Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
Una noche, la cordura de Paca se resquebrajó y la fiebre, en violenta crecida, anegó sus palabras. Manolo fue el único testigo de aquellas frases inclementes:
– Me quiere. Y yo no quiero. No porque no sea hermoso. No porque no me guste, que sí me gusta. Es que no quiero. Tengo alma, por la gloria de mis padres que tengo alma, y mi alma no se deja, no lo quiere, no baja la cabeza. Que no, que no. Ni aunque sus ojos miren como ascuas. Por eso me he puesto fea, para no gustarle…
Su voz era como la de un ahogado que hablara bajo el mar. Roto el infinito tedio de su velada, espabilado de repente y temeroso, Manolo quiso llamar a la enfermera, pero las palabras de Paca lo mantenían aferrado:
– Que salga bonita con un pañuelo blanco al cuello, eso ordena. He roto sus cartas, sus poesías.,. ¡He roto todo lo que me escribe!
Enrique, su difunto marido, le había compuesto en días lejanos algunos versos que ella conservaba a regañadientes -porque afirmaba que no soportaba verlos-, ocultos en algún baúl, y Manolo pensó al pronto que se refería a ellos; pero lo del «pañuelo blanco» le hizo sospechar que la pobre Paca deliraba con la vieja leyenda roquedeña de la muerte. De improviso la oyó vociferar:
– ¡No vengas con ese rostro, que no eres nada! ¡Nada! ¡Déjame! ¡Déjanos! ¡Vete!…
Acudió la enfermera; después los médicos. Le administraron un sedante y logró improvisar un descanso aceptable. Sin embargo, cuando abandonaba la habitación, Manolo advirtió que las cabezas de los presentes se movían con lentitud negándole a Paca la vida. Confió en que el desenlace se produjera mientras ella soñaba.
Pero Paca no murió. Contra todo pronóstico, se recuperó con terca paciencia, fue dada de alta con la indicación de seguir dieta y tomar medicinas y regresó al pueblo. Continuó regentando el hostal con la misma energía de siempre. Volvió a cuidar su aspecto, a vestirse con cierta coquetería y a derrochar ímpetu y decisión. Un día Manolo la sorprendió barriendo en el patio. El tema de las cartas surgió casi sin que se lo propusieran. A él le costaba trabajo creer que aquella anciana de silueta ostentosa pero agradable, cabellos blancos recogidos en un moño y vestido color crema bajo un delantal de rosas rojas estampadas fuera la misma Paca espectral de su recuerdo.
– Ahora ya sé lo que era esa carta anónima, Manolo -dijo ella-. Ya la he visto. Y ahora sé también por qué no lleva nombre. ¿Sabes por qué? Porque no es nada. Nada. No hay que tenerle miedo, te lo digo yo. Es… -y buscó la palabra.
Vivió varios años muy bien. Se convirtió en una niña de voz dulce. Vendió el hostal y se retiró a una residencia geriátrica que pagó con su propio dinero. Él la visitó allí dos veces. La primera, ella no lo reconoció: jugaba con una muñeca y le cantaba canciones de cuna. La segunda ocasión, una empleada le dijo que había muerto. No le dijeron si había muerto con una sonrisa, o llorando, o durmiendo. Le dijeron que no había sufrido, eso sí. Y aquella misma noche Manolo soñó con la muñeca que Paca había estado acunando en su visita anterior. La vio vestida como una novia y flotando en el mar. Era muy hermosa: su semblante parecía imposible de bonito que era y sus bracitos se abrían tenues como la brisa. Entonces se hundía. Pero su sonrisa era tal que Manolo quería hundirse con ella. Despertó y escribió un poema. Ahora no recordaba dónde guardaba aquel poema, pero sí que su título era una sola palabra: la misma que le había ofrecido a Paca durante la última conversación que mantuvieron sobre las cartas: