Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
Manolo, «el solitario de la torre», no vive en la torre sino en una casa cercana, tan aislada y fronteriza con las olas que casi podría ser un barco: se trata de un viejo cobertizo destinado a los aparejos de los pescadores que quedó abandonado cuando se trasladaron los caladeros a lugares más adecuados, al este del espigón. El descuido y el mar lo pudrieron de humedad y cangrejos, combando sus maderas, pero Manolo, que había regresado a Roquedal muy exótico tras su época extranjera (vivió varios años en París), lo vio y decidió adquirirlo, a pesar de que todo el mundo le dijo que estaba loco, que no se puede vivir tan cerca del mar porque el mar, como la muerte, no admite rivales: o eres pez o aléjate de mí, dice el leviatán azul, o vives dentro o en contra. Ahora posee dos plantas y una amplia terraza. Por dentro todo es blanco: las estanterías, las mesas, las sillas, muebles de saldo. Ha tenido problemas con el suministro de electricidad, pero los resuelve con butano y baterías, de las que colecciona cajas completas.
El salón, al que se accede directamente desde la planta baja, se halla noblemente recubierto de madera pintada de blanco; las esquinas de las paredes se suavizan; sus ventanas, alineadas en la pared más larga, son redondas como las de los camarotes. Tres estanterías blancas se yerguen en la pared opuesta: allí duermen los libros que aún le gusta recordar. Arriada, su obra más premiada-y la más hermosa, sin duda; releo con frecuencia el ejemplar dedicado que me regaló- reina sobre los sargazos de volúmenes viejos y nuevos (poesía y cuentos infantiles; el mismo título clonado decenas de veces; ejemplares no vendidos), productos de la mutación del olvido. Manolo, que trabaja con las manos igual que con la cabeza, ha creado, a la par, los libros y los anaqueles que los albergan. De otros autores hay muy poco: Harold Robbins y Vázquez Figueroa; el resto lo constituyen manuales prácticos (de cocina, de carpintería, de pesca) y libros sobre arte.
Como mi visita no fue imprevista -la habíamos acordado por la mañana, en la Trocha-, me aguardaba un brillante decorado: candelabros, música francesa, una mesa larga y rectilínea -después comprobé que era la unión de dos- oculta bajo un conjunto de manteles crema y vajilla en ambos extremos con las servilletas rígidas como abanicos. Mi anfitrión parecía preparado para cualquier exceso: jersey negro de cuello vuelto -violento contraste con la blancura salina del lugar y con su pelo canoso-, olor a algo más invasivo que agua de colonia, un Paco quizá, o un Christian (pertenezco a esa rara subespecie de mujeres que no entienden de perfumes; por si fuera poco, el mar lo diluye todo, incluyendo los olores inventados) y pantalones del color de las heces de un náufrago alimentado a base de algas, marrón verdosos, o verde marronáceos, muy elegantes y relativamente planchados. Eso sí, descalzo (después comprendí por qué), con las uñas de los pies a su libre albedrío, limpias pero peligrosas.
– Estás preciosa -dijo al verme (era el mismo adjetivo, aplicado al otro género, que yo había pensado dedicarle, pero es bien sabido que el machismo es el más veloz adjetivador del Lejano Oeste),
– Ay, Manolo, Manolo…
Había diseñado una lujosa velada, el pobre, Yo sólo quería tomar unas copas y charlar frente a unas tapas, así se lo dije, pero él, secretamente, lo había dispuesto todo para un invitado de honor: dos grandes bandejas con mero, gambas cocidas y calamares acompañadas de un gélido fino; después, con la noche ya extendida -sólo hematomas de luz en el horizonte-, la mala sorpresa de ¡una dorada a la sal! Dios mío, jamás ceno, apenas tomo un poco de leche y un somnífero, y a mis cuarenta, maldita sea, no quiero aceptar invitaciones tan sólo por el arrebol facial. Sin embargo, me callé. Me callé y comí, sumisa. Manolo abrió una nueva botella, un vino francés muy frío. Y entonces el barco empezó a girar de verdad, y a los postres -tarta de chocolate, maldita sea- se desató una tormenta de alta mar.