Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
– Manolo -porque nunca lo llamaba «don Manuel», a diferencia de casi todo el mundo-: si te echas a la mar en un barco, tienes el timón para llevarlo adonde quieras, aunque no sepas lo que te aguarda. Las olas aparecen de casualidad, y lo mismo se estrellan contra un barco pequeño que contra uno grande, pero el timón lo llevas tú.
También echaba las cartas del Tarot. Para algunos era más célebre por este oficio que por el de dueña de hostal.
– Pero Paca, mujer -se extrañaba él-, si afirmas que el destino lo decidimos nosotros, ¿por qué crees en las cartas?
– Porque las cartas me dicen lo que debemos y no debemos hacer. Son como la voz de Dios.
– ¿Las órdenes del capitán del barco?
– Eso es -sonreía ella con aires de inmenso secreto, como titubeando ante la confianza que él le inspiraba. Una tarde, sin embargo, decidió honrarlo con otra revelación:
– Manolo, el tema de las cartas es serio. Dios nuestro Señor las usa para decirnos cosas. ¿Sabías que todo el pueblo está en las cartas? -Y cuando él le pidió que se explicase-: Roquedal, en realidad, es un tarot. «La torre» es la torre de la costa; «El ermitaño» soy yo, que vivo sola…
– O yo -la embromó Manolo.
– «El loco» es don Baltasar -prosiguió ella, inexorable-; «El emperador» y «La emperatriz» son los Reyes de Mayo; «La rueda de la fortuna» es este timón que tengo en el patio, aunque no te lo creas; «El sumo sacerdote» es don Fernando, el párroco, sentado en su «trono»…, -Manolo soltó la carcajada, pero el trance de Paca no se rompió-; «Los enamorados» es lo que sucedió con Eulogia Ramírez, que de niña le clavaron una flecha en el corazón; «El carro» es el carro de gitanos que
volvió loca a Amparito Mohedano, la hija del droguero…
Y así continuó desgranando símbolos ante la seriedad creciente de Manolo, que admiraba su vivida fantasía, Al llegar a «La sacerdotisa» la vio titubear:
– ¿Qué pasa?
– Pues que «La sacerdotisa» no está en el pueblo todavía: es una mujer que lee muchos libros.
Intermedio súbito
– ¿Eso te dijo? -Me incorporé en la silla con un sobresalto.
– Sí. Eso.
Aguardé su burla, pero Manolo me contemplaba con perfecta gravedad.
– Te juro que eso fue lo que me dijo. Lo he recordado ahora, al contártelo. Por supuesto, lo de «una mujer que lee muchos libros» se refería a la carta. «La sacerdotisa» es una mujer con una túnica rojiza y un libro abierto sobre el regazo. Así que no vayas a pensar,…
– Sigue -le pedí.
Prosigue la historia de Paca Cruz
– ¿Y «La muerte»? -indagó Manolo.
Paca cruzó los dedos.
– No se llama así; la carta no lleva nombre. Es… -buscó la palabra.
– «Anónima» -le ayudó él.
– Eso. Una carta anónima.
– Pero algo tendrá que ser.
– Es anónima -repitió Paca, que parecía haberle hallado gusto a la palabra-. Nadie sabe lo que es. Por eso no lleva nombre. Es una carta anónima.
Un día, no mucho después de aquella conversación, Paca, que nunca había visto un médico y dominaba los males del cuerpo a fuerza de voluntad, empezó a toser entre sus inagotables palabras. En poco tiempo la tos se le hizo más notoria que el lenguaje. Una noche tosió como si gritara insultos o maldijera. Al día siguiente la ingresaron en una clínica de la capital con los pulmones encharcados por un edema. Insuficiencia cardiaca, dijeron. Manolo fue una de las escasas visitas que la consolaron aun durante las espantosas madrugadas, cuando la pobre mujer se perdía en el laberinto húmedo de su enfermedad. Apenas hacía otra cosa que sentarse junto a ella y soportar su silencio y la incesante molestia de su cuerpo estropeado, apretar su mano morena cuando ella apretaba la suya o volverse tan fácil e imprescindible como un pañuelo de papel, una llamada a la enfermera de turno, un vaso de agua fresca o una almohada mejor situada en la cabecera. El edema se prendió con una rapidísima infección y la llamarada de la fiebre le brotó altísima, rubicunda. Los médicos se mostraban pesimistas y la conducta de Manolo fue adaptándose a la muerte con lentitud: los largos silencios, la oscuridad de la expresión, las lágrimas incipientes.