, Ben lo había notado, y estaba teniendo serias dificultades para controlarse.
– Supongo que debería darte las gracias…
Interrumpió la frase cuando Ben se inclinó para levantarla en brazos.
– Ben, no seas ridículo, puedo ir andando, sólo me llevará… ¡Ben!
Ignorándola, Ben se dirigió hacia la casa.
– De acuerdo, escucha, yo…
– Estás sangrando.
Rachel bajó la mirada hacia los arañazos, que le parecieron ridículos comparados con el resto de sus lesiones.
– Sólo son heridas -estaban ya cerca de la puerta-, Ben, por el amor de Dios, estoy bien.
Ben no se detuvo hasta que llegó al cuarto de baño. Una vez allí, la sentó sobre el mostrador, buscó en los armarios, empapó una toalla y procedió a limpiarle la herida de la rodilla.
No dijo una sola palabra mientras le vendaba las abrasiones. Al contemplar sus facciones de granito, Rachel recordó lo que Melanie había dicho sobre el resentimiento de Ben. Suponía que su enfado era un reflejo de aquel sentimiento, pero a pesar de su intenso silencio, ella no era capaz de ver aquel resentimiento. No, lo que ella sentía era algo más devastador. Sentía su miedo, un miedo casi tangible. Y la culpa. Y aquello le destrozaba el corazón.
– Ben, gracias.
Algo pareció suavizarse en su mirada.
– Eres la persona más cabezota que he conocido en toda mi vida, ¿lo sabías?
– Sí, creo que me lo habías comentado -contestó.