Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
Yo le contaré uno que tuve hace días, y que fue verdad.
Sueño de la víctima
Deambulaba por una ciudad desconocida llevando un letrero colgado del cuello, como uno de esos «hombres-anuncio», pero no podía saber lo que anunciaba porque las letras eran muy grandes y estaban demasiado cerca de mis ojos. Buscaba un espejo para poder traducirlas; sólo tendría que leerlas a la inversa. Pero mi padre se acercaba entonces y me decía:
– El cartel está ladeado, Carmen. Por eso no puedes leerlo.
Me angustiaba pensar que llevaba encima un mensaje que yo misma desconocía. Intentaba enderezarlo, pero descubría que Julián, el hombre al que amé, el único hombre al que amé, y que ahora prefiero no recordar (quizá le hable algún día de él), lo había leído ya, y por tanto ya lo conocía. Pero yo pensaba que era malo que Julián supiese algo de mí que yo ignoraba. Lo veía sondándome, una sonrisa amplia y dulce que manchaba su rostro bronceado. Entonces se alejaba llevando consigo -estaba segura de ello- el conocimiento de las palabras que yo misma le había mostrado. El resto fue un veri-cueto de persecuciones, pero no volví a encontrar a Julián ni logré traducir el cartel por mucho que me esforcé: sólo recuerdo que la. gente me leía y asentía lentamente con la cabeza.
Desperté atrapada en el sudor como una mosca en una trampa pegajosa, y creí que en la habitación había alguien: usted, por supuesto. Al encender la luz, me asustó lo cotidiano. Porque lo cotidiano es como una marea, y de repente decrece, y las mismas cosas que antes gobernaban mi rutina entre bostezos se me aparecen extrañas o temibles.
Sinceramente, creo que usted y yo formamos parte de la soledad del mar: usted es la ola que se aproxima; yo, la que se retira. Usted dice «quiero», pero apenas quiere; yo digo «no quiero», pero apenas no quiero. ¡Dios mío, tengo la sensación de que mi asesinato ya se está produciendo! Pero es tan insignificante que usted casi no me está matando, y yo, señor mío, me estoy muriendo poquísimo…
Esta tarde visitó usted a Manuel Guerín. Escogió la refrescante hora del ocaso y caminó con rapidez hacia la playa. Llevaba un traje de «marinero» con pantalones y tirantes y una brillante ancla dorada en la espalda entre palabras inglesas. El conjunto armonizaba bien con sus playeras. La seguí. Tomó por el camino de rocas que lleva a la torre. Pero el día era inseguro como el porvenir, y en un instante, casi adrede, el sol que declinaba se oscureció tras un grupo de nubes y creció una fría ventolera que la obligó a frotarse los brazos desnudos. Me detuve, temiendo que algo le hiciera volver la cabeza y descubrirme, pero siguió avanzando hacia las ruinas. Regresó el sol, ya agonizante, y persistió el viento frío del mar. Observé su silueta recortarse nimia contra el cielo bruñido de la tarde. Caminaba en dirección al incendio del horizonte, así que tuve que hacer visera con la mano. Me acerqué a la torre cuando usted la rebasó: más allá, bajo un paisaje de tolmos negros, se yergue la solitaria casa del señor Guerín, ya casi nocturna debido a las sombras de los arrecifes, desde la que se escuchaba el acordeón de una manouche. Sé que al señor Guerín le agradan estas melodías y aprovecha la intimidad para disfrutarlas. Supongo que terminará contándome la conversación que mantuvieron, pues fue larga. La esperé recogido en la torre y, al verla pasar, de madrugada, arrojé una pequeña piedra contra otras. El ruido la hizo detenerse bruscamente, pero perdió el interés y continuó. Antes iba usted hacia el crepúsculo. Ahora, igual de solitaria, se encaminaba hacia la noche total.